Sonoras transgresiones

El trabajo por cuenta propia, bienvenido en nuestra sociedad por las posibilidades de emprendimiento individual, no puede convertirse en molestia por cuenta ajena. Por ello María Elena Kindelán escribió a nuestra columna, desde calle 13, No. 27, entre 4 y 6, Reparto Marialina de la ciudad de Santiago de Cuba.

Refiere María Elena que en la tercera planta de su edificio hay un vecino que tiene una carpintería, que desencadena molestos ruidos en su casa. Primero ella fue al policlínico Julián Grimau, desde donde elevaron el caso a Higiene y Epidemiología municipal.

Allí la atendió el funcionario Iván González, quien se presentó en su vivienda junto al también directivo Rafael Reyna, y midió los ruidos existentes. Concluyó entonces que la carpintería debía ser trasladada para otro sitio, donde no interfiriera la tranquilidad de los vecinos.

Posteriormente, Rafael Reyna se presentó en casa de María Elena para comunicarle que su Directora lo había enviado a medir nuevamente el nivel de ruido, y el vecino de la carpintería podía volver a montar el local. Al final, el vecino se encuentra de nuevo «carpinteando» y causando molestias. ¿Por qué?

Otro fenómeno impune de contaminación acústica denuncia Ángel Marcelo Ortega Fajardo, quien reside en calle Maceo, No. 64, en la localidad matancera de Los Arabos. Y su carta la firman otros 18 vecinos que ya no pueden más por las orejas…

Cuenta Ángel Marcelo que en lo que fuera la Plaza del Mercado de esa localidad instalaron una discoteca al aire libre, la cual funciona desde las 7 y 30 de la noche hasta las dos de la madrugada, los fines de semana. Una verdadera tortura.

«La Ley 81 del Medio Ambiente —arguye el lector— enuncia en su artículo 147 que queda prohibido emitir sonidos que afecten o puedan afectar la salud humana, o dañar la calidad de vida de la población.

«Además —prosigue—, el Decreto Ley 200, “De las contravenciones en Materia de Medio Ambiente”, establece en su artículo 11 la imposición de 200 pesos de multa a personas naturales, y 2 500 pesos a personas jurídicas, por infringir las normas relativas a los niveles permisibles de sonido y ruidos».

Lo que sí no entiende Ángel Marcelo, tras haber agotado todas las denuncias al respecto, es que dirigentes de nuestro pueblo aleguen que conocen el llamado al orden que formuló nuestro Presidente Raúl Castro y, ante casos como este, permitan que florezca la música alta que perjudica el descanso de las personas.

Pero el remitente dice más: «Se ha afectado la percepción respecto al deber ciudadano ante lo mal hecho. Se tolera como algo natural botar desechos en la vía, hasta hacer necesidades fisiológicas en calles y parques, marcar y afear paredes, ingerir bebidas alcohólicas en lugares inapropiados…».

Ángel Marcelo considera que «es hora de que los colectivos obreros y campesinos, estudiantes, maestros y jóvenes, intelectuales y artistas, religiosos, autoridades, dirigentes y funcionarios, en resumen, todos los cubanos dignos, hagan suyo el deber de hacer cumplir lo establecido en las normas cívicas».

A su entender, este relajamiento tiene que ver con la falta de exigencia, la ausencia de sistematicidad en el trabajo a diferentes niveles de dirección, el irrespeto de la institucionalidad, primeramente, por muchas entidades estatales. Y ello les impide después exigirle a la población el acatamiento de las normas.

«Ellos asienten ante la música alta que perjudica a las personas, apunta. Hay irrespeto al derecho ajeno. Se hace caso omiso. Tales instalaciones al aire libre deben tener las condiciones requeridas para que no afecten a los vecinos con la música alta. Y siempre, tradicionalmente, se ubicaron en áreas de la periferia urbana.

«No creo que debamos renunciar los fines de semana a vivir en paz, a oír las risas de nuestros nietos, porque están inquietos ante la bulla que no entienden; a conversar en familia, a comer tranquilamente, a escuchar la música que nos gusta, a tener descanso merecido después de una semana de trabajo», concluye.

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