A sus salvadores

Joaquín Caridad Llaguno Márquez no recuerda qué le sucedió en la playa de Varadero el 27 de diciembre pasado. Ahora quisiera conocer a las personas que lo socorrieron en la orilla y lo llevaron hasta el policlínico Ramón Martínez, de la localidad, y a los perseverantes que retornaron esa noche y al otro día a esa institución para saber de él.

Allí en el policlínico lo recibieron los doctores Rigoberto y Tania, quienes, gracias al testimonio de los anónimos socorristas, pudieron reconstruirle posteriormente la secuencia trágica: Joaquín saliendo del mar con una mano en el pecho, pidiendo el espray de salbutamol… hasta que se desplomó en la arena.

Joaquín, asmático crónico, se siente en deuda con esos anónimos y con Rigoberto y Tania, quienes lo asistieron con urgencia. Luego, con el personal médico y de asistencia de la terapia intensiva del Hospital de Cárdenas, adonde fue remitido y transportado en la ambulancia por Eddy. A los médicos Mohamed, Manso, Fernando y Tania, a los asistentes Marrero y Xiomara, quienes lo cuidaron con esmero, contribuyeron a su evolución y a su traslado a La Habana.

Las gratitudes no cansan cuando se impone el bien. Le debe la vida también a los integrantes del equipo de terapia intensiva del Hospital Naval, donde estuvo hasta el 10 de enero, quienes fueron devolviéndole la salud y la esperanza. A los de terapia intermedia, a los de la sala J cuarto piso, con ese tratamiento infalible que es el cariño con profesionalidad. Y entre tantos, recuerda a los doctores Leticia, Alejandro, Raciel y Manolito; a las enfermeras Daily, Teresa, la rubia santiaguera, la mulatica delgada manos de ángel, la gordita bajita… a todos.

Por su lecho pasaban todos, incluidos estudiantes de Medicina, dándole ánimo al tiempo que extremando los cuidados.

Tampoco podrá olvidar a quienes le cambiaban los pijamas y la ropa de cama, a quienes mantenían limpia la sala donde se encontraba, al muchacho de Arroyo Naranjo y a otro, delgadito y alto, que lo transportó en el sillón de ruedas el día del alta. A Ernesto, que lo llevó como a un padre a realizarle las placas.

Por si fuera poco, no olvida al médico, paramédico y al chofer de la ambulancia de Emergencia Nacional que con mucho tino y responsabilidad lo trasladaron al Hospital Naval, el 2 de enero. A los compañeros de trabajo de sus hijos, que lo apoyaron en todo. A los directivos del Naval. A los amigos y la familia, que se desbordó por esos días. A la Salud Pública cubana. A la vida.

Allá en su hogar en Pasaje Nueva No. 13, altos, entre Juan Delgado y D’strampes, Víbora, en La Habana, Joaquín quiere contactar con los únicos desconocidos, esos que lo auxiliaron en la playa, el primer eslabón en la larga cadena de su salvación.

Sí, me insiste en que publique el número de su teléfono: 76426866. Necesita hablarles, decirles tantas cosas por el milagro de estar vivo. Por haber nacido una vez más aquel 27 de diciembre, y constatar que ya con 70 años a cuestas, la vida sigue dándote sorpresas…

A corazón abierto…

Dulce María Monteseio Hernández, operada de corazón abierto por una comunicación interauricular, llegó el 8 de febrero en estado grave al policlínico Ramón Martínez, de Varadero, con una fibrilación auricular.

Agradece el celo y la agilidad de la doctora Yakelín del Pino, que la estudió en detalle y la ingresó en terapia. Allí también cayó en las manos sabias y generosas de Yamila Pascua, y de las enfermeras Lidia Hernández y Mailenys Aguiar. Y quedó maravillada con la atención brindada.

«No tenía a mis familiares a mi alrededor, pero las tuve a ellas, con un trato incondicional. Mi reconocimiento a todas las personas que me sacaron de la gravedad».

Para algunos parecerá algo obvio, un cumplido más. Pero solo cuando se está en esa frontera, donde la vida pende de un hilo impredecible, uno comprende por qué tantas personas necesitan propalar a los cuatro vientos su gratitud. Hoy olvidemos pesares, penurias y molestias… a ver si todos nos salvamos la vida, los unos a los otros, cada minuto, cada segundo.

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