Coloquiando

El país de las hipótesis

El 1ro. de enero varios amigos alzamos las copas y uno, adelantándose, propuso brindar por el país que queremos. Otro, sin embargo, tiró el brazo hacia delante como deteniendo el ademán colectivo y rectificó: Brindemos, por el país que necesitamos. Aceptamos. Era la propuesta más adecuada. Porque el «país que queremos» resulta tan numeroso y contradictorio como el deseo que lo expresa. Tan diverso como las ideas, los propósitos de cada uno de nosotros.

Y ello se comprueba con rapidez. Por lo que uno lee en ciertas pantallas de la web, Cuba se ha albergado en la región de las hipótesis, de hipótesis en pugna. Es decir —y solo repito lo que casi todos sabemos—, unos la quieren regida por el capitalismo y otros la imaginan entre los arrullos del nacionalismo pequeñoburgués. Por otra parte, desde un extremo de la izquierda —un extremo que se autodefine implícitamente intransigente y descontentadizo— la quieren como laboratorio de un socialismo tan teórico como generoso y febril, mientras obvian las circunstancias materiales y políticas en que la sociedad cubana intenta la actualización económica y social, y obvian sobre todo que ese «socialismo profundo», «ultraísta», nunca ha sido puesto en práctica, o al menos no parece haber sobrevivido al experimento.

En cambio, el «país que necesitamos» es una categoría que, a pesar de sus imprecisiones, responde más unánimemente a las urgencias objetivas, a las deficiencias e insuficiencias generales internas y a la situación geopolítica del planeta. Preguntémonos si es pertinente, por tanto, promover un orden que a la vez que sostiene principios básicos de justicia social e independencia, dispone a costo de riesgos y audacias los medios y los espacios para que la sociedad toda supere sus urgencias económicas.

Sin suponer en mí togas de   experto en complejidades, hace unos meses sugerí que nuestra sociedad, ante el desgaste del período especial y la vigencia de mecanismos previos ya inoperantes o erróneos, necesitaba pasar por una «etapa de tránsito» hacia el socialismo. Un socialismo que, por demás, nadie ha logrado definir ni legitimar absolutamente en la práctica. Y que por esa razón tendrá que irse ajustando a las demandas de la realidad. ¿O alguien cree posible perpetuar el modelo, la interpretación del socialismo que se desarticuló con la extinción de la Unión Soviética? Tengamos en cuenta que Cuba no está solo rodeada de agua por todas sus costas, sino que está también cercada por la hostilidad de potencias voraces para las cuales la guerra es un medio de existencia.

Es necesaria, en efecto, esa etapa de transición en que, sin renunciar a la justicia y la independencia —para mí, dos conquistas innegociables—, el país pueda desarrollar sus fuerzas productivas, con la adopción incluso de resortes de un mercado consciente de sus límites, que tanto escandaliza a la ideología burocrática y a la otra, la intransigente. Y paralelamente aplicar la descentralización de la sociedad, de forma que el Estado permanezca como garante del equilibrio entre los intereses individuales y colectivos.

Lo dicho es conocido. Y admito que cada cual tenga sus puntos de vista y los exprese. No me parece atinado, sin embargo, que pasemos por alto verdades práctica y teóricamente demostradas. La pobreza, la carencia, la insuficiencia, el inmovilismo, la improvisación y el voluntarismo no componen premisas para construir el socialismo de un golpe. ¿Socialismo puro, apegado a los ideales más revolucionarios sin fuerzas productivas en desarrollo, sin economía en crecimiento? Habría que dialogar con las ideas y afirmaciones de Marx, que se protegió de no suscribirse a la región de los extremos y lo absoluto.

El país que necesitamos resulta, pues, sin que ello incurra en círculo vicioso, el que necesitamos para solventar necesidades e imprimir en cada ciudadano la idea de que el socialismo no equivale a regalarlo todo, ni emparejarlo todo. Es una permanente y lenta conquista desde «el reino de la necesidad» hacia «el reino de la libertad». Y para ello cada uno de nosotros habrá de disponer de espacio para coadyuvar a satisfacer las propias necesidades y en una carambola solidaria y creadora colaborar a resolver la de los demás. Y quizá, así, podamos transitar hacia una sociedad efectivamente superior, y alcanzar la legitimidad económica que facilite contener a los que quieren un país fragmentado en clases, dividido entre pocos ricos y muchos herederos del vacío.

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