Complementar la fuerza médica

«Mi hijo es un luchador que ha vencido a la muerte varias veces», dice, con dolorido orgullo, Caridad Sánchez Domínguez. Y no es para menos, cuando uno sabe que el pequeño lleva ocho años combatiendo contra un tumor cerebral maligno (meduloblastoma).

Caridad, que escribe desde calle 14, No. 1911, entre 19 y 21, Los Palos, Nueva Paz, Mayabeque, narra en su misiva cuánto y cuán decisivamente han apoyado en esa batalla de su pequeño, los equipos médicos del Hospital Pediátrico William Soler, donde lo operó el neurocirujano Garmendía; del Hospital Pediátrico Juan Manuel Márquez, sitio en el que lo intervino la doctora Mariela, y de la Sala de Pediatría del Instituto Nacional de Oncología y Radiobiología (INOR), dirigida por el doctor Renó. En este último sitio, apunta la mamá, conoció a «doctores que no solo recetan medicina, sino que se entregan con todo el amor y la profesionalidad que requiere tan humana labor».

Sin embargo, si bien la atención en el plano médico ha sido de altísima sensibilidad y eficacia, su complemento de asistencia social en la comunidad, para un caso tan delicado, no se ha comportado como debiera.

Evoca la madre mayabequense que, al regreso de su primer largo ingreso en el INOR (11 meses que comenzaron en 2007), cuando llegó a la casa fue visitada por trabajadores sociales, un representante de Vivienda en el municipio y otros dirigentes locales.

Aquel intercambio fue para evaluar sus necesidades. Luego de solicitarle la documentación médica correspondiente, le aseveraron a Caridad que le facilitarían materiales de construcción para terminar su casa, que estaba —y está— a medio hacer, con solo tres habitaciones concluidas, sin baño, y con la otra mitad a altura de arquitrabe. Incluso, le hablaron de la posibilidad de entregarle un aire acondicionado, para hacer más confortable la estancia del pequeño. Todo quedó en el olvido, se duele la mamá.

Otra dificultad seria ha sido gestionar el transporte en ambulancias a los turnos médicos del niño. Para ir a la mayor parte de ellos, según afirma, ha tenido que alquilar costosos carros particulares.

Tras intensas gestiones por parte de Caridad, volvió a abrirse el expediente del caso en el nivel municipal y mandaron una arquitecta al hogar del enfermo, para determinar los recursos que se necesitaban. La especialista «realizó mediciones en mi vivienda, mientras otra compañera anotaba sobre los materiales; entonces volvieron mis esperanzas…», rememora la madre.

Pero su alegría de ese momento quedó solo en eso. Un ciclón azotó la parte occidental del país y le explicaron que ahora la prioridad de recursos era para la provincia de Pinar del Río. Esto resultaba comprensible, pero no al extremo de que se olvidaran de su asunto, que fue lo que al parecer ocurrió.

«Pasaron los meses y se perdió mi expediente, nunca apreció: 80 sacos de cemento, cabillas, puertas interiores, juego de baño… Todo se esfumó», refiere Caridad.

Para colmo, recuerda, le habían indicado en el Gobierno municipal que si conseguía un aire de los viejos (soviéticos), era posible cambiárselo por uno nuevo, pues a la sazón todavía estaba ese programa de la revolución energética. Ella resolvió el equipo antiguo y nunca se le cambió. Actualmente, una amiga que está viajando le prestó uno en buenas condiciones; pero cuando esta regrese, debe devolverlo.

Caridad es una madre sola, con otro hijo aparte del batallador Leonardo, que lleva más de la mitad de sus 14 años pujando por la vida. Cuando él entró por primera vez al INOR «llegó como un vegetal»; después de meses de intenso tratamiento, el niño recuperó todo: caminar, habla, buen semblante… Si eso, que es una proeza de la Medicina se pudo, ¿por qué otras ayudas, de seguro menos costosas y delicadas, no se han abierto paso?

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