El cliente no debe pagar las culpas

Alberto Martín Machado (Calle D número 259, entre 12 y 14, reparto Guernica, Camagüey) es un cliente activo y avizor de la Empresa Eléctrica. No solo se queja de la violación de esa entidad para con su bolsillo, sino que la desentraña con agudeza.

Cuenta el inconforme y fundamentado Alberto que el lector de su metro contador debe pasar los días 29 de cada mes para valorarle el consumo eléctrico. Pero cuando me escribió ya habían pasado ocho días del 29 de septiembre y no se había hecho la lectura.

Teniendo en cuenta que la tarifa eléctrica tiene un sistema de crecimiento exponencial que distingue el valor del kilowatt hora a partir de una escala diferenciada, Alberto se percató de que la lectura atrasada, después del día fijo, posibilitaría que entraran esos kilowatt medidos después del mes reglamentario en precios muy superiores, cuando debían ser valorados, en el periodo posterior, en las escalas iniciáticas o más baratas.

Alberto se dirigió a la Oficina Comercial Norte, sita en calle 2, entre A y B, en el reparto Guernica, específicamente en el departamento de Atención a la Población. Y la respuesta a su justificada inquietud fue que no tienen lectores, y que el cobro se hace entonces de acuerdo con lo establecido por el supervisor, teniendo en cuenta el consumo histórico promedio del año.eso significa que entonces no se cobra de acuerdo con lo consumido realmente, ni se estimula el ahorro verdadero con ese determinismo prefijado.

El cliente esperó hasta las nueve de la mañana al supervisor, el cual no apareció. Y se dirigió a otra mesa del salón. Allí le explicaron que tenían solo tres lectores para 80 rutas. Los demás habían pedido la baja laboral.

Como cliente y como ciudadano, Alberto cuestiona:

«¿De qué impunidad jurídica disfruta la administración de esa entidad para manejar a su antojo el cobro a la población, pisoteando lo establecido sin temer a un merecido tratamiento judicial por un cobro indebido?»

Considera que con ese procedimiento facilista y unilateral, exento de derecho ciudadano, se justifica la falta de gestión administrativa en función de contratar a nuevos lectores, y no afectar a los consumidores.

Y este redactor agregaría: ¿Ha analizado a fondo y de raíz la Empresa Eléctrica de Camagüey, para buscarle solución definitiva, el porqué del éxodo de sus lectores, del cual, por cierto, no tienen la culpa los consumidores, que no deben pagar por ello?

Bravo por Yalile

Oscar Marrero Rodríguez (Patrocinio 508, entre Mayía Rodríguez y Poicaria, Víbora, La Habana) tuvo que reactivar recientemente una línea de celular que está a nombre de su esposa, María Lucila Herrera Hernández. Y como ella es quien debe firmar personalmente los trámites, pero tiene limitaciones de locomoción, fueron en auto a la sede de Etecsa en el consejo popular de Lawton.

Mientras María Lucila aguardaba en el carro, Oscar se dirigió a la ventanilla con el carnet de identidad de ella. Le explicó a la empleada, una joven con una sonrisa que abría los caminos, que, por favor, fuera adelantando los trámites. Le pidió que cuando estuvieran listos, abundaba, le avisara, para que su esposa, que estaba en el carro, fuera a firmarlos, pues tenía problemas de locomoción.

De ninguna manera, le respondió la muchacha, ella no tiene que venir. Yo la atiendo en el carro. Dicho y hecho. Tomó el carné de María Lucila y fue al auto a verificar la identidad. Con la misma, retornó a la oficina y preparó la documentación correspondiente.

Cuando terminó, Oscar le pidió le diera la misma para llevársela a su esposa, que la firmaría. De ninguna manera, no tiene que molestarse, alegó la joven nuevamente, y fue hasta el carro parqueado para tomarle la firma a la clienta. Le entregó una copia y le dio a la señora un leve apretoncito en el brazo, en señal de cariño.

«Este ejemplo de trabajadora se llama Yalile Rivero Chao, revela Oscar. Ella nos confirma que la profesionalidad y el buen trato no son incompatibles», concluye el remitente.

Y aunque algunos me critiquen que pondere como una heroicidad lo que debía ser lo común, el estilo de trabajo de cada quien, me convenzo día a día, entre tantas asperezas y maltratos cotidianos, de que nunca es mucho lo que se haga para estimular a los cordiales y eficientes, a los solidarios y entregados.

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