29 °C Los maestros del periodismo recomiendan que si alguna vez se abre una columna —espacio regular en su frecuencia, y caracterizado por los temas y un modo personal de enfocarlos y expresarlos—, es conveniente también cerrarla en términos estrictos. Esto es, respetar a los lectores, pocos o muchos, hasta el último dÃa e informarles que el autor se retira del escenario prefijado.
Aunque parezca increÃble, todavÃa hemos de preguntarnos qué es mejor para mantener limpia la imagen pública de una entidad o una persona: la escoba o la alfombra. Y en consecuencia habrÃa que determinar si barremos para fuera o escondemos los desperdicios. Nada nuevo digo. Esas son las recurrencias metafóricas con las que intentamos expresar los términos de un dilema que ya encanece y que en el fondo se reduce al predominio de esencias o de apariencias.
A la distancia de 159 años, Martà y su obra tal vez pudieran encarar un peligro: fondear en las ensenadas de la clarificadora investigación académica, o la sugestiva interpretación ensayÃstica, sin adentrarse en las aguas de la conducta y los enfoques prácticos.
La mentalidad predominante entre nosotros, signada por cierta rigidez, podrÃa dibujarse geométricamente como un cÃrculo, tal vez una esfera que gira sobre sà misma. Haciendo una analogÃa, el mundo actual tendrÃa más posibilidades de perpetuarse si cambiara su configuración. Su esferidad parece limitar cualquier salida, cualquier búsqueda de un sitio donde mejor se esté.
El 1ro. de enero varios amigos alzamos las copas y uno, adelantándose, propuso brindar por el paÃs que queremos. Otro, sin embargo, tiró el brazo hacia delante como deteniendo el ademán colectivo y rectificó: Brindemos, por el paÃs que necesitamos. Aceptamos. Era la propuesta más adecuada. Porque el «paÃs que queremos» resulta tan numeroso y contradictorio como el deseo que lo expresa. Tan diverso como las ideas, los propósitos de cada uno de nosotros.
De las diversas definiciones de polÃtica he preferido aquella que se deriva de la etimologÃa griega de polis, ciudad, con lo cual puede articularse el concepto de que polÃtica es la ciencia —¿arte?— que se ocupa de los asuntos de la comunidad. Es decir, la polÃtica no es solo un programa, aunque lo enuncie, ni un lenguaje, aunque lo hable, ni una profesión de fe, aunque a veces la repita, ni una consigna, aunque por momentos se defina con una frase. Ni es un proceso de elecciones entre discursos, pasquines y promesas.
Me empalmo con lo dicho contra la intransigencia el pasado viernes 9 (La disputa de los conejos). Y me pregunto si soy un intransigente, al defender, como dicen algunos, lo que no tiene defensa. Y este último juicio tan tajante responde a múltiples causas. Y una de estas es la posición ideológica —condicionada por intereses, origen de clase, dudas, rencores y otros ingredientes—. Quien afirme que cuanto se hace en Cuba es indefendible, ha dado la espalda a nuestra situación. Desde luego, le reconozco el derecho a elegir posición y rumbo.
Internet semeja un agujero negro: todo parece caber. También mucho suele perderse de modo que, como recientemente ha dicho un autor, el conocimiento suministrado por la red de redes está punteado de huecos, como un queso célebre. Pero algo se queda y vemos una cristalerÃa abundante sobre Cuba. Todos escribimos, aunque algunos no sepamos.
SÃ, estoy de acuerdo: un dÃa despertaré y hallaré un nuevo paÃs. Un paÃs mejor, pero renovado por nosotros, es decir, por los revolucionarios, por los que aún creemos en los valores de la independencia y la justicia social. En los valores de un socialismo participativo, dialéctico, en constante mejorÃa aun en medio de hostilidades extrañas y probables errores.
Un estudiante de Periodismo me pidió con fines docentes mi opinión acerca del impacto de las nuevas tecnologÃas en la prensa; nuevas tecnologÃas que en términos menos eufemÃsticos se relacionan con las técnicas y los medios digitales. No me siento apto —dije— para emitir una respuesta confiable. A duras penas me he adaptado a utilizarlas medianamente.
Idea buena es tanto mejor si la defienden hombres buenos o mejores. Aproximadamente asà esbocé esta idea la semana pasada. Y hoy la reafirmo. No creo, desde luego, ser completamente original. ¿Pero quién puede presumir de original en una esfera mundialmente interconectada y donde las influencias derivan hacia todas las flechas de la rosa náutica? Lo básico es la existencia de la idea o de la opinión, y su uso en una especie de ósmosis en que jugos de uno u otro organismos se trasvasen en recÃproco beneficio.
El futuro no admite arrastres. Arrastres de problemas, de dudas, de vicios y conductas impropias u obras incompletas. Porque, y parece evidente, significarÃa llevar lo peor del presente al mañana. Y por lo tanto el tiempo por venir vendrÃa a ser parte de nuestro mal tiempo. O lo que es igual, nos habremos rezagado.
Espero estar de acuerdo con la mayorÃa de mis lectores, al señalar que la tarea antiséptica de cambiar cierta mentalidad predominante en la sociedad cubana exige, entre otros instrumentos, un espacio y una actitud: el debate. No parece probable que mediante consignas, exhortaciones, o conjuros se pueda pasar de lo tupido a lo claro.
La esperas, y llega; no la esperas, y llega también. Ese es el ancestral lugar común que en el corazón del doliente se convierte en el más original de los sentimientos. Yo esperaba a José Manuel Galardy Alarcón en casa. Un par de dÃas antes, habÃamos hablado por teléfono; discutimos si debÃa ir yo a buscar el libro que él querÃa regalarme.
Regresemos a lo ya dicho: sin el componente polÃtico, algunas de las transformaciones en la sociedad cubana podrÃan perder su esencia revolucionaria y socialista. Y ese aborto lo esperan, dando paseÃtos por los pasillos de la Internet, tanto algunos impacientes de izquierda —de una izquierda libresca y refunfuñona—, como de la derecha hostil y creyente en el «milagro» de ver destruida la continuidad de la Revolución.