Coloquiando

Desde abajo

A la distancia de 159 años, Martí y su obra tal vez pudieran encarar un peligro: fondear en las ensenadas de la clarificadora investigación académica, o la sugestiva interpretación ensayística, sin adentrarse en las aguas de la conducta y los enfoques prácticos.

¿Escandalosa, injusta, subjetivista esta frase? Para quien crea que la palabra escrita causa daños similares a los de un terremoto, quizá le parezca una herejía lo dicho.

Y por qué, pues, me someto a ser mal juzgado. Porque, aunque escriba en el espacio temporal de lo posible, por momentos uno percibe que la invocación martiana se localiza en los más fervorosos divulgadores o estudiosos, sin que en los pisos de la conciencia común, o en las demandas ideológicas o teóricas para esclarecer problemas prácticos, el fondo y la forma se apoyen en el pensamiento y la ética del Fundador de la república. Esto es, Martí a veces no es invocado como un modelo apto para hoy.

Para hoy, en efecto. Recientemente, el escritor Eduardo Galeano nos adelantó en uno de sus Espejos, una anécdota referida a Martí en la que el personaje que define al cubano insurrecto —el abuelo, y no el padre de don Fernando Ortiz— lo calificó de cubano «mulato por dentro». La expresión era ofensiva, tono predominante en el integrismo español, sobre todo en aquellos últimos años del siglo XIX. Sin embargo, el odio, que en ciertas ocasiones atraviesa zonas de lucidez al intuir el calibre del odiado, no impidió que el juicio fuera exacto. En la conciencia martiana ya se prefiguraba el mestizaje, la mulatez, como el definitivo color cubano, ese que está por encima y dentro de los variados accidentes cromáticos de la piel; ese color que supera el siempre menguado concepto de raza y que nos empareja a todos en la identidad de ser cubanos. Martí captó y vivió las esencias y las diferenció de las apariencias. Y sintetizó una frase que debemos recordar con más frecuencia: cubano es más que negro, más que blanco…

Hoy, vísperas del natalicio del Apóstol, es pertinente desear que Martí alumbre con más extensión e intensidad el discurrir y el actuar de Cuba. Evidentemente, cuanto hacemos hoy puede incluirse en la filosofía de la praxis. Ello significa, por tanto, modificar nuestra sociedad para convertirla en una entidad racional, apta para discernir hoy lo posible de entre las aspiraciones de mañana, permaneciendo como proyecto de liberación y de mejoramiento.

Durante más de dos décadas, nos hemos dedicado a sobrevivir. Pero, según mi enfoque, si la supervivencia no implicara crecer, entonces hemos de hablar de congelación, o de pataleo en pantanos movedizos. Y ha habido quienes, en lo personal, han recalado en la indignidad para existir más cómodamente. Se han justificado con las carencias. Pero la subjetividad no es una niña muerta en brazos de las circunstancias; tiene su fuerza. Y por ello, en las concepciones prácticas del presente, ha de alumbrar la ética martiana. La praxis de Martí se fundamentó en valores que componen la base de la eticidad nacional. Hace poco, en mi blog —página en Internet de índole particular y profesional— un lector de Miami se reía del comentario en que otro lector decía que los pobres eran un valor de la historia de Cuba. Y el cubano del Norte —y la alusión no es geográfica, sino política— se burlaba, porque quizá había olvidado que José Martí quiso echar su suerte con los pobres de la tierra.

Por mi parte, creo que la pobreza material es un desvalor, aunque en las últimas dos décadas haya sido una expresión de resistencia del pueblo a perecer como unidad, como nación. Pero aquel comentarista aparentemente ridiculizado en mi blog —un patriota— se refería a la pobreza de espíritu como valor de nuestra cultura, esa «pobreza» de índole moral que se opone a la avaricia, el egoísmo, el deshonor, y la indiferencia por la suerte del prójimo o compatriota o conciudadano del mundo.

Juntando, pues, la praxis marxista, cuya base teórica ha de saber qué conviene hacer hoy, desembarazada de la máscara de hierro del dogma; juntándola, digo, con la ética martiana podremos, sin sacralizar el pasado, seguir atemperando nuestras decisiones al concepto preanunciado por Félix Varela y sintetizado por Martí, de que la patria es ara, piedra ante la que hemos de inclinarnos en actitud de servicio, y no pedestal, promontorio donde poner y empinar nuestros pies para mirar hacia abajo, a pesar de que los índices más perdurables de la historia de Cuba recomiendan mirar desde abajo hacia el frente y atrás, en fin, hacia los lados.

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