Tremendo el cubano

Bien preveía este redactor lo que iba a desatarse cuando el pasado 20 de noviembre reflejé aquí el ruego de Jorge Lixsan Escalona, allá en la hermosa Gibara, en la provincia de Holguín. No era la primera vez que un cubano acudía a esta sección para solicitar ayuda, incluso de desconocidos. Y siempre ha habido respuesta.

Ese día, Jorge contaba que su mamá, Idalmis Mederos Batista, está operada de cáncer de tiroides, «con células oncocíticas con infiltración de la cápsula». Paciente del Instituto Nacional de Oncología y Radiología (Hospital Oncológico) en La Habana, la señora debe someterse a tratamiento allí, a partir del 16 de diciembre, y por un lapso de siete a diez días.

El problema era que el hijo llevaba ya tres meses intentando localizar algún lugar de tránsito, casa de visita o albergue del Estado para llevar a su mamá al tratamiento, y no había encontrado solución alguna. Como su familia es de modestos ingresos, se les hace prácticamente imposible alquilar para la paciente y él, ni en CUC ni en CUP, de acuerdo con las tarifas vigentes en la capital.

Jorge rogaba le hicieran saber si hay alguna institución, empresa u organismo que los pudiera acoger por esos días. Estarían infinitamente agradecidos —enfatizaba—, pues no tienen a nadie más que les ofrezca techo para garantizar la estancia.

Este redactor agregaba que quizá algún buen habanero, con condiciones para ello, podría darles un sitio en su hogar por esos días.

Pues la reacción no se hizo esperar: a la redacción de Juventud Rebelde comenzaron a arribar llamadas telefónicas y correos electrónicos de cubanos sensibles y generosos, dispuestos a albergar en sus hogares a la madre y al hijo durante los días del tratamiento.

Ellos son, entre otros, Magdalena Romero Rodríguez, de Centro Habana; Miguel Ugando Cariacedo, del Sevillano (Cerro); María Teresa López Martínez, de Plaza; Amelia González Salvador, de La Lisa; Ernesto Acosta León, del Reparto Eléctrico (Arroyo Naranjo); Ivonne Pérez Meléndez, del Cerro, y Telma Oquendo Dacoste, que dejó su teléfono particular.

No faltaron llamadas telefónicas de personas que, aun cuando no tienen condiciones para acogerlos, en una ciudad con tantos problemas habitacionales, se solidarizaban con el llamado de Jorge.

Todos esos nobles ofrecimientos se los hicimos llegar a Jorge allá en Gibara. Él nos volvió a escribir, y muy agradecido, porque la reacción ante su solicitud lo ha conmovido profundamente.

Nos cuenta que allá en su bella ciudad también recibió directamente muestras de apoyo y solidaridad de distintos sitios del país, incluidas personas que quieren ayudarlos monetariamente a solventar los gastos que hará en esos días.

Yo lo sabía cuando lancé el S.O.S, porque el cubano es una criatura entrañablemente noble y generosa. El cubano se quita hasta lo que le falta, no meramente lo que le sobra. Y le sobra muy poco.

Jorge deberá escoger uno de esos ofrecimientos para esos días de tratamiento. Pero ya de antemano me ruega que estreche en un abrazo de tinta y papel, y digital también, a todas esas personas buenas; que él procurará hacerlo por sí mismo cuando las condiciones se lo permitan. Me asegura que nunca olvidará a todos los que han querido tenderle la mano.

Esta historia no ha concluido, y puede aún revelar más aristas virtuosas que muchas veces andan escondidas y solo necesitan que se estimulen. Por lo pronto, el caso de Jorge y su madre nos demuestra que todo no hay que esperarlo «de arriba», pues horizontalmente puede potenciarse una economía solidaria y una red de afectos, que mucho pueden mitigar los problemas y buscar soluciones.

Me perdonan la grandilocuencia, pero no hallo expresión más fidedigna: ¡Qué clase de persona es el cubano, por encima de sus propios defectos!

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