Nunca decir nunca

«Las necesarias readecuaciones económicas que hace el país no nos deben mutilar la mirada sensible y puntual para atender las excepciones sin el enfoque de tábula rasa, y promover la plenitud de esos seres humanos baldados por los caprichos de la Naturaleza», afirmé aquí el pasado 29 de agosto, al comentar la carta de Martha Morales Nápoles, una madre camagüeyana que se resiste a aceptar que a su hijo, un discapacitado físico-motor de 16 años con el noveno grado vencido, le impidan estudiar la especialidad de técnico de nivel medio en Informática.

Y hoy viene a darles un espaldarazo a esa madre y al muchacho, Diana Torrubia (calle 20 No. 4306, entre 43 y 45, Nueva Gerona, Isla de la Juventud), una joven de 19 años discapacitada físico-motora que pasó por similares experiencias.

Relata Diana que desde pequeña nunca ha dejado de estudiar, trasladándose por sí misma a los centros docentes. Y al concluir el noveno grado, también optó por el técnico medio en Informática.

«Acá en la Isla de la Juventud —señala también— me pusieron los pro y los contra, porque la escuela era becada y no se podía estar seminterna; además de que no había transporte para trasladarme a la misma.

«Pero la historia no quedó ahí. Mi mamá siguió insistiendo para lograr mis sueños. Hasta que por fin accedieron y comencé mis estudios. Al graduarme, el Director de la escuela, que tanto dudó en consentir mi ingreso, le dijo a mi madre que se sentía orgulloso de mí, que era un ejemplo para todos, pues terminé como la mejor graduada de mi curso, en el primer escalafón y con Título de Oro».

Evoca Diana que actualmente cumple su servicio social como trabajadora de Copextel, sin ningún problema. Y en este curso escolar comenzó a estudiar la carrera de Derecho, mediante cursos a distancia; la modalidad más cómoda para ella, pues la Universidad de Nueva Gerona le queda muy lejos y cuenta con un sinnúmero de barreras arquitectónicas.

Sobre esto último, no se explica por qué tales valladares no se han eliminado. «¿Acaso los discapacitados no tienen derecho a estudiar y realizarse como todo ser humano, como bien expresa la Constitución de nuestra República, y más en nuestro país, socialista y humano?».

Sus limitaciones físicas —narra la joven— no le han impedido desarrollar una intensa vida social, precisamente por la voluntad y la perseverancia con que siempre ha asumido la vida. «Soy militante de la UJC, y participo activamente en todas las actividades, como un miembro más de la organización. Incluso fui elegida como precandidata a participar en el Festival Mundial de la Juventud y los Estudiantes que se celebrará próximamente», cuenta la pinera.

Graduados sin título

Si no fuera por su gravedad, el mensaje de Ramiro Mejías Rodríguez podría evocar aquellos muñequitos de Elpidio Valdés donde, tras varios tropiezos, el notario, para casarlo con María Silvia, les exige que debía buscarse tinta, porque los documentos legales no procedían a lápiz. Elpidio, desesperado, grita entonces: «¡tinnnnta!...».

Narra Ramiro (calle B, edificio 27, apartamento 2, entre 79 y Luis Ramírez López, reparto Aurora, Las Tunas), que desde el 2012, «el equipo que imprime el cuño seco de la Universidad de Las Tunas Vladimir Ilich Lenin sufrió una rotura y un año más tarde no se cuenta con él».

Por tal motivo —explica el remitente—, ninguno de los graduados de esa institución el pasado 12 de julio —más de 1 100, entre los que se halla Ramiro— tiene en sus manos el pergamino oficial que los acredita.

«¿La responsabilidad?, no sabemos de quién es, pero valdría la pena averiguarlo y tomar las medidas necesarias», opina el joven informático.

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