Juventud Rebelde - Diario de la Juventud Cubana

Luis Sexto

Coloquiando

La estrella y el camino

Muchos de nosotros esperábamos tal vez que la anunciada actualización —que en términos más comunes implica cambiar lo que debe de cambiarse— fuera como un regalo del Día de Reyes. Pero, como nos pasó también a muchos en la niñez, por lo general los Magos no colmarán nuestras peticiones.

Me explico. En verdad la actualización no es una piñata, ni una rifa a beneficio. Es un proceso en el que habrán de aplicarse medidas severas de fondo. Porque si no fuera así, no habría que esperar demasiado. Y ello se comprendería si, por ejemplo, el país empezara a emitir decretos sobre el orden económico sin resolver primeramente un problema fundamental: restablecer la racionalidad en las plantillas laborales en el sector estatal, mediante un concepto inequívoco de la justicia. En caso contrario, quien pretenda decidir el destino de otros compatriotas acomodando arbitrariamente las leyes y los objetivos del Gobierno, estaría perjudicando la renovación de la economía cubana y el consenso político.

Ese es, en efecto, uno de los problemas más pedregosos de la actualización de la economía cubana: invertir la relación hasta ahora vigente. Y, así, en vez de la plantilla al servicio de los trabajadores, ha de regir el concepto de los trabajadores al servicio de una plantilla calculada teniendo en cuenta los costos, los beneficios, las reservas productivas y, sobre todo, la selección de los empleados por su eficiencia, eficacia y efectividad.

El argumento es conocido. ¿Dónde estará la bolsa mágica para subsidiar a todos, al margen de los aportes y las necesidades personales, o pagando el salario histórico para que un desplazado estudie o repase la primaria? Por lo sabido, el subsidio no sería ahora lo más juicioso, lo que de verdad extenderá el bienestar. Tenderá, en cambio, como ya se nota, a paralizar la economía del país.

Durante años hemos reclamado un mayor espacio para el individuo, mediante una fórmula en la que el Estado no tenga que «regalar» lo que a veces pocos merecen, con la consecuente distorsión del trabajo y de la conciencia del trabajador. Más que regalar pescado —dice un refrán muy apropiado en este momento— hace falta enseñar a pescar y señalar dónde pescar, para que las aspiraciones materiales de los trabajadores y sus responsabilidades familiares no sean obligadas a relacionarse únicamente con las políticas generosas e igualitaristas del Estado y sus límites.

No sé cuántos de los que presumible y justamente serán descalificados, se sentirán preteridos, como si les arrebataran lo más seguro de su existencia. Pero a mi parecer, sin prescribir una receta desde la cerca, hemos de valorar la reestructuración de las plantillas en el sector estatal como un inevitable y hasta cierto punto doloroso despeje de los obstáculos que estorban el desarrollo económico, la justa retribución y la justicia social. Y por ello vengamos a convencernos de que el trabajo no consiste para siempre en una dádiva otorgada aun por encima de las conveniencias sino, primeramente, en una responsabilidad y necesidad individuales, capaces de asumir nuevas opciones o nuevas tareas.

Una pregunta final levanta la mano: ¿qué control regulará la actividad por cuenta propia, destinada a acrecentarse en múltiples formas? Control sobre el control, pues. No olvidemos que aquel posee dos resortes: el principal, el que establece, ordena, estimula, «fija y da esplendor». Y el control burocrático que en vez de regular, restringe, desalienta, y no fija sino anula.

Desde el extranjero se recurre a una cápsula propagandística que repite, sin más fundamento, que la actualización de la economía cubana es el «en paz descanse» del socialismo. Pero a veces, en política, las palabras han de evaluarse al revés. ¿No pontificaban en Washington o en Miami que el socialismo en sí mismo ya era un fracaso? Lógicamente, pues, la corrección dialéctica, la readecuación a la circunstancia, la búsqueda de una estrella atendiendo sobre todo al suelo por el cual andamos, equivale a la negación del fracaso. Solo fracasaríamos si los marinos norteamericanos volvieran a orinar sobre el mármol sacro de Martí en el Parque Central. La independencia y la justicia social componen el triunfo básico de la Revolución y del socialismo en Cuba. Y para conservarlas, creo, hasta «el diablo tendrá que vender billetes», como dicen los guajiros.

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