¿Quién paga tamaña irresponsabilidad?

A Lourdes Guerra se le avivaron las esperanzas hace casi un año, cuando supo que iba a ser reparado el pasaje donde vive, en San Cristóbal No. 419, entre Virtudes y Amparo, en la ciudad de Santa Clara.

Con tal motivo, las autoridades correspondientes les indicaron a los vecinos abandonar la cuartería. E ilusionadas, las familias buscaron dónde vivir temporalmente.

Pero pasaba el tiempo, y nadie informaba por qué no se había iniciado la obra. En ese impasse prolongado, comenzaron las sustracciones en el pasaje abandonado: desaparecían puertas, tramos de techo, lo poco que servía de las diminutas casas.

Después apareció la supuesta brigada. Lo único que hizo fue derrumbar las paredes que quedaban. Luego nada hacían, por falta de materiales e instrumentos de trabajo. Y para colmo, ahora la brigada se la llevaron para terminar otra obra.

«Dejaron dos albañiles —señala Lourdes— que, por supuesto, no pueden hacer nada. Es imposible que dos personas prácticamente sin recursos puedan adelantar un trabajo que demanda hacerlo todo nuevo.

«Usted se para en la calle, mira hacia adentro y dan ganas de llorar al ver el estado en que se encuentra aquello, totalmente en ruinas. Son casi 20 casas, y la mayoría lleva biplanta, porque eran tan pequeñas que no tenían los 25 metros cuadrados mínimos para ser habitables.

«Imagínese la desesperación de estas familias, que estamos prácticamente en la calle, y sin esperanzas de volver algún día a nuestras casas».

Refiere Lourdes que han ido al Gobierno y a otras instancias, y todo sigue igual…

¿Cómo es posible que ahora no les den la cara a los vecinos? ¿Por qué se toman decisiones tan festinadas, que levantan las expectativas de esas familias para luego sumirlas en el abandono? ¿Quién pagará por tamaña irresponsabilidad y por tanta insensibilidad?

Gratitud de abuela

La gratitud ennoblece y hace más pleno a quien la ejerce.  Mercedes Díaz Estévez es feliz revelándome su felicidad de abuela, allá en el Edificio 20 de la calle 103, entre 346 y 348, en el barrio Naranjal Norte de la ciudad de Matanzas.

Cuenta la abuela que su nieto Jaime Daniel Quiroga se atiende hace más de un año en la Clínica de Neurodesarrollo Rosa Luxemburgo, de la ciudad matancera de Cárdenas. Y ella es testigo de la dedicación, profesionalidad y el amor con que labora ese joven colectivo, para elevar a esos niños en la vida, por encima de sus limitaciones.

Asegura Mercedes que las familias de esos niños están muy conmovidas y asombradas por los resultados que los pequeños van alcanzando, gracias a ese colectivo que se crece por sobre las propias limitaciones materiales que enfrenta, en especial la doctora Miriela y el doctor Jorge Luis, director de la clínica.

Y ello se complementa —apunta— con la labor esmerada de la escuela especial Marcelino Herrera, donde esos niños son atendidos con amor y dedicación plenos por maestros excepcionales y muy humanos, entre ellos las profesoras Carmen Romero y Mayté.

Valga siempre la luz de estos ejemplos, para sanarnos de las laceraciones que aquí se revelan. No tiene parangón en el mundo la esmerada atención en Cuba a los niños con discapacidades, sin exclusiones ni barreras: a puro amor y ciencia, más que tecnología y recursos.

Y gracias a la agradecida Mercedes, por recordarnos que tales episodios son también parte silenciosa y cotidiana de nuestra realidad.

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