Juventud Rebelde - Diario de la Juventud Cubana

Luis Sexto

Coloquiando

El bien y el mal

Regresemos a lo ya dicho: sin el componente político, algunas de las transformaciones en la sociedad cubana podrían perder su esencia revolucionaria y socialista. Y ese aborto lo esperan, dando paseítos por los pasillos de la Internet, tanto algunos impacientes de izquierda —de una izquierda libresca y refunfuñona—, como de la derecha hostil y creyente en el «milagro» de ver destruida la continuidad de la Revolución.

Pero por qué me atrevo a decir que podría faltar el ingrediente político en esta hora crucial para Cuba. La sospecha crítica no habrá que dirigirla, desde luego, al contenido de lo pensado, legislado, y aprobado, incluso, por un congreso político —el Sexto— del Partido dirigente. Más bien, ha de voltearse, por ahora, hacia lo que se delinea como una de las mayores inquietudes, al menos del que esto escribe: la aplicación del programa y su estrategia. Porque, según mi experiencia, aún se resisten a desaparecer los enfoques echados sobre la realidad desde posiciones burocráticas o tecnocráticas. Lo dije el 7 de octubre, en la nota titulada Ideas son ideas. Y retomo algo de lo entonces escrito, porque algún lector me pidió que ahondara en esas referencias sociológicas aunque, como saben, lo que predomina en mis textos es el razonamiento periodístico.

Miradas burocráticas o tecnocráticas —dije hace dos semanas— tienen en común que ambas soslayan la política que ha de permear y beneficiar en nuestra sociedad a cualquier ley o resolución del Gobierno o del Partido. Hasta ahí pude yo, por falta de espacio, definir los términos aquel viernes. Ahora añado que el enfoque burocrático suele ejercer su papel de ejecutor como un acto maquinal, rígido, incuestionable, incluso susceptible de ser distorsionado para acomodarlo a conveniencias particulares de un individuo o de un grupo. La visión tecnocrática, a su turno, evalúa un problema solo en los aspectos técnicos, económicos o, más extremamente, economicistas.

Resumiendo, y como puede apreciarse, burócratas y tecnócratas se emparientan en un detalle: olvidan que las personas existen. Y, según esa lógica, soslayan el hecho esencial de que para los ciudadanos se determina y se regula la política en nuestro país. En términos justos, unas son las dificultades inevitables o insuperables en un momento, y otras las que saltan como grillos a causa de errores o decisiones colindantes con el absurdo.

Por tanto, me preocupa —¿y puede importar mi preocupación honrada?— que, por ejemplo, la lucha contra el paternalismo derive en un «daño colateral» de la justicia como base de la sociedad cubana. ¿Duda alguien de que sea posible? Yo no lo dudo. Es más, lo que he escrito hasta esta línea es para alertar sobre que, según mis contactos y observaciones, existen ciudadanos que se sienten agraviados por esa tendencia a sacrificar soluciones inaplazables en ciertos lugares. ¿A alguien se le ocurriría, pongamos por caso, dejar sin ambulancia a una comunidad de más de seis mil habitantes y distante seis kilómetros de la cabecera municipal, en zona donde el transporte es casi un deseo, un «ojalá se resuelva pronto»?

En esa consigna que oigo con frecuencia por la radio —«Gastar menos»— me parece que también se cuela una inconsecuencia. Y uno pregunta: adónde iría a parar el país si la consigna se interpreta como restar, y solo restar… Yo diría, en cambio, y sin ánimo de adoptar poses magisteriales: «Hay que gastar lo necesario y solo lo necesario». Esa es, creo entender, la formulación correcta de todo empeño de ahorro y que percibo como directriz en las líneas económicas de la actualidad. Porque el ahorro no consiste en un quitar y quitar, en un recortar, junto con lo superfluo, lo básico. Y esos recortes, por estar a veces rígida e impolíticamente calculados, generan una secuela de inmovilidad, de suspicacia e inconformidad.

Como profesional de la prensa, no me agrada reproducir consignas. La mayoría de las consignas tienden a vaciarse de contenido. Y un día algunas sonarán como un disco rayado. Pero no vacilo ahora en escribir una frase, con ecos de una consigna justa y perdurable de Fidel. Ustedes hallarán el engarce con nuestra tradición revolucionaria cuando yo termine diciendo: Contra el paternalismo, todo; contra la justicia, nada.

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