Coloquiando

Un día despertamos

Sí, estoy de acuerdo: un día despertaré y hallaré un nuevo país. Un país mejor, pero renovado por nosotros, es decir, por los revolucionarios, por los que aún creemos en los valores de la independencia y la justicia social. En los valores de un socialismo participativo, dialéctico, en constante mejoría aun en medio de hostilidades extrañas y probables errores.

Esa fue la respuesta a quien, desde el extranjero, me avisaba de mis pecados de ingenuidad. Un día, un día, señor, me decía cuando abra los ojos… Bueno, ya sabemos. Pero he aprendido que los menos aptos para juzgar a Cuba o prever su destino son los que actúan contra las aspiraciones de la Revolución. Han pasado los años, cierto. Pero ello no supone que a pesar de zigzagueos, improvisaciones, errores y circunstancias impredecibles, y a veces ingobernables, los cubanos que lleven a Cuba como una angustia y un ideal, y no como tierra de ambiciones y espacio de dominación y explotación, seguimos aspirando a la causa más hermosa, como Quijote a Dulcinea.

Tampoco podrán entender los que, aun diciendo que son representantes de la tendencia más justa, aparentan actuar, y actúan de la manera menos provechosa: haciendo poco, o haciendo lo contrario. ¿No vemos acaso el hábito de adjuntar incisos voluntaristas a las leyes y levantar tranqueras a lo que surge sin limitaciones o con las mínimas para preservar orden y principios? No tengo dudas. Son síntomas de que el burocratismo como óptica y posición continúa contaminando el compromiso político y la acción de una parte de quienes deben ejecutar los nuevos conceptos.

No resulta mejor desde algunos lados de la ciudadanía. El comportamiento de este o aquel se evidencia en un dar las espaldas al proceso de renovación de la sociedad mientras aguardan a ver qué pasa. Pero si es una indiferencia que contamina la participación, la confianza, el optimismo, en otro momento se trastoca en una acometividad que se resuelve en irrespeto ante leyes y límites justos, como si el sentimiento de impunidad fuera como una anarquía suprema, un proceder porque «esto es Cuba». ¿Esto, en verdad, es la Cuba que le oí a una voz ignorante o provocadora cuando alguien le advirtió que violaba lo justamente prohibido?

Más de una vez he preguntado si habremos de aguardar a renovar completamente la economía para establecer el rigor en su alcance mayor. Parece que si el país reordena y se encara con la irracionalidad y legisla los antídotos contra la rigidez, las desviaciones, el deterioro de la honradez administrativa, tendremos que atajar parejamente los focos de impunidad más allá de la economía.

Rigor he dicho, y he obviado conscientemente el término control. Tiene tanto desgaste. El control encartonado, el control afincado solo en el «no se puede», nos ha servido a veces como un colchón de espumas, para improvisar la negativa o el encogimiento de hombros. Y el rigor comienza por las instituciones que deben reclamarlo y velar porque el control adquiera el significado verdadero. Las palabras no toleran el choteo; las palabras trastornan si no se les usa en su semántica exacta cuando las aplicamos a la ciencia, en particular, a la ciencia de la sociedad.

A mi modo de ver, hemos considerado que esta palabra tan ruda en su prosodia implica una relación de mordiscos y prohibiciones. No lo dudemos: control ha sido uno de los sinónimos arbitrarios de prohibición. Y tal vez la indisciplina, cuyos vertederos humeantes vemos dispersos por varios sectores, incluso las calles, sea también consecuencia del control prohibitivo, que incluso una vez proscribió hasta la solución de ciertas necesidades. La ecuación es elemental: una prohibición, más una necesidad, es igual a indisciplina.

Nos hace falta, pues, el incremento del rigor en el ejercicio del control, de ese que no clasifica a los seres humanos como piezas de damas cubanas y que, por lo tanto, puedan moverse o quedar quietas según sea la voluntad de los jugadores. Lo repito: parece que en algunos aspectos estamos obrando al dejar hacer, para que, cuando oigamos el clarín, haya que legitimar lo que ha sido mal hecho, porque es demasiado tarde. Y ahora recuerdo que así ha de estar sucediendo con esos bajareques, sinónimos de garajes domésticos que se han levantado, a contrapelo de las leyes, en zonas urbanas y sobre todo en avenidas principales, como Línea, por citar un ejemplo. Si continuamos aguardando por la acción institucional, pronto algunas zonas céntricas de La Habana derivarán en áreas rurales.

Un día, sin embargo, despertaré y encontraré un nuevo país. El mismo país que estamos renovando, aunque exista la acción descompuesta de quienes todavía no se han dado cuenta de que pierden la oportunidad de ser mejores.

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