Guerra a la indiferencia

Con una felicitación y buenos augurios para todos en el nuevo año, hoy vuelvo a la columna, luego de casi tres meses de ausencia por problemas de salud ya harto conocidos y que prefiero no recordar. Vuelvo convencido de que primero uno debe cuidarse mucho, para prodigarse al prójimo, incluso a la propia sociedad y al género humano.

Mi primer pensamiento es de gratitud para los médicos, enfermeras y demás trabajadores del Cimeq, que salvaron mi vida con elevada profesionalidad y ese plus de amor y cariño que es la mejor sanación. Paralelamente, el agradecimiento a mis seres queridos, familiares y amigos. A las numerosas personas que rogaron por mi salud, entre ellos muchos lectores de esta sección. No sospechaba cuánto había calado en el corazón de tanta gente, y eso me compromete. No los defraudaré nunca.

Deseo reconocer públicamente el excelente trabajo hecho en la sección durante mi ausencia, por el entrañable amigo y colega Jesusito Arencibia, que tuvo que dividirse en mil empeños, sin abandonar su labor docente en la Facultad de Comunicación de la Universidad de La Habana.

Ojalá en este 2015 disminuyan historias tan tristes como la de Adis Zaldívar Espinosa, una humilde mujer de 74 años, quien reside en la comunidad rural de San José, en el municipio granmense de Guisa.

Refiere la remitente que en 2007, por una creciente del río, ocasionada por la apertura de las compuertas de la presa El Corojo, su casa quedó casi sumergida por las aguas, que se llevaron sus pertenencias. Y sus vecinos solidariamente le ayudaron a reconstruir la vivienda con lo poco que quedó.

Desde entonces, cada vez que llegaba la creciente, Adis siguió reconstruyendo la casa con lo que quedaba, a pesar de que la mujer era la más perjudicada de todos los damnificados y la primera en el escalafón para reubicarla.

Pues resulta que la anciana de 74 años —señala— aún está en el mismo lugar, «a diferencia de los demás perjudicados, que fueron reubicados en otras áreas y les vendieron módulos y materiales para realizar sus viviendas».

Hace ya unos meses, visitaron a Adis con el anuncio de que le otorgarían un subsidio para reconstruir su casa, pues ella tiene una situación económica desventajosa.

«Pero aún no tengo respuesta, y el tiempo sigue pasando junto al deterioro de mi casa», afirma, y se pregunta todos los días cuánto tiempo falta para que la tengan en cuenta.

La misma desatención cruza de un año a otro para el sufrimiento de Trinidad Miranda Villa, residente en General Rabí 205, entre San Fernando y Puente, en la ciudad de Santiago de Cuba.

En 2012, a raíz de que el Estado cubano aprobara subsidios para reconstruir viviendas a familias vulnerables necesitadas, Trinidad solicitó ese beneficio. Y luego del paso del huracán Sandy por esa ciudad ratificó su petición, por los serios daños que le había ocasionado en su vivienda.

A su casa no llegó técnico alguno a verificar su situación, asegura. Sin embargo, del Consejo de la Administración Municipal (CAM) y de la Dirección Municipal de la Vivienda (DMV) recibió notificaciones, en las cuales se le denegaba la solicitud de subsidio.

El CAM consideró que el subsidio no procede, sin un argumento que la convenza. La DMV también lo niega, bajo el criterio de que la casa es de placa de hormigón, cuando la realidad es que la cubierta es de fibrocemento, asegura.

Luego de reflejar ambas historias, hago votos porque en este 2015 se abran más las compuertas de la atención a quienes, ya en el otoño de la vida, y con contratiempos y necesidades, merecen más sensibilidad por parte de las autoridades correspondientes.

Ojalá que siempre, quien ha encanecido sosteniendo este país, pueda ver la solución de sus problemas acuciantes. Hay que declararle una guerra sin cuartel a la indiferencia.

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