Un toque de engaño

No tenía la fragancia ni el fijador acostumbrados. Tampoco rociaba con la dispersión de un espray. Más bien salía de aquello un chorro grueso de intento de perfume que en nada se parecía a otros de la misma marca —Un toque—, que el capitalino Guido Arredondo Salgado había adquirido antes.

La compra fue el 5 de abril último. Tienda: La Isla, situada en Galiano, entre Neptuno y Concordia, en Centro Habana. Por supuesto, al notar la diferencia Guido volvió al establecimiento. Allí se entrevistó con la gerente y la responsable comercial y les narró lo sucedido.

«Dichas compañeras —evoca el remitente— me atendieron con amabilidad y cortesía, tomando mis datos personales, incluyendo el teléfono de mi centro de trabajo, distante unas cuadras. Ellas me explicaron que los encargados de darme respuesta eran los suministradores. En este caso, pertenecientes a Suchel Trans, a los cuales de inmediato impondrían de la reclamación».

Desde entonces, el cliente afectado ha vuelto varias veces a la tienda. Siempre ha sido recibido amablemente; incluso la jefa comercial le explicó que su homóloga de la Empresa ya estaba al tanto del suceso, narra Guido.

«Han transcurrido más de 40 días. Los que vendieron el producto no tienen nada que ver con su calidad y los suministradores no dan la cara. ¿Dónde está la protección al cliente? ¿Cómo es posible que un funcionario se mantenga al margen cuando alguien se queja de la calidad de lo que produce o vende?».

Un cliente disgustado, reflexiona el lector, puede implicar una familia disgustada; una familia puede generar malestar en un barrio, y así, por ese camino, serían muchos los que alcanzaría la bola de nieve de la dejadez, en un caos que podría haberse resuelto con el actuar oportuno, ético, de quienes están implicados.

En el Edificio D27, apto. 15, Zona 8 de Alamar, La Habana del Este, Guido espera un toque de decencia.

Retiraron el listado

El capitalino Santos Joabdel Acosta Pérez (calle 14, No. 608 altos e/ Milagros y Lindero, Lawton, 10 de Octubre) no sale de su asombro. Ocurre que en la mañana del 13 de mayo último se dirigió al paradero de ómnibus de su localidad para copiar el listado de horarios de las diversas rutas de guaguas durante todo el día.

Algún tiempo atrás la entidad había tenido el buen tino de publicar esta información y ahora el pasajero solamente pretendía actualizarse en torno a cambios recientes, como por ejemplo, nuevas rutas que se incorporaron.

«Resulta que al llegar, los listados ya no existen. Me dirijo a dos mujeres agentes de protección que se encontraban en la puerta, para preguntar... y me responden que los quitaron, que la persona que tuvo la idea ya no laboraba en la institución.

«Según ellas, lo que se debe hacer es llamar por teléfono y preguntar por el horario de la ruta que se quiera. Por experiencia propia les diré que el contacto por teléfono es bastante incómodo», se duele Santos Joabdel.

«No entendí nada», confiesa el remitente. Yo tampoco.

Ni telegramas ni testamentos

Un sabio profesor de Matemática solía decir a sus alumnos cuando les entregaba el examen: «No redacten telegramas, ni testamentos». Y así sellaba, jocosamente, su idea de que debía escribirse en la prueba lo justo, lo necesario. Cada empeño comunicativo que emprendamos ha de transitar por esta misma mesura: desde un gran ensayo, hasta la simple carta para un periódico.

Algunos lectores se acercan a preguntar cómo y cuánto escribir en sus misivas a Acuse. Siempre les recomendamos que narren lo que sucede, las gestiones que han emprendido, sin omitir detalles importantes, pero tampoco iniciando su relato en la historia de las cavernas. Como decía aquel profesor: ni telegramas, ni testamentos. Y nos entenderemos mejor. Gracias.

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