Una de cal y otra de guaguas

Un paraíso. Esa fue la imagen que le dio a Dania Calvo Planas (Calle 170 edif. BCE-1 Apto. 18 e/ 1ra. y 5ta. Flores, Playa, La Habana) y su familia la base de campismo Boca de Jaruco, cuando del 24 al 26 del pasado mes de mayo escogieron este sitio para festejar el cumpleaños 12 de su hija Isabel.

«Todos los trabajadores fueron muy amables. Las áreas verdes bien cuidadas, las cabañas pintadas, colchones nuevos, ventiladores para alquilar, comida buena y caliente», así describe la instalación y su trabajo esta familia capitalina.

Solo se atreverían a criticar de la base dos elementos, que para nada empañaban el buen ambiente. Señala Dania como lunares de tan bello rostro los hechos de que «siendo una base con un río tan navegable, todos los botes estuvieran rotos y ello impidiera ofertar el servicio; y el audio, en ocasiones demasiado alto como para no dejarnos disfrutar de la tranquilidad del lugar».

Ah, pero como usted supondrá, el fantasma del mal servicio al cliente no puede dejar de aparecer. Y ese sí por poco arruina la buena sensación de estos cubanos. Transporte, ese fue el aguijón de los martirios para tan placentera estadía.

«El día de la partida, viernes 24, estuvimos en el punto de recogida a eso de las 11 y cuarto, por precavidos. Pero como éramos los únicos que íbamos para Boca de Jaruco, los choferes no querían desviarse para entrar a la base. Así que la compañera encargada del asunto nos montó en la última guagua, a las 2 y 40 p.m., cuando el boleto de salida decía 1:00 p.m», relata la remitente.

«Llegando al lugar —añade— el chofer le pidió a mi esposo dejarnos en la Vía Blanca, a unas dos o tres cuadras, “para no tener que desviarse para entrar a la base”. ¡Con dos niños y llenos de paquetes! Por supuesto que dijo que no, y nos dejaron, muy disgustados ellos… en la puerta de Boca de Jaruco».

El regreso, el domingo 26, les deparaba a los campistas otros «prodigios» de transportación. Entregaron su cabaña a las nueve de la mañana y se sentaron a esperar la guagua. Esa era la hora que indicaba el pasaje de vuelta.

«Después de múltiples llamadas por parte de la compañera de la carpeta, nos recogieron a las 12:40 p.m., con la explicación de que la guagua sufrió un desperfecto y tuvieron que solucionarlo; que esa era la última, además, y que no iba para nuestro punto de salida, en Marianao, sino para el parque Lennon, en el Vedado».

Como de todas formas debían tomar otro transporte después de que los dejaran para llegar a su hogar, Dania, su esposo y sus dos hijos decidieron combinar desde el Vedado, en Plaza de la Revolución, y montarse en aquel ómnibus, que a todas luces aparecía como la única tabla de salvación...

«Al cruzar el túnel, el chofer parqueó y bajó a todos, diciendo que la guagua estaba rota y que él debía regresar a la base de transporte en Cojímar. Como colofón nos gritó: ¡Sigan yendo al campismo!, en evidente tono de burla y desdén. (...) Frente a la Maestranza se quedaron con sus bultos unos muy atribulados e impotentes campistas».

Y termina su misiva Dania felicitando sinceramente a quienes en la base de campismo los hicieron sentir a gusto el fin de semana, pero rogando que el complemento del transporte, esencial para el disfrute pleno, no vuelva a fallar como en esta triste historia.

Casi no hay nada que añadir, solo que como ya sabemos, en los detalles se salva o se pierde una gran obra. Y este no es un detalle menor. Los servicios en el país han de avanzar hacia la integralidad y la eficiencia, en un ambiente donde la chapucería sea duramente penalizada y sus víctimas indemnizadas como se debe. Solo así quienes se niegan a ver al prójimo como hermano, tendrán que verlo como cliente, que pagó y al hay que hay que pagarle.

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