Los Gourriel

Allá en Matanzas, Magalys Acevedo lloraba desconsoladamente cada vez que veía por televisión a Yulieski Gourriel conectar un jonrón en la Serie Nacional de Béisbol. Mientras el graderío vibraba de alegría, a la mujer se le abría de nuevo ese tajazo en el alma del cual nunca se repondrá, observando el asombroso parecido físico del estelar pelotero con su hijo Liván, fallecido en un accidente con solo 18 años, hace dos décadas.

Magalys se obsesionó con abrazar algún día a Yulieski, como si así pudiera resucitar a Liván. Y aunque a algunos pudiera parecerles una idea morbosa y dañina, la psicóloga que la atendía le recomendó que lo hiciera cuando se diera la oportunidad, si ese era su deseo y tenía fuerzas y entereza para enfrentar aquella transmutación.

La psicóloga recomendó esperar a que se celebrase un juego entre Matanzas y Sancti Spíritus (original nómina de Yulieski) en el estadio yumurino Victoria de Girón. La propia facultativa realizó las coordinaciones cuando llegó el momento. Acompañó a Magalys a esperar la llegada del equipo espirituano al hotel donde se hospedaría.

Magalys le había prometido a la psicóloga que se portaría bien y serena, y no lloraría. Pero cuando arribó el ómnibus del equipo de Sancti Spíritus, comenzó a temblar. Sudaba a mares. El corazón parecía que le iba a estallar cuando vio descender de él a Yulieski. Llegó a creerse que era Liván, vestido de pelotero, quien regresaba tras una larga ausencia…

La psicóloga llamó a Yulieski en un aparte, y le explicó la historia, previendo la posibilidad de que el joven rechazara algo que en buena medida le era ajeno. Y Magalys no tuvo que acercarse. Fue el pelotero quien se abalanzó sobre ella y la abrazó fuertemente y la besó, como si fildeara en tercera base la bola más difícil y sentimental. Y le dijo directamente al corazón: «Siga haciéndose la idea de que soy su hijo…».

Magalys cumplió su deseo, pero no la promesa hecha a su psicóloga. Lloraba con un raro sentimiento de victoria, en un acto estricto de sanación y exorcismo. Y ya se alejaba cuando sintió que alguien la llamaba. Era Lourdes Gourriel quien, con el resto de la familia, también estaba esperando al ídolo que siguió sus pasos en el diamante.

Yulieski le había contado a su padre la historia a breves trazos. Y Lourdes le dijo a Magalys: «Señora, déjeme presentarle a toda la familia, que es también suya…».

Entre lágrimas y enmudecimientos, aquel juego de sentimientos y desasosiegos se puso en tres y dos. Y Lourdes, tan oportuno en trocar la incertidumbre en victoria, como en la Copa Mundial de Parma de 1988 con aquel jonrón, botó la pelota más allá de las cercas de la tristeza, con ocurrente jocosidad:

—Señora, ¿su esposo no habrá estado por Sancti Spíritus por aquellos tiempos, antes de que naciera Yulieski?

La historia la revelo gracias a Felipe Ruiz O’Farrill, familiar cercano de Magalys quien, allá en su hogar, en Goicuría No. 637, entre Acosta y Aranguren, Víbora, en La Habana, ve por los ojos de los Gourriel, como peloteros... y como seres humanos.

Le salvó el pie, y la vida

La joven Sandra Chávez Lozada, estudiante de la carrera de Medicina, pensó que perdería el pie o moriría irremisiblemente cuando vio que, de una simple picada de insecto en el tobillo izquierdo, se había formado un absceso inmenso.

Fue el doctor Yurjen Rodríguez, del Hospital Provincial Saturnino Lora, quien le devolvió la esperanza y la tranquilidad. «Un médico —afirma— sin horarios ni días feriados, que no se conforma hasta encontrar la mejor solución, y para el cual las palabras cariño, profesionalidad y respeto para con el paciente, no tienen fronteras».

Como buena estudiante de Medicina, Sandra sabe que las curas del cuerpo deben acompañarse con la sanación del alma. Por eso, desde su hogar en Santa Rita No. 202, en la ciudad de Santiago de Cuba, ella quiere agradecer la grandeza humana de ese facultativo, el mejor ejemplo que tiene en esa larga y noble carrera por la salud humana.

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