Impunes suciedades…

En tiempos de virus con extraños nombres que se propagan por el hemisferio, y con tantos recursos y desvelos que el país dedica a la Salud Pública, asombra la incapacidad de ciertas instituciones en la capital para detener los focos de contaminación y suciedad. Y asombra también la impunidad con que personas irresponsables agravan los ya de por sí preocupantes problemas de higiene de la ciudad, sin que nada les suceda.

Regla B. Izquierdo Montalván (San Francisco 1177, apto. 39, entre 23 y 24, Vista Alegre, 10 de Octubre, La Habana) denuncia que en los bajos de su edificio radican puntos de comercio, carnicería, farmacia y bodega. Y en la parte posterior del inmueble, precisamente detrás de la carnicería, se reventó una fosa.

Así, las aguas albañales campean por su respeto hacia la calle 24, y se propagan por la calle San Francisco. Ya están brotando por el frente de los nombrados establecimientos.

Regla lo describe con fuerza:

«Es tanta la cantidad de agua putrefacta derramada por la acera de San Francisco, y también pasa por delante de la cafetería-comedor donde los ancianos y personas discapacitadas comen y buscan sus alimentos, que cuando ponen el agua se vierte más líquido de las de desecho. Hasta es difícil cruzar de una acera a la otra. Y cuando pasan los carros levantan el agua sucia. Se mojan las personas que transitan por el lugar. Esa agua ya se desliza por frente a la posta médica que se encuentra ubicada en San Francisco entre 24 y 25».

Por su parte, Bárbara Prieto Rodríguez (Concepción 518, esquina a avenida de Acosta, Lawton, 10 de Octubre) afirma que esa intersección quizá sea la única limpia en la zona, pues en todas las esquinas hay vertederos enormes de basura y escombros que no se recogen asiduamente.

Y cuando el camión de la basura pasa, refiere, se lleva lo que está dentro del contenedor, pero no los desechos que están fuera. Así que su función ha sido desde hace bastante tiempo encargarse de mantener la esquina limpia. «La última vez que dejé que la basura se acumulara —precisa— tuve que pagar a un fumigador, porque las cucarachas y los gusanos me estaban entrando al jardín».

Decepcionada, Bárbara se pregunta cómo con tantas instituciones y organizaciones en el país, nada se pueda hacer. «El delegado me dijo que no podía hacer nada. El policlínico, que eso lo tengo que ver con Comunales. Y Comunales, que dejara que botaran la basura, pues ellos la recogían».

En cuanto a los escombros, revela que «viene la pala mecánica y rompe toda la acera; se hace un hueco enorme como el que está en Concepción y 10, que es una piscina de agua sucia».

Lo peor es que la inconstancia institucional se da de las manos con la insolencia ciudadana: «Mi madre y yo hemos hablado con los vecinos que acostumbran a tirar cosas en la esquina. Y nada, se burlan de uno. Si al final ellos saben que no existe ninguna consecuencia para sus acciones. Y como la afectada soy yo, sigo siendo quien tiene que limpiar la esquina o pagar para que lo hagan».

Bárbara se lamenta de que tiene un problema y no encuentra quien la ayude. Y dice que «me quedan dos opciones»: llamar a la PNR o arremeter contra uno de sus vecinos «... y entonces ellos llaman a la PNR. En el mejor de los casos soy yo quien tendrá que pagar la multa».

En tanto, Sergio Ameneiro Fortuna (calle 10 no. 578, apto. 5, entre 23 y 25, Vedado), afirma: «Se debe sancionar severamente a los que no cumplan las leyes de higiene de nuestro país. Desde hace tiempo, además, a algunos delincuentes que se dedican también a romper los costosos contenedores y robarles las ruedas impunemente. Ojalá que oídos receptivos se hagan cargo más temprano que tarde».

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