Coloquiando

Sueños despiertos

Espero estar de acuerdo con la mayoría de mis lectores, al señalar que la tarea antiséptica de cambiar cierta mentalidad predominante en la sociedad cubana exige, entre otros instrumentos, un espacio y una actitud: el debate. No parece probable que mediante consignas, exhortaciones, o conjuros se pueda pasar de lo tupido a lo claro.

Ocasiones para debatir sobran. Porque aunque no suelen ser tangibles, son más o menos visibles y audibles o «leíbles». Se escuchan de vez en cuando por la radio, la TV o se leen en este papel o en esta pantalla. Y entre las opiniones, todavía muestran su beligerancia las que defienden las formas que mayoritariamente necesitamos transformar. Y es lógico: la vieja mentalidad no cederá su terreno sin resistirse. ¿O acaso cuando vamos a comer un plato nuevo, el prejuicio no nos obliga a hacer muecas, u oponemos objeciones gastronómicas de niño majadero?

Difícil, según demuestra la experiencia, es actuar para cambiar. Y difícil resulta también debatir. A veces uno lee textos con criterios e ideas atendibles, pero el tono, el lenguaje, estalla como artillería que truena desde el lado opuesto. Bueno, en suma, he notado que se discute el papel del Estado en nuestra sociedad. Recientemente, a pesar de toda la crítica a errores y tendencias relacionados con un Estado sumamente centralizado y responsable de toda la actividad económica, social y política, leí una carta que insiste en la defensa del antiguo papel totalizador del Estado.

Por mi parte, también defiendo el Estado como guardián de nuestra aspiración socialista; celador de la justicia social; preservador de la independencia. Pero expreso otro punto de vista cuando se define una equivalencia maquinal entre estatalización y socialización de la propiedad. La diferencia se advierte. En ciertos países capitalistas, hay propiedad estatal sobre los ferrocarriles o los hidrocarburos u otros sectores, y ello no significa una fórmula socialista. Al parecer, hemos de asediar ese aspecto para entender qué nos proponemos todos cuantos creemos, como mínimo, en los mandatos de nuestra historia: la justicia como sol del mundo moral, y la independencia, es decir, sin injerencias extrañas, ni sometimientos lacayunos, como garante de la pureza de nuestra luz, nuestra tierra. Nuestro destino como nación.

No creo que la solución para conseguir la plenitud del socialismo, es decir, toda la justicia, sea nuevamente la propuesta del Estado paternalista y controlador. La propiedad social, a mi entender, es aquella que convierte al obrero y al trabajador en copropietarios de los medios de producción. Copropietarios efectivos. Tanto como para que cada miembro de la colectividad laboral tenga espacio para labrarse el bienestar, sin regalos ni estafas. Y con voz y voto para decidir sobre el medio que le asegura la vida, sin que por ello deje de existir un director con poder empresarial. Tal vez lo más cercano a la perfección democrática fuera que la propia comunidad lo eligiera o los aprobara. Como tesis, podría ganarse la validez.

Otros llevan la propiedad social a extremos más agudos: la entrega total de los medios de producción a los trabajadores. Pero hay formas de propiedad social que requieren como condición una base material desarrollada. ¿Cuba la posee? Y en todo este debate, habrá, pues, que convenir en que la teoría descontextualizada, fuera de las circunstancias, suele indigestar. Tal vez siguiendo una línea teórica racional, atemperada a la realidad real, no a la virtual, hemos de hacer, por ahora, lo posible. Y para ello, la mentalidad autoritaria engendrada por la excesiva centralización, tendrá que pasar por la quiebra. Ha sido cómodo para algunos tomar decisiones sin tener en cuenta a las personas. No me levantaré una estatua, si reafirmo mi criterio de que aún, en ciertos lugares, se adoptan decisiones que no solo desconocen el estado de opinión de los electores, sino lastiman la seguridad de los habitantes del batey, el poblado o del municipio.

En fin, no me asusto. Estamos en un debate constructivo, regenerador, contra hábitos y conceptos envejecidos, en medio de ciertas estructuras agotadas. Vivimos, por tanto, una oportunidad única para pensar, debatir y actuar, entre necesarias e inevitables diferencias de cómo obrar o de hacia adónde vamos. Al menos, aun en medio de incertidumbres, desazones, riesgos, este comentarista mira atrás y sabe hacia dónde vamos. Porque, aunque la palabra sueño no es término propio de la economía, ve a los sueños aún despiertos por el insomnio de las necesidades.

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