Rompezapatos

Pedro Vicente Rodríguez Figueira es un manzanillero empedernido, que con cierta frecuencia me escribe y comenta las bellezas y fealdades de esa ciudad marina y sensual, cargada de Historia, frente al golfo de Guacanayabo.

Pedro escribe desde su hogar, en calle Primero de Mayo No. 86, para elogiar el hecho de que en Manzanillo, con una gran tradición zapatera —recordemos al gran Blas Roca—, hay un taller de calzado ortopédico donde, según sus propios pies, confeccionan maravillas para corregir deformaciones.

«Yo mismo —confiesa— agradezco mucho a ese taller las excelentes botas que me permiten caminar mejor, sin peligro de caer, y a la vez ayudan a detener el desplazamiento del tobillo y la deformación de la rodilla, pues con 71 años y 250 libras de peso no me arriendo otro fin que postrarme».

Sin embargo, el esfuerzo de esos zapateros se lanza por el suelo «con la desastrosa situación de calles y aceras de la ciudad, donde los huecos superan la parte lisa, y en muchos de ellos las piedras sobresalen peligrosamente. Son como enormes escofinas que levantan las suelas y arrancan las punteras de las botas».

Lo otro lamentable, según Pedro, es que «no hay taller de servicios o chinchal que tenga puntillas para arreglar las punteras desclavadas, o poner tacones arrancados, y menos que menos arreglar las suelas dañadas. Es una verdadera lástima tener que desechar calzado de cuero por un poco de puntillas o clavitos, cuando el cuero no está tan abundante».

Pedro Vicente no es el primer lector que pregunta mi segundo apellido: es Martínez. Y gracias a mi madre, tan curiosa y tenaz en viajar a las raíces, creo que soy de los pocos cubanos que conoce su árbol genealógico: le siguen Bermúdez, Plata, Díaz, Gil, Enríquez, Roldán, Piedras, Brañas, Hernández, De la Fuente, Sánchez, Mena. Este último, Mena, ¿habrá venido con Diego Velázquez?

Tranquilidad atropellada

Miguel Farías escribe desde el pequeño barrio de Gelpi, en el kilómetro 111 de la Carretera Central, y aledaño a la ciudad de Matanzas. Una comunidad que tradicionalmente ha respirado paz y tranquilidad.

Pero hace dos años, según Miguel, esa paz es violentada dos noches a la semana por un bar que expande la música a todo volumen y expende bebidas alcohólicas. El mismo está en el centro del barrio, y es un local que no posee puertas ni ventanas, solo rejas, por donde sale todo el ruido de la música amplificada, cada vez más alta en la noche.

Los vecinos no pueden conciliar el sueño ni descansar. Y bajo el efecto de la bebida, los que asisten a ese centro hacen sus necesidades fisiológicas frente a las viviendas (da vergüenza ajena contarlo). Cuando no, salen del local a beber afuera y a hablar en voz alta.

Pero el colmo es que hasta se ha dado el caso de parejas que han tenido relaciones sexuales en el portal de una casa. Y cuando se retiran, los ebrios forman tremendas algarabías, a la hora que sea. Pero en ocasiones se queda algún grupito bebiendo afuera y molestando a los vecinos.

Se ha denunciado el problema en las asambleas de rendición de cuentas del delegado y en las reuniones de los CDR. Pero según Miguel, no se ha enfrentado tal agresión a los vecinos con toda la consecuencia que se requiere.

«¿Por qué hacer esas actividades en locales que no tienen las condiciones requeridas? ¿Por qué buscar ingresos y ser rentables a costa de molestar a los vecinos? ¿Por qué cuando le hablan sobre el problema, el administrador del bar se empecina más en continuar, y además llega a decir que está apoyado por la Empresa de Gastronomía? ¿Cuándo se acabará con estas indisciplinas sociales en Gelpi?».

Uno no puede menos que preguntarse por qué en Gelpi, y no solo allí, está prevaleciendo la ley del más fuerte y no del más sabio. ¿Qué hacen las autoridades correspondientes? (De  no tomar cartas en el asunto, pueden ser cómplices pasivos del atropello a la paz y a la tranquilidad de los vecinos) ¿Prevalecerá la impunidad allí en Gelpi?

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