28 °C Recibí hace poco un mensaje en el que alguien me preguntaba muy respetuosamente qué yo quería decir el viernes pasado cuando, al final de mi nota titulada El detalle y el conjunto, escribí: «Quizá todo sea más claro cuando diga que las puertas cerradas solo conducen a la ansiedad, a incrementar la sensación de la pérdida de sentido y responsabilidad en las acciones humanas. Y con la metáfora solo quiero decir, lo que he dicho: La ilusión, el estímulo, la confianza implican aire fresco; la inflexibilidad… Bueno, califíquela usted». No comprendía, además, que yo invitara a mis lectores a que calificaran la inflexibilidad.
¿Qué es lo que más me inquieta de nuestro país?, me preguntan. Y yo podría responder con una pregunta similar. Porque supongo que todos cuantos sientan de verdad el suelo, el paisaje y la comunidad que llamamos patria, tendrá que inquietarse por Cuba y su destino.
Tropezamos a menudo con la falta de respuestas o de explicaciones. Teléfonos que suenan, y ninguna voz levanta el auricular y dice: Oigo, en qué puedo servirlo. ¿No tendrán educación, habrán olvidado sus obligaciones? ¿Tendrán miedo de explicar, carecerán de argumentos? Bueno, a veces es lícito pensar que carecen de argumentos. O que no los saben utilizar. Sí. No se ofenda usted, recepcionista, o usted, funcionario o director por que los ciudadanos lleguen, y pregunten, y reclamen, o pidan, o duden. Usted, es decir, lo que usted representa, está ahí, en ese puesto, para resolver, explicar, esclarecer.
Tal vez a ciertos cubanos les plazcan más los extremos que el equilibrio. Y por contradictorio que parezca, prefieran lo excesivo sobre lo mesurado; lo trillado más que lo original. Hace poco un lector me escribió proponiendo que para resolver las deficiencias de la agricultura lo más apropiado consistiría en cerrar las fábricas y enviar a los trabajadores al campo. Le respondí en privado con varias preguntas: ¿Qué hicimos en los primeros años de los 1990? ¿Acaso usted y yo no nos vimos en las áreas agrícolas de la provincia de La Habana? ¿Y qué sucedió? ¿Comimos más? ¿Resolvimos las insuficiencias alimentarias? ¿Incrementó la agricultura su eficiencia y su efectividad?
Ofelias es un título clave para asumir, incluso presumir el contenido de los siete cuentos, de este libro que hoy comentaré, como otras veces he hecho para evitar que esta columna sea estigmatizada con el marbete de monotemática, es decir, adepta solo a tratar absurdos o conflictos de nuestra sociedad.
Las personas y las cosas se conocen por un nombre y también por dos o tres más que resultan sus sinónimos. Sinónimos que no cambian la esencia del objeto o de la persona. Eres quien eres aunque te llames Francisco y te digan Pancho. Eso está claro. Pero otras veces el equívoco nos burla, se ríe de nuestra irreflexiva imaginación, de nuestra escasez de perspicacia. Al parecer, asumimos una conducta acomodaticia, escurridiza, un estar quieto para ver qué pasa.
Un lector ha puesto a mi nota del pasado Coloquiando —El rigor, ahora— un reparo que merece analizarse. Para ello, digo de paso, sirve el intercambio entre periodista y lector. Suele uno mejorar, profundizar a estímulo del diálogo. Y reconozco que tiene razón: el cincel y el martillo no son instrumentos válidos… porque válido no es resolver a golpes los problemas de Cuba.
Un peligro mayor que el que se desprende de las dificultades y los problemas, se cierne sobre los mejores propósitos. Casi estoy excusado de nombrarlo, porque desde hace milenios la especie humana ha experimentado cuánto de peso muerto lleva la actitud de los que se arriman a la orilla para ver qué pasa y qué me toca, o qué hacer para evitar que algo pase.
Inmiscuyámonos hoy en los asuntos propios de un poeta. No es la primera vez que esta columna se aparta de sus asuntos más recurrentes, para transitar por las páginas de un libro. Y me parece justo dedicarla a la obra de un actor y dirigente político fallecido en 2008, que fue —es— poeta. Varios de mis lectores quizá se sorprendan: ¿Poeta el héroe de En silencio ha tenido que ser, el pesimista medio cínico de Memorias del Subdesarrollo? ¿Poeta el Presidente del ICAP? Sí, Sergio Corrieri poeta. Y con plenitud de derecho y por tanto de reconocimiento.
La palabra «recurso» está en disonancia con su referencia material. Se recurre mucho a su sentido explicativo o justificativo. Suele decirse que no hay recursos para resolver esto o aquello. Y en la mayoría de los ejemplos es verdad. De ahí, la contradicción entre la recurrencia del signo y su poco significado en la realidad.
¿Por qué usted no siembra yuca? —preguntó un periodista a un pequeño agricultor, cuya finca es oficialmente reconocida como modelo de productividad y aprovechamiento de la tierra. Y el campesino contestó que los precios de acopio de ese tubérculo son bajos. Tras la respuesta, alguien acotó que el dinero no podía determinar esas decisiones, ni andar uno preocupándose por los precios si el pueblo necesita alimentos…
Vamos a dedicar este viernes a la gratitud. Los seres humanos también se definen por su capacidad de reconocer lo que deben moral o culturalmente a uno o varios de sus semejantes. Y yo quiero agradecer el haber sido invitado al cuarto encuentro de la crónica, organizado por la Unión de Periodistas de la provincia de Cienfuegos. Pero dicho así resultaría una nota limitada: me invitaron, asistí, me trataron con mil delicadezas... y sanseacabó.
Un lector, médico, me escribió contándome sus pesares en un agromercado de la capital. Es allí un cliente, un comprador, pero como ya hemos apuntado en esta columna, en el mercado donde predomina la voluntad del vendedor los derechos de los consumidores se reducen casi al mínimo. Y, por tanto, al doctor cuyo nombre no necesito mencionar, cada vez que protesta porque en la tabilla de los precios se lee una cifra y el tarimero canta una superior al momento de pagar, le declaran la guerra y le fichan la cara para no venderle nunca más.
Hablemos de la coherencia. Me lo ha sugerido un lector con el propósito de advertir que «lo hecho con las manos no se destruya con los pies». Por supuesto, lo más difícil no es destruir, sino construir y preservar. Lo opuesto —demoler, entorpecer, retrasar— compone acciones que resbalan como la mantequilla cuando uno quiere torcer la secuencia lógica y responsable de la conducta o del pensamiento.
A veces tengo alguna ventaja sobre ciertos lectores: escribo hoy y también escribí ayer, es decir, desde hace 40 años. Cierto lector lee hoy y tal vez no haya leído ayer por diversas razones, entre ellas la edad. Y me refiero a este supuesto, porque a mi nota sobre el paternalismo, dos viernes atrás, le añadieron este comentario: «ahora todo parece estar muy claro, pero debemos recordar que el paternalismo existente en Cuba se creó en nombre del Socialismo y lo que ahora es una “distorsión”, hasta ayer fue una conquista, un logro».