Esperando por la escuela - Acuse de recibo

Esperando por la escuela

Adel Domínguez Neyra (calle 5ta., No. 6, entre I y J, Gibara, Holguín) está muy preocupado por la morosidad en la escolarización de su nieta de diez años, Samantha Mercedes Pereira Domínguez, y cuenta la historia.

Afirma el abuelo que su hija, Celia Domínguez, es la esposa de un ciudadano francés y madre de su nieta. Cuando la niña tenía tres años, la pareja decidió residir en Francia junto a la pequeña.

Pero en junio de 2015, Celia y su compañero determinaron retornar a Cuba, para residir aquí. Ellos tienen toda la documentación actualizada, con la tarjeta de menor de la pequeña desde julio pasado.

Una vez hecha la convocatoria del inicio del curso escolar 2015-2016, los padres se presentaron en la escuela primaria de su residencia, y allí les manifestaron que no podían matricularla, pues primero debían presentarse en la Dirección Municipal de Educación.

Fueron hasta allí inmediatamente, donde los remitieron a la Dirección Provincial de Educación. Se repitió la misma historia. Les dijeron que esperaran una respuesta. El 16 de septiembre, a dos semanas de iniciado el curso escolar, esa cubanita con residencia permanente en nuestra Patria no ha podido comenzar sus clases.

El abuelo califica el hecho de «increíble e imperdonable». Y este redactor considera que, si se requiere más tiempo para verificar y homologar los niveles escolares vencidos por Samantha Mercedes en Francia con los de Cuba, al menos la niña podría estar de oyente en algún grado cercano hasta que se le haga la matrícula, pero no ajena a la escuela.

En materia de aprendizaje, los días son decisivos e irreversibles.

Bestias son ellos

Yaumara García Díaz (finca La Astrea, San Juan y Martínez, Pinar del Río) denuncia en su carta «la degradante y creciente crueldad contra los animales, que a diario se observa».

La remitente señala como ejemplos, animales de carga y tiro sobrecargados y sometidos a extenuantes jornadas de trabajo, algunos sin la alimentación y el descanso necesarios.

De ello no escapan siquiera, refiere, los animales afectivos, sobre todo los perros. Algunos amarrados a la intemperie bajo sol y lluvia; otros, entrenados cruelmente para peleas, y muchos abandonados a su suerte en la calle, maltratados, atropellados y en ciertos casos recogidos por los carros de Zoonosis.

Sobre la manera en que se recogen estos últimos, afirma, debe cesar, por cruel e ineficaz.

«Los animales son lanzados con suma violencia dentro del carro jaula, incluso a la vista de niños. ¿Cómo explicarles a ellos el amor a la naturaleza y los animales, si con frecuencia ven estas escenas?».

¿Por qué no dedicar más recursos, por ejemplo, a la esterilización, que también es más económica?, pregunta Yaumara.

Ella se suma a numerosos lectores que, en esta misma sección, en diferentes ocasiones, se han pronunciado por que se apruebe en Cuba una ley de protección a los animales. Y no solo que se apruebe, sino que se haga cumplir.

Este redactor se pregunta qué está sucediendo para que ciertos humanos desciendan en la escala zoológica. Y se adhiere al ruego de Yaumara y de tantos cubanos, para vindicar a esas criaturas y salvarlas de la vesania de quienes, en su crueldad, sí merecen que les llamemos bestias.

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