Un techo y el irrespeto - Acuse de recibo

Un techo y el irrespeto

El 20 de agosto de 2013, la camagüeyana Celsa Ruz Naranjo sintió unos extraños ruidos en el techo de su casa. Al asomarse vio con asombro que eran obreros en plena faena de demolición del techo contiguo, perteneciente a un almacén estatal.

De inmediato les reclamó y estos, según cuenta la agramontina, les respondieron que eran de una brigada de demoliciones y los habían enviado a hacer ese trabajo. Incluso el Jefe de Brigada le comunicó que el almacén de marras lo iban a desmantelar para hacer apartamentos de viviendas. Ella les señaló alarmada que la cubierta, de tejas criollas, era la misma sobre las dos edificaciones, que cómo quedaba su parte si ellos tumbaban la otra. Y la respuesta que sobrevino la tranquilizó…

«Me entendieron —evoca Celsa—, y me dijeron que el Arquitecto de Vivienda al otro día vendría a hablar conmigo. Así fue, al otro día un compañero de ese organismo (no aclara si a nivel municipal o provincial) muy correctamente me explica que se iban a construir seis apartamentos para resolver el problema habitacional de una cuartería en mal estado, pero que no me preocupara. Que lógicamente había que afectarme, pero que todos los daños que me causaran durante la construcción se me iban a arreglar, inclusive mi techo iba a quedar mucho mejor. Al ver (…) la seguridad con que el compañero me habló accedí a que se subieran en el techo y realizaran su trabajo. Desde ese día y hasta hoy (20 de septiembre de 2015), mi casa se moja más adentro que afuera».

La historia, ya bastante lamentable, no termina ahí. Cuenta la camagüeyana que su hogar históricamente se sirvió del agua de la cisterna de la entidad estatal. Con la remodelación, también fue destruido este depósito.

Asimismo, añade, «los tubos de la instalación sanitaria de mi casa, que también pasaban por el patio de El Potro (nombre de la instalación almacenera), los tupieron y los destruyeron, y desde ese momento mi familia se está bañando en el pasillo que tiene mi casa, donde hay un tragante que al parecer desagua al alcantarillado de la calle Avellaneda»…

¿Respuesta ante estas otras afectaciones? La misma, que todo se arreglaría una vez terminaran las labores constructivas.

Pasó el tiempo, la ECOA No. 15, encargada de las labores, terminó con lo suyo, y a Celsa, su hija y su nieto, que acumularon averías producidas por ajenos, nadie les reparó nada, se duele la lectora.

«Después de que se retiraron los compañeros constructores empecé un largo y duro camino de peloteo (…), que dura hasta hoy, sin encontrar una respuesta que dé solución a mi grave problema. Comencé por la ECOA No. 15, donde me dijeron que los materiales para reparar los daños de mi casa los tenía que dar Vivienda; cuando me dirigí a Vivienda, me comunicaron que los materiales me los debían dar los que provocaron los daños. De todo lo que les comento tengo documentos en mi poder que dan fe de la veracidad del maltrato».

Las gestiones continuaron: información a la delegada de circunscripción, de ahí a las autoridades gubernamentales de la provincia. Visitó a la afectada una comisión de la UMIV, la UPIV y Planificación Física. Se realizó un documento en virtud del cual se le daba «un término de 15 días a la ECOA No. 15 para resarcir los daños».

Al ver que pasaban los meses y esto no se ejecutaba, volvió la agramontina a la carga. La visitaron nuevamente autoridades de Planificación Física y la UMIV y hasta se refirió que se le había puesto una multa de mil  pesos a la compañera de esta última entidad que debía atender el caso.

Pero Celsa, lógicamente, arguyó que ella no resolvía nada con la sanción a la compañera, que ella quería una solución a sus afectaciones constructivas.

Ante la nueva espera, la propietaria de la vivienda acudió a las autoridades del Micons en la provincia. Vinieron a verificar su historia. Nada más. «Parece que junto a mi familia estoy condenada a la espera infinita, a que me visiten, me den la razón y no se haga nada por resolver mi caso», se lamenta la remitente.

En calle Avellaneda No. 359, entre San Martín y San José, esta cubana y los suyos aguardan porque se reponga lo que indolentemente se les destruyó.

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