Dime de qué presumes... - Frente al espejo

Juventud Rebelde

Frente al espejo

Dime de qué presumes...

¿Es la ostentación un fenómeno nuevo en Cuba o ha tenido anteriores manifestaciones? ¿Cuáles son las causas de que alguien necesite jactarse de sus bienes? ¿Solo se ostenta con alhajas? ¿Qué carencias se manifiestan en quienes ostentan? ¿Por qué no se reconocen como pomposos quienes van a todas partes enseñando el bolsillo como credencial?

Lo peligroso del ostentador va con quien los secunde, los admire, desee actuar como ellos y hasta los envidie. Foto: Franklin Reyes Lo peligroso del ostentador va con quien los secunde, los admire, desee actuar como ellos y hasta los envidie. Foto: Franklin Reyes A estas y otras interrogantes se aproximaron dos reportajes publicados recientemente en estas páginas: Esa gente equivocada (2 de noviembre)* y La insoportable levedad de aparentar (9 de noviembre)**.

¿Dijo Juventud Rebelde la última palabra sobre el tema? Nunca fue la intención. En todo caso, queríamos saber qué se piensa en Cuba al respecto y, por qué no, poner una chispa en el terreno siempre inflamable de la polémica.

¿Qué dicen y piensan los lectores sobre lo publicado? Aquí comienza este viaje.

Como anillo al dedo

Varias personas felicitaron al periódico por el acierto de dirigir una mirada a este problema. Entre ellos está Rubert Martin Docurro, quien estima que estos temas «deben ser realizados y publicados en todos los medios» y sugirió que se promueva «su debate en cualquier escenario, pues nuestra sociedad y obra no se merecen estos males».

Poco faltó en el mensaje de Francis Elier Herrera para calificar como pérdida de tiempo nuestro intento de hacer al tema una cirugía. Para él, «la “especulación” es propia del ser humano, la asignación de valores a “cosas materiales” es de la época del hombre primitivo y no ha cambiado en lo absoluto... ¿Criticable? No sé. Los seres humanos hemos demostrado ser bastante capaces en cada acción que realizamos. No creo que se pueda cambiar la “naturaleza humana” y mucho menos si se parte de una crítica que no aporta alternativas».

Afortunadamente, fueron más los que mostraron una percepción diferente, lo cual hace pensar que más allá del alcance de nuestros trabajos la gente sigue de cerca este tema y no lo mira por encima del hombro.

Para Martha Oneida Pérez Cortés, nuestros reportajes están entre aquellos que se desean leer porque «abordan problemas y situaciones que tenemos en la calle ahora mismo, y sobre los que debemos debatir porque atentan contra los valores de nuestra sociedad».

Yoselinda García Carballosa agradeció los reportajes «como cubana que conoce del sabor de la entrega al trabajo, y que se siente indignada con esas tendencias de algunos ciudadanos, quienes inmerecidamente lucen y poseen medios que casi siempre no son frutos del trabajo ni de su profesionalidad, y deslucen el esfuerzo diario y la Historia de los cubanos».

Imperceptible resultó, en muchos casos, la línea entre los agradecimientos a los trabajos y las visiones personales acerca de este asunto.

«No soy de las que acostumbro a escribir a los periódicos, pero el tema abordado por ustedes me resultó sumamente atractivo», se presentó así Ylenia Sosa González. «Los llamados especuladores u ostentadores existen y para eso solamente hay que mirar nuestra televisión. Múltiples ejemplos podemos ver, entre ellos reguetoneros llenos de cadenas de grosores insospechados. También se ven cantantes que visten ropas extravagantes, así como conductoras (de espacios televisivos) que pareciera que están en un desfile de modas».

Una apreciación similar tiene Rubert Martin Docurro, quien no particulariza y hace pensar que los alardosos también pululan en géneros que vieron nacer el reguetón: «Es irritante y muy preocupante ver, por ejemplo en la televisión, en programas de entrevistas y música, cómo algunos se exhiben con grandes cantidades de oro, gafas, gorras, crucifijos, celulares y cuanta indumentaria se puedan poner».

Cuando la segunda parte del reportaje aún se «cocinaba» en la Redacción, Arturo Ascolas Iturre nos dijo: «Me he bebido hasta el último sorbo del artículo Esa gente equivocada..., y como educado comensal todavía mantengo la servilleta en mi cuello a la espera de los próximos platillos... Solamente señalaría que le pongan a los textos un poco de “pimienta”. Podrían mostrar lo que piensan ustedes los reporteros sobre el tema y no apelar únicamente a las opiniones de los encuestados, y también pueden preguntarle a algún que otro “especulador” por qué usa tanta gangarria, o por qué habla tan alto... en fin, ¿por qué ostenta?».

¿De todas partes?

El contexto del período especial fue una constante en varios de los mensajes al explicar por qué ha tomado fuerza la ostentación en Cuba, cuando algunos lectores sostienen que el asunto no tiene fronteras:

A Regla González, quien vive en Oslo, Noruega, le pareció «muy interesante la reflexión de Juventud Rebelde titulada Esa gente equivocada (bajo ese título salieron los dos reportajes en la edición digital del periódico). Solo quería añadir que, lamentablemente, los cubanos que en la Isla son ostentosos y no aportan nada a la sociedad, aquí continúan de la misma manera o peor».

Con entusiasmo se sumó al intercambio de pareceres Arístides Lima Castillo: «Los felicito por su buen trabajo investigativo y el enfoque que hacen del asunto. Vivo en Massachusetts, al norte de Estados Unidos, bastante alejado de la Florida, y aquí se observa el mismo fenómeno, y no precisamente entre cubanos, que somos pocos, sino entre personas de otras nacionalidades sin exceptuar a los estadounidenses...

«Un matrimonio de origen puertorriqueño, pero nacidos ambos aquí, amigos míos, me contaron que en una ocasión cambiaron los muebles de la sala y fueron pocos en el vecindario los que no se aventuraron a hacerlo, incluyendo personas de bajos ingresos... Muchos he conocido que tienen casas muy humildes pero visten como verdaderos potentados y ruedan carros de lujo impensables para obreros con entradas limitadas, aunque le deban un peso “a las once mil vírgenes”».

Cuando ya creíamos que en esta ensalada no entrarían opiniones provenientes de este Sur nuestro, cruzamos el río Grande y nos topamos con los criterios de Andrés Naranjo, quien radica en Ciudad México.

Él piensa que «el hecho de portar joyas o andar llamando la atención con determinadas ropas o artículos de lujo pasa por la individualidad. A muchos les crean actitudes de prepotencia, arrogancia y sentirse superiores al prójimo».

Mencionó cómo en Culiacán, capital del estado mexicano de Sinaloa, personas presuntamente vinculadas al narcotráfico se comportan como ostentosas y hasta conducen camionetas del 2009. «¿Saben qué dice la población cuando la entrevistan? No los ven mal y hay quienes los perciben como exitosos», amplía Andrés, para quien «lo peligroso y negativo va con quien los secunde, los admire, los imite, los alabe, los proteja, desee actuar como ellos y hasta los envidie».

¿La edad de Matusalén?

Mariano García piensa que esos a los que llaman especuladores «realmente laceran la imagen de ciertos lugares, violan la privacidad de quienes los rodean, no respetan nada» y «no cumplen por lo general con las características que nos identifican como cubanos, reflejando una identidad que dista bastante de la nuestra».

Para el lector, «este es un problema que siempre ha existido en nuestra sociedad».

Arístides Lima Castillo también atisba en el pasado el origen de la ostentación. «No crean que está sucediendo por primera vez o que es un fenómeno de los tiempos que corren. Cuento con más de siete décadas de vida, y de ellas la mayoría residiendo en Cuba, y desde que era muy pequeño he visto esas manifestaciones en nuestros conciudadanos, aunque tal vez no en la medida que alcanzan ahora».

Para Radamés Echemendía la ostentación no surgió en el período especial. «Se sabe que la burguesía cubana, y la habanera en particular, era bastante ostentosa, y muchas construcciones del período neocolonial así lo demuestran».

Después del triunfo de 1959 surgieron insospechadas oportunidades de empleo y acceso a la educación, la salud y otros servicios básicos. Ello contribuyó a que desaparecieran extraordinarias brechas sociales que la Revolución encontró. Añade Radamés que el surgimiento en esos años del igualitarismo, al que algunos han considerado algo negativo, nos puso a casi todos en posesión de «las mismas cosas, en cuanto a bienes materiales. De esa manera, ¿con qué se podía ostentar?».

¿Por dónde le entra el agua al coco?

Si regresamos a las opiniones ofrecidas en los reportajes, recordaremos que la ostentación, ligada a una filosofía del éxito donde lo material supeditaba todo lo demás, se filtraba en la sociedad sin mirar edad, sexo, categoría ocupacional ni nivel cultural. Ello había dado pie a la afirmación de nuestros reporteros de que este fenómeno se afinca en terrenos movedizos, más allá de la amplia percepción de la población de que muchos ostentosos no trabajan.

Este último criterio también lo suscribe Arturo Ascolas, quien define a esa ostentación que a diario vemos «como una mala consecuencia del ocio, y me refiero a estar en la calle sin producir o aportar un ápice a la sociedad».

Arturo considera que los ostentosos del patio han tratado de asimilar «con dinero fácil, un modelo que imaginan existe fuera de las costas de la Isla. Si lo que intentan copiar es el modelo capitalista, creo que no tienen clara la imagen... Les sorprendería el resultado de comparar la cantidad de personas que en otros países visten y actúan como nuestros “especuladores”. Esa no es la forma en que allí se demuestra el poder adquisitivo que se tiene, así que no considero que sea tan “importado” el modelo. En este sentido veo magnífica la opinión que del Dr. Dionisio Zaldívar citan en su artículo: la posesión (lo material) es efectivamente un medio, pero para ser mejores personas y ciudadanos».

Para algunos este asunto parece estar más claro que el agua. Julián Ortiz Rodríguez considera que no «es difícil determinar quién es o no ostentoso» y que quien así piense padece de «ingenuidad pura rayando con la falta más elemental de inteligencia».

Andrés Naranjo opina que nuestra sociedad «no ha investigado a fondo la razón de esa ostentación... Me refiero al ser humano, dónde trabaja, con quién se relaciona, cuál es su estatus», y hace énfasis en la importancia de «diferenciar al que llega con aires de creerse un o una Adonis que se lo merece todo, de quien puede ir vestido hasta con un traje pero se comporta con educación y sencillez».

Arturo Ascolas fue otro de los que reclamó que la sociedad fuese menos paternalista: «Probemos a aplicarles a los “especuladores” el modelo que supuestamente quieren copiar. Hagamos como en otros países y cobrémosles impuestos sobre las propiedades, la imagen y sobre los ingresos anuales, y hagámoslo en forma diferente al que trabaja humilde y honestamente. No hay garantía de que los erradiquemos pero valorarán más lo que hacen y, de paso, contribuyen de alguna manera a esa sociedad que tanto pisotean con su conducta», concluye.

A otra manifestación del paternalismo miró el lector Fernando López, para quien se produjo un vuelco significativo cuando dentro de algunas familias se permitió que los hijos se creyeran «“herederos” y comenzaran a hacer uso de las prerrogativas de los padres».

Cimentar la cultura

Mariano García, quien percibe la ostentación como una consecuencia que deja la crisis económica que resintió al país, aportó a la discusión la pertinencia de mirar este asunto, además, desde su arista individual y social. Para él «los “especuladores” carecen en gran medida de una buena educación formal, que se debe adquirir en los primeros años en el núcleo familiar, eje fundamental de toda sociedad. Es ahí donde comienza el problema...».

Es cierto que la sociedad se está recuperando lentamente de las heridas de esos años difíciles, añade, pero hay que poner el acento «en la importancia de rescatar la ética que debe poseer cada persona independientemente del medio en el que le ha tocado vivir, su nivel cultural o la profesión que desempeñe, y las posibilidades económicas, intelectuales o físicas que tengan».

Otro criterio relacionado con la cultura como armazón del individuo para sobrevivir a la tentación del consumismo y la banalidad, y la responsabilidad que tienen los medios de comunicación en transmitir patrones culturales, lo dio Ylenia Sosa.

Ella reparó en lo que puede hacer nuestra televisión para difundir una imagen más sobria del cubano, y en contraposición con las extravagancias que criticó al inicio de este trabajo, sitúa como referencia de elegancia y austeridad «a las conductoras del NTV y de las diferentes revistas informativas». También pondera como buenas iniciativas las «del programa Coordenadas del Canal Habana, o el informativo infantil Ponte al día, en que los locutores se identifican con el espacio a través de una sencilla camiseta».

Ylenia también apeló a una mayor exigencia como posible solución a la fastuosidad que en ocasiones se ve en la pantalla chica: «Pienso realmente que nuestra TV debiera ser más rigurosa a la hora de la proyección escénica de locutores y actores de la misma forma en que nos preocupamos por los textos de las canciones para difundir, pues estos problemas realmente están más de adentro hacia afuera».

*Alina Perera Robbio, Yailín Orta Rivera, Sara Cotarelo Prieto, Nelly Osorio Llanes, Elayna Espina Sierra, Luis Raúl Vázquez Muñoz, Calixto N. Llanes y ADÁN

**Alina Perera Robbio, Yailín Orta Rivera, Yahily Hernández Porto, Luis López Viera, Roberto Díaz Martorell, Calixto N. Llanes, Franklin Reyes, LAZ y Yoelvis Lázaro Moreno Fernández, estudiante de Periodismo

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