22 °C Tres informaciones y un mismo tema: violaciones de los derechos humanos por parte de Estados Unidos en su peculiar guerra contra el terrorismo.
Hablemos de las diferencias, de las contradicciones y contrastes extremos, hoy, cuando los «indignados» de Estados Unidos ocupan los espacios frente al Congreso de su país, donde senadores y miembros de la Cámara —representantes de los intereses del 1%, y parte ellos mismos de esa élite dominante— le dan las espaldas a los del 99% que se crecen en sus protestas.
De vez en cuando revisan su postura militar y este ha sido el caso siguiendo las órdenes de su máximo comandante, el presidente Barack Obama. El Pentágono presentó un nuevo plan guerrero, y obtuvo el visto bueno, según dicen porque ha sido austero, pero la realidad es otra.
Si 2011 fue calificado como un «año horrible» por no pocos analistas internacionales, el 2012 parece presentarse con iguales credenciales, al menos si se juzgan las noticias que llegaban justo a su comienzo desde Estados Unidos, listo ya para el primer round o asalto de la contienda electoral, aunque en ese tema la sangre no llega al río por donde navegan demócratas y republicanos en busca de la silla presidencial de la Casa Blanca.
De la guerra de Iraq hablarán los historiadores, quizá se conozca para entonces cuántos nativos murieron en la invasión y ocupación realizada por las hordas de Estados Unidos y sus aliados europeos —y alguno que otro más entre los lacayos—, verán errores, se reconocerán crímenes o seguirán ocultos, quién sabe en cuáles circunstancias vivirá el pueblo mesopotámico, y si Estados Unidos estará en crisis económica o en bonanza, pero algo estará todavía pendiente: durante 50 años a lo menos, una importante parte de los impuestos que paguen los estadounidenses será dedicada a la deuda dejada por tal derroche de vidas y de recursos; la cuenta de la guerra en ese medio siglo será de 80 000 millones de dólares anuales.
El asunto no es nuevo, pero adquiere ahora un cariz diferente si nos atenemos a las circunstancias de que Estados Unidos atraviesa por una crisis económica que está acompañada de un movimiento de protesta de resultados todavía impredecibles, pero propiciador de preocupaciones para los poderosos.
Es un guión repetido una y otra vez. Estados Unidos siempre se las agencia para ocultar la viga en su ojo, y enarbola como estandarte su aparente combate contra el narcotráfico para arremeter contra supuestas infracciones de otros países, y ¡oh casualidad!, siempre son Estados que han plantado firme junto a sus pueblos, y ejecutan políticas socio-económicas que disgustan bastante al imperio porque son ejemplo de soberanía, independencia y defensa de sus recursos.
A contrapelo del resto del mundo, Estados Unidos celebra el Día del Trabajo el primer lunes de septiembre, y para hacerlo también distinto, lo ha vendido siempre como una jornada de asueto, picnics, fuegos artificiales, y conciliación de patrones y empleados, como un episodio rosa de ese gran novelón que es el sueño americano. Nada de exigencias, ni de derechos, ni de manifestaciones de calle, ni huelgas por reivindicaciones, ni protestas…
¿Acaso lo que Dick Cheney quería en 2007, y para lo cual presionó a George W. Bush, el hijo, será parte de los planes del Pentágono de Barack Obama?
«Fatalmente, nosotros subestimamos cuán profundamente está infiltrado el crimen organizado en nuestras instituciones». La afirmación es del presidente de Guatemala, Álvaro Colom, y hay que subrayar que el ex presidente Alfonso Portillo está en prisión bajo los cargos de corrupción masiva, mientras es bien sabido que jefes policiacos, comandantes militares y ex ministros de Defensa han estado vinculados al narcotráfico, con beneficios monetarios dobles, porque también Guatemala ha estado recibiendo anualmente de Estados Unidos unos cien millones de dólares para la lucha contra las bandas de las drogas…
En Afganistán, las fuerzas especiales estadounidenses están llevando a cabo una guerra contra la insurgencia talibán en la que se les permite todo, y se complementa con la actuación «impersonal» de los drones, cuyos bombardeos dejan decenas de víctimas, sin rastros de victimarios porque son los aviones robots.
Dos elementos carroñosos —y que en definitiva se dan la mano— han sacado a flote los atentados terroristas en Noruega: el desarrollo de la ultraderecha fascista en Europa y el aberrante sentimiento antiislámico que florece en Estados Unidos y sus aliados del Viejo Continente, esparcido además por todo el mundo gracias a su poderosísima maquinaria de control de las mentes.
Guerra, bajo ese término todo lo planifican. Estados Unidos acaba de presentar su «plan de ciberseguridad» en el que consideraba Internet como «un dominio operacional» para todas las guerras. La declaración bélica se justificó en la revelación de que unos 24 000 documentos o archivos le habían sido robados por «intrusos extranjeros» durante un ataque cibernético el pasado marzo. Las computadoras de una corporación contratista de la Defensa fueron el blanco en esa ocasión.
Me sumo al reciente análisis del periodista español Pascual Serrano (¿Y si no hubiera sido en Cuba?, Rebelión, 09-07-2011), donde demuestra que «la trascendencia mediática que tiene un determinado hecho según suceda en un lugar o en otro es una de las más elocuentes formas de mostrar el doble rasero y la manipulación de algunos medios de comunicación». Y aquí les va un ejemplo…
A cinco días del aterrador paso del huracán Katrina sobre Nueva Orleans, cuando todavía el caos reinaba sobre la ciudad devastada, dos familias desplazadas por la destrucción caminaban el domingo 4 de septiembre por el Danziger Bridge cuando se toparon con un equipo policiaco que, sin mediar palabras, disparó a mansalva y dejó sobre el pavimento dos muertos —James Brissette, de 17 años de edad y Ronald Madison, de 40—, además de otras cuatro personas gravemente heridas.