Las abejas pueden más

Uno se pregunta si eliminar un panal de abejas que hostigan a una comunidad requerirá de decisiones muy elevadas, o constituirá motivo de alta política. Sí, uno se devana los sesos tratando de entender la historia enviada por Estrella Iraida Batista Varela, vecina de calle Décima No. 4, entre Ceiba y Bloque, en el reparto Escambray de la ciudad de Santa Clara.

Cuenta la señora que hace un tiempo, en la base de los tanques de agua de su vivienda, apareció un panal de abejas. La colmena ha crecido, y las intranquilas abejitas, que nada tienen de pacíficas, se mueven por toda la casa, especialmente en horarios nocturnos. Han picado a los que viven allí. Y una vecina, que tiene una nena pequeña, no pega un ojo en la noche, velando a las abejas.

Uno de los hijos de Estrella Iraida casi «se forró» para cerrarle la entrada al panal, y lo picaron ocho veces. Hubo que tratarlo con medicamentos. El otro hijo de la señora es alérgico a las picadas de abejas, y cada vez que uno de esos insectos lo pica, hay que correr con él para el médico.

Parece una nimiedad, pero hay que vivirlo para aquilatar que es una verdadera tragedia que aterroriza y tiene en tensión a esos vecinos.

A Estrella Iraida le dijeron que debía llamar a los Bomberos. Así lo hizo el 25 de noviembre de 2013. Ellos le dieron un número de teléfono, para que localizara al compañero Acevedo (no se especifica en qué organismo o empresa trabaja). La atendió una mujer que le dio una respuesta más dolorosa que picada de abeja: Que eso demoraba, porque tenía que salir un técnico especialista de su entidad con los bomberos. Y eso no se podía hacer todos los días. No se podía hacer por el momento.

El 27 de noviembre Estrella Iraida volvió a contactar, y la misma persona le dijo que no llamara más, pues ella ya le había explicado lo de la demora.

El 15 de enero de 2014, Estrella Iraida llamó a la Forestal, y le dijeron que tenían que ir y valorar lo que ella les contaba; ver el sitio para decidir qué se podía hacer al respecto. Pero nunca fueron.

Ese mismo día, la señora llamó al Puesto de Mando del Poder Popular en la provincia, y una persona recogió la queja, asegurándole que le darían respuesta. Le pidió a Estrella Iraida un número de teléfono para responderle, y no quiso darle su nombre. Nunca respondió tampoco.

El 30 de enero la atribulada vecina llamó a la Dirección Provincial de Salud, y la remitieron a su área de Salud. Pero Estrella Iraida llamó nuevamente al Poder Popular, y le dijeron que habían dejado en su casa un aviso, porque habían ido en tres ocasiones y no había nadie en la vivienda. «En la casa —aclara Estrella Iraida— nunca dejaron papel alguno». Además, la vecina afectada con lo de las abejas tenía la llave de su casa y la indicación de ayudar en todo lo que se presentara.

El 14 de marzo llamó a las 8 y 30 de la mañana y no había llegado el especialista. A la una de la tarde volvió a llamar y había ido a almorzar. A las 2 y 30 de la tarde no estaba en el trabajo y quien respondió fue una señora, que recogió el número de teléfono del trabajo de Estrella Iraida para avisarle a esta cuando fueran a visitarla. «Y hasta ahora —concluye—, nada de nada. Sigo sin respuesta y con el mismo problema».

Han transcurrido más de cuatro meses desde que Estrella Iraida comenzara sus infructuosas gestiones para neutralizar la amenaza de las abejas. Ojalá los humanos tuvieran la laboriosidad y persistencia de esos pequeños insectos: la vida sería como una jalea real.

Pero siempre alguien saca la cara por esta especie «superior» del reino animal: allá en Figuras No. 175, en Centro Habana, en la capital, Reinaldo Casanova agradece a los médicos, enfermeras y demás personal de Cirugía del hospital Calixto García, que con mucha dedicación salvaron la vida de su mamá, Olga Casanova, de 89 años.

«Ellos hicieron posible que mi mamá se recuperara en solo ocho días de un sangramiento intestinal severo, con riesgo para su vida. A todos ellos el profundo reconocimiento, y que disfruten su merecido y bien ganado aumento salarial», concluye Reinaldo.

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