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Sin mejoría

Wendy Samary Gutiérrez López (calle Martí No. 12, entre Domingo Medina y José Antonio Echeverría, Máximo Gómez) cuenta en su carta que en ese poblado del municipio matancero de Perico, «el servicio eléctrico es cada día más pésimo, desesperante y sin solución por parte de las autoridades pertinentes».

Desde el 16 de febrero, señala, la electricidad, fuente de cocción de alimentos para la mayoría de los habitantes del lugar, cesa desde horas tempranas o a partir de las cinco de la tarde, y no retorna hasta pasadas las nueve de la noche.

«Cuando nos dirigimos al puesto de mando del Gobierno, plantea, nos dicen que llamemos al 18888 para reportarlo. Y allí dan cada vez una respuesta diferente: que están haciendo manipulaciones o se cayó un cable de la 33000. O que hay interrupción en las líneas. Todas esas respuestas en menos de media hora y a diferentes ciudadanos».

Cuando vuelven a llamar al puesto de mando, añade, los maltrata quien sale y les dice que no tiene que ver con eso. «Por supuesto, en Perico apenas se va la corriente. Y por último, este 20 de febrero nos colgaron el teléfono, además de dejarlo descolgado. Llamamos al puesto de mando del Gobierno Provincial y dimos la queja, pero de solución nada. Es algo muy triste ser un pueblito, el cual a nadie le importa», concluye.

No aceptó nada a cambio

Diego Ortiz Castellanos (calle 18, No. 118, apartamento 6, Playa, La Habana) relata que al presentarse a buscar la nueva chequera de jubilado en las oficinas de 42 y 21, en ese municipio, sin percatarse, se le cayó en la acera el estuche del celular con este adentro, además del carné de identidad y la licencia de conducción.

Diego volvió sobre sus pasos y nada halló. Su esposa llamó al celular extraviado, y le respondió una voz apenas audible. Regresó a casa Diego desconsolado por la pérdida y los trámites correspondientes que tendría que hacer.

Diez minutos después, esa misma voz llamó al celular de la esposa de Diego, que estaba registrado en el aparato extraviado.

—¿Usted conoce a un tal Diego Ortiz?

—Sí, está al lado mío…

—Pues que venga. Lo espero en 42 y Tercera. Tengo su celular y los documentos.

Allá fueron. Él los estaba esperando. Les entregó el celular y los carnés. Y ante el intento de la pareja por compensarlo monetariamente, se negó a aceptar nada.

«¿Cómo expresarle mi admiración por tan hermoso gesto en una época en que, lamentablemente, observamos en demasiadas oportunidades actitudes muy diferentes a la de este joven de 35 años, Melquiades Queralta Magana (oriundo de La Torcaza, Contramaestre, provincia de Santiago de Cuba), miembro del Ministerio del Interior y residente, desde hace diez años, en La Habana?», concluye Diego.

Barreras…

Seguimos bregando contra las barreras arquitectónicas nacidas de barreras mentales. Y esta vez es Ritamary Rodríguez Ravelo (calle L, No. 53, apartamento 12, entre 11 y Calzada, Plaza de la Revolución, La Habana), quien ruega cambien la puerta de las consultas de urgencia del  policlínico Héroes del Corinthia, en L y Línea, Vedado.

«Por esa puerta, explica, no pueden entrar ni sillas de ruedas ni camillas. Y, al parecer, no es algo de mucha importancia, pues no hacen nada al respecto».

Ello contrasta, enfatiza Ritamary, con la atención de médicos y enfermeras a los pacientes, que es «de las mejores». Lo atestigua ella que, por su condición de asmática, visita a diario ese centro asistencial.

Lo otro, señala, es que la entrada al policlínico, muchas veces mal alumbrada, no cuenta con un pasamanos para las personas impedidas y los ancianos.

Dolor y gratitud

Rafael Collado Reyes (Carmen 10, entre San Lázaro y Diez de Octubre, La Habana) se crece sobre su dolor para  expresar «un intenso agradecimiento» a todo el personal de la Sala de Hematología del Hospital Enrique Cabrera (Nacional), en la capital.

Él, quien acompañó a su esposa internada allí a consecuencia de una leucemia, y que falleciera a pesar de todos los cuidados, no olvidará nunca «la abnegación de esas personas, el trato maternal con que atienden a los pacientes y la responsabilidad con que asumen su profesión para lograr su posible recuperación».

Todo ello, manifiesta, recompensa el dolor que se acumula y estalla ante el fatal acontecimiento. Llegue a todo este personal la más profunda gratitud de Rafael Collado Reyes y de su hijo Rafael Collado Cantón.

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