Morosidad, y no del contribuyente

El colmo es que un contribuyente quiera cumplir su deber con el fisco y no pueda por razones ajenas a él, en un país que aboga por la disciplina tributaria. No se asombren: eso le sucede a Vicente Vázquez Roque, vecino de calle 124 No. 3522, entre 35-A y 37, en Marianao, La Habana.

Cuenta Vicente que es contribuyente hace varios años —no explica por qué—, y estaba inscrito en la Oficina Nacional de Administración Tributaria (ONAT) del municipio capitalino de Plaza de la Revolución. Y en enero de 2014, al mudarse para la actual dirección, hizo su liquidación del año, presentó la declaración jurada correspondiente a 2013 en Plaza.

El 9 de enero le fue confeccionado el modelo de baja en Plaza, por la directora de la ONAT allí, María Mercedes. Y le orientaron que se diera de alta en la ONAT de Marianao más o menos una semana después, pues ellos harían llegar su expediente en ese lapso.

Así hizo Vicente, y cuando se presentó en la ONAT de Marianao aún no había llegado el expediente. Lo asombroso es que, a estas alturas, aún no ha llegado. En todos estos meses, él ha estado llamando constantemente, y la respuesta es la misma: No ha llegado.

«Conociendo cómo son las cosas —señala—, y que en ocasiones la soga se rompe por el lado más débil, pese a no estar inscrito como contribuyente hice el pago correspondiente al primer trimestre de 2014. Pero, ¡qué sorpresa!: En la ONAT de Plaza me dicen que es posible que ese pago no haya llegado a Marianao...». Vicente conserva el comprobante de pago en el Banco, para evitar cualquier dificultad.

«¿Será posible que un expediente demore tanto en llegar de Plaza a Marianao? ¿No me lo pudieron entregar a mí en un sobre cerrado y al día siguiente lo llevaba a Marianao y me daba alta?

«Hoy 11 de junio acabo de llamar a la ONAT de Marianao. Me dicen que no ha llegado el expediente, que vaya a Plaza. Y respondí que no iré a Plaza una vez más», concluye.

Justicia sin cañona…

El pasado 6 de marzo, bajo el título Cañona en La Cañona, reflejé la denuncia de la lectora María Elena Leyva, en nombre de los sedientos habitantes del poblado Nuevo Llano, popularmente conocido por La Cañona, en el municipio holguinero de Cacocum.

Contaba ella que en mayo de 2013 se quemó la turbina que abastecía de agua potable a esa comunidad, y estuvieron seis meses sin el líquido, al punto de que tenían que acarrearlo por sus medios. Al fin, en noviembre de ese año llegó una turbina nueva, pero la decisión posterior fue llevársela para el poblado El Cupey.

Y los vecinos no lo permitieron. «¿Cómo es posible que pretendan dejarnos otra vez sin agua?», protestaba María Elena, por el hecho de «desvestir un santo para vestir otro».

Al respecto, responde María E. Heredia, funcionaria de Atención a la Población de la empresa Holagua (Acueducto Provincial de Holguín), que en ese período sin la bomba se protegió a la comunidad mediante pipas de fuentes certificadas. Y precisa que, ciertamente, la decisión de trasladar la bomba nueva para El Cupey fue comunicada al Delegado de la circunscripción, el cual no estuvo de acuerdo.

En cuanto al cuestionado traslado, precisa que las autoridades del municipio estuvieron de acuerdo «porque en ningún momento se pensó dejar desprotegida a esa población. En lugar de la bomba sumergible se instalaría una motobomba diésel, la que garantizaría el abasto de agua a esa comunidad».

Y argumenta que «no se podía utilizar esa alternativa para la población de Cupey, porque la motobomba existente allí no era compatible con la fuente, lo que sí se cumplía en Nuevo Llano (La Cañona)».

No obstante esos argumentos, aclara María que no se ejecutó la acción, por no estar de acuerdo la población. Y se buscó otra alternativa para El Cupey: la dirección de la empresa determinó instalar un grupo electrógeno para producir la corriente trifásica, e instalar una bomba sumergible que garantizó el abasto, sin extraer la bomba de Nuevo Llano (La Cañona).

Buen desenlace de la democracia local. Congratula saber que se buscó una alternativa feliz para ambas poblaciones, sin pasar por encima de los estados de opinión. Sin dar la cañona sobre La Cañona.

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