Juventud Rebelde

Frente al espejo

Más allá del tiempo

«He aprendido mucho con su interesante artículo El rey de las guayaberas cubanas (Luis Hernández Serrano, 20 de agosto). Después de leerlo he vuelto a meditar sobre el tema. No soy especialista en él, pero deseo dar mi modesta opinión al respecto, aprovechando la oportunidad que su trabajo nos brinda.

«A veces, o pocas veces, se ve a personas vistiendo guayaberas, cuando se trata de una prenda que no ha perdido actualidad, luce bien, es elegante... Por su cubanía tiene, además, el atributo de darle una connotación especial al que la usa, y qué bueno sería rescatar esa tradición muy nuestra, que se ha ido perdiendo poco a poco...

«Sería muy oportuno que futuros trabajos sobre el tema llamen la atención sobre lo que se esté haciendo para que la guayabera tenga una mayor presencia en la sociedad. Me inquieta, particularmente, que como prenda de vestir casi no la conocen las nuevas generaciones. Estas conocen muy bien esas marcas extranjeras —endosadas a tejidos y prendas que se emplean bastante aun cuando resulten inapropiados para nuestro clima— que están a montones en nuestras tiendas sin que la guayabera tenga en esos espacios una relevante presencia.

«Estos momentos de consolidación de valores patrios y culturales podrían ser buenos para rescatar este símbolo de cubanía...». (Ing. Antonio de la Vega Bécquer)

«Estimada Marianela: Ante todo deseo felicitarla por su trabajo sobre el barrio El Turey, de Baracoa, y su creador Rodolfo Livingston (Livingston pregunta por su rosa, Marianela Martín González, 5 de octubre). Conjuga historia y presente en un ambiente de poesía y humanidad.

«Me decidí a comentarle algo que seguramente usted conoce. Los primitivos habitantes de Cuba consideraban El Turey como el lugar ansiado donde tendrían comida en abundancia, paz y tranquilidad, algo así como el paraíso de la fe cristiana. En el poblado de Cascorro, en Camagüey, existió una pequeña finca con el nombre de El Turey, propiedad del boticario del pueblo, Dr. Mario Díaz Rivera, quien fue un estudioso de las costumbres de nuestros aborígenes y estaba convencido de que crearía un lugar con esas características.

«Posiblemente Livingston conocía estos datos y constituyó un estímulo para su preciada labor. Le reitero mi felicitación». (Dr. Antonio M. Márquez Guillén)

«Acabo de disfrutar de su hermosa reseña sobre Coppelia —¿quién sabe de dónde viene el nombre, y si existirá relación alguna entre el ballet del mismo nombre y una Copa Lolita?— y solo quise hacerle saber que su entrañable artículo (Coppelia, Ciro Bianchi Ross, página dominical de Lectura, 17 de agosto), de una utilidad histórica indiscutible, me ha hecho reflexionar sobre —y revivir también— un puñado de problemas del corazón que aún no sé cómo resolver. Un millón de gracias y salud». (Luis Enrique, Nueva York)

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