La aventura del primer día de clases

«Pensaba yo, que era la única con la crisis de los casi treinta, pero al leer tu crónica descubrí que es normal y generacional (El viejo recipiente desbordado, Yoelvis Lázaro Moreno, 2 de septiembre). Ya no somos siquiera “muchachos”, sino los hombres y mujeres adultos de nuestra sociedad, que no podemos revolotear porque tenemos ya su peso sobre nuestras espaldas.

«En la tarde del lunes despedí a mi primita, de apenas 18 añitos, quien se aventuró a su primer viaje hacia la Marta Abreu con una maleta rebosante de sueños y ansias de libertad. El momento se me tornó un caramelo multicolor, de esos largos de un peso, que matan hambre y calman la ansiedad. Los dulces y agradables recuerdos de mi semejante viaje hacia la UCLV, por allá por el 2004, se precipitaron y me hicieron correr, escudándome en el aguacero que se avecinaba, para no anegarme en lágrimas de nostalgia y hacer el papelazo frente a mi prima y los demás muchachos. Coincido contigo en que cada septiembre revivimos nuestro primer día de clases, sin importar el nivel de enseñanza, y volvemos a abrazar a los amigos, que hace años no vemos. Por eso hoy te mando un fuerte abrazo y te felicito por el gran periodista en que te has convertido». (Aylín Tapia)

«Yo he fantaseado con algo así, pero no con una torre inflable (Un ascensor eléctrico por encima de las nubes, Patricia Cáceres, 4 de septiembre), sino con una estructura sólida sobre la cima del Everest, adonde se podría llegar mediante teleféricos o con una plataforma de lanzamiento elevada por una cantidad suficiente de grandes zepelines llenos de gas helio, que se pudiera comprimir para bajar y expandir para subir. La altura que se alcanzaría de este modo permitiría disminuir enormemente el peso de la nave a lanzar, lo que haría más factible el proyecto. Soñar no cuesta nada». (Carlos Gutiérrez)

«Muy buena noticia esta (Cuando la educación viaja por cauces digitales, Margarita Barrios, 30 de agosto), pero resulta necesario que estos materiales lleguen a las escuelas y se les dé la divulgación necesaria para que los estudiantes puedan acceder y el empeño de lo hecho no quede solamente en las buenas intenciones. En la secundaria básica donde estudia mi hija, esto no lo conoce el técnico del Laboratorio de Informática. Él me comentó que si llegaran los DVD no pueden ser vistos por los estudiantes, porque los clientes ligeros no lo permiten y el material tampoco puede ser sacado de la escuela». (Leonor)

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