Magnético misterio

Cuando el pasado 12 de abril María Antonia Ramírez y su esposo introducían la tarjeta magnética de este último en un cajero automático contiguo al Banco Metropolitano de Infanta, próximo a Zanja, en la capital, para pagar la factura del servicio eléctrico de su hogar, correspondiente a marzo, se enredaban en un laberinto de fracasos del que aún no han podido recuperarse.

Cuenta María Antonia que la máquina registró la operación de pago de 180 pesos, pero no entregó el comprobante. Y como otras veces han saldado sus deudas y el cajero no ha arrojado el dichoso papelito, se fueron sin preocupación.

El 27 de abril comenzó el tormento, cuando el «cobrador de la luz» llegó a su casa, para comunicar que no habían pagado el servicio eléctrico correspondiente a marzo… (¡…!). Avisada, María Antonia tuvo que salir de su centro laboral, por los confines de la Cujae, para dirigirse al cajero automático de marras. Habló con las empleadas del Banco, y explicó que necesitaba una constancia de que había realizado el pago ese día.

Auxiliada de la empleada, solicitó el último recibo de pago en la máquina, pero esta no lo arrojaba. La empleada fue al registro de las diez últimas operaciones de esa tarjeta. Y se mostró el pago de los 180 pesos como la última operación. María Antonia preguntó que si con eso bastaba, y le dijeron que sí.

Fue a las oficinas de la Organización Básica Eléctrica en Zanja, entre Hospital y Espada, para mostrar que habían pagado, pero no estaba entonces el funcionario que atiende Telebanca y demás tarjetas magnéticas. La atendió entonces la económica. Buscó en su máquina el reflejo del pago de marras. Pero no apareció. La clienta le dio el registro de las últimas operaciones con los datos, para que se los hiciera llegar al compañero, y se fue a la 1 de la tarde.

No había pasado media hora cuando desde su hogar le avisaron que el funcionario había llamado, y dijo que ella debía presentarse de nuevo en aquella oficina ¡antes de las 4 de la tarde!

María Antonia refiere que se molestó. Cuando comunicó con la oficina, no más comenzó a explicarle la historia a quien atiende las tarjetas magnéticas, este le interrumpió para decirle que ese registro no le decía nada, que tenía que darle el comprobante de pago. Ella trató de explicarle, y terminaron en un cruce de palabras e interrupciones…

El empleado le reiteró que debía estar antes de las 4 de la tarde, que él nada podía hacer. María Antonia reconoce que se ofuscó y elevó el tono de su voz, porque él no la dejaba explicarle. Al final el hombre le dijo que buscara adónde había metido el dinero y le colgó el teléfono…

«No entiendo —refiere— que no tengan un sistema que realice esa búsqueda. El cliente no es quien tiene que preocuparse por problemas creados por el mal trabajo o por el cajero; además de aquello de darle «órdenes» a uno de que hay que estar allí a determinada hora».

Molesta, ella comunicó con la OBE, y la pusieron al habla con la administradora. Cuando comenzó a explicarle, esta le dijo que la había visto cuando estaba hablando con la económica. «¿Por qué no me atendió entonces? —remarca—; a lo mejor el camino hubiera sido más corto». La administradora le recomendó que fuera al otro día, para que el funcionario de las tarjetas le atendiera.

Ese día ella fue con su esposo. Los recibió la administradora en la recepción. María Antonia hablaba mientras la interlocutora leía un papel. Llegó un trabajador e interrumpió la conversación… «Sinceramente, sentí que estaba hablando en el aire. Se lo hice saber». Y sin haber terminado de explicar, la administradora le reiteró la respuesta del funcionario: Que ellos necesitaban el comprobante.

María Antonia gritó, llena de impotencia y de contradictorios sentimientos, que no iba a dejar «que le cortaran la luz». Y se fue de allí con la presión arterial por las nubes. «Reconozco que hablé duro, pero lo que corre por mis venas es sangre, no horchata».

Cuando volvió a escribirme el lunes pasado ya había recibido la orden de corte del servicio eléctrico. Y por los datos del Banco, aparece ahora un crédito cobrado por su esposo, quien no tiene crédito alguno. «El problema se enreda cada vez más y en contra de nosotros. Ahora, ¿cómo demostramos que lo que vimos es verdad, si incluso hay un descuento de algo que no sabemos qué es?», concluye.

¿Cómo concluirá esta kafkiana historia, en la cual la tecnología no llega a salvar la verdad?

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