Que el irrespeto no gane espacio

Parecía que la guagua no iba a llegar nunca. Después de dos horas y 40 minutos en aquella parada, Pastor Martínez Soledad, su esposa y Rafael, un amigo jubilado, por fin divisaron la ruta 58. Estaban en el punto de origen de ese ómnibus en el municipio de Plaza de la Revolución y solo tenían delante en la cola a una pareja con dos niños, por tanto debían coger un buen asiento. Eran las 8:30 p.m. del sábado 27 de octubre. Pero la noche reservaba otros «encantos».

«La guagua llegó tan repleta que fue difícil montar hasta para los primeros. No se podía dar un paso… Todos los niños tuvieron que viajar de pie», narra Pastor.

A toda voz, los cantos con letras irrepetibles, acompañados de coros y «efectos de percusión» sobre cualquier parte del ómnibus, enrarecían más el ambiente, evoca el capitalino. Y añade que como hacía frío, las ventanillas estaban cerradas, pero el humo de muchos fumando dentro condensaba una atmósfera de espanto.

«Las paradas se las llevó el conductor y cuando hacía por parar… le gritaban: “¡Oooooyeeee… Chofeeerrr… No paressss!” (…) En menos de 15 minutos hizo la primera parada en la discoteca La Costa de Cojímar. Se bajó aquel grupo de indisciplinados y se quedó la guagua vacía, solo algunos asientos ocupados», relata el remitente.

Un matrimonio que estaba cerca del chofer —añade el remitente— fue a reclamarle por qué había hecho eso, la poca consideración y el irrespeto para la gente que estaba esperando (…). Les dijo que él no podía hacer nada. Sencillamente se limitó a seguir oyendo su reproductora y acatar las órdenes dadas por la muchedumbre.

¿Con qué parámetros de tensión arterial llegarían aquella noche Pastor y su esposa a su casa en el edificio 8206, Avenida 15, e/ 82 y 90, en el reparto Guiteras de La Habana del Este? ¿Cuánto sufriría aquel ómnibus, No. 2029, los golpes «musicales» de aquellos «bárbaros del ritmo»?

Más allá de la responsabilidad del chofer y los pasajeros, y de la postura que debieron asumir, si dejamos que la vulgaridad y el irrespeto tomen espacios de todos, sucederá como con el marabú, que ya no se sabe qué hacer para desterrarlo de nuestros campos.

Tal vez las autoridades facultadas debían valorar medidas concretas para evitar estas indisciplinas.

Sin algodón ni respuestas

Roberto H. Guethón Alonso (calle 1ra. edificio Cassio-Mella, Apto. 26, e /219 y 218, Cruz Verde, Cotorro, La Habana) es un diabético insulino-dependiente que desde el mes de abril de este año no logra adquirir el algodón que habitualmente se le vende en las farmacias. Y lo peor, además de la carencia, es que tampoco ha encontrado una respuesta coherente para esta falta.

«En unas farmacias me plantean que no hay materia prima, en otras que no hay (algodón) en existencia en el almacén», relata Roberto. Pero como él no ha visto una comunicación oficial y uniforme al respecto, no sabe si se trata de que el país no ha podido obtener el producto o que ha habido una gestión ineficiente con este.

El remitente reconoce los esfuerzos de la nación para que los enfermos con determinadas enfermedades como la suya no carezcan al menos de los recursos indispensables para su cuidado, pero se siente desorientado cuando pasan los meses y nadie le suministra aunque sea los argumentos que justifiquen la ausencia.

¿Cuánto cuesta a la entidad a cargo de los insumos médicos trazar políticas de comunicación eficientes para que las personas satisfagan su derecho a saber de este u otros temas? La palabra oportuna también cura.

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