Torturantes souvenirs de lo enfermizo

Lo anuncian como un lugar soleado del Caribe, con blancas playas, un mar que llega suavemente hasta donde los estadounidenses se broncean en total tranquilidad, unas puestas de sol magníficas y brillantes iguanas verdes correteando, como muestra de la virginidad del lugar. Por supuesto, hay sala de cine, un buen campo de golf, y no faltan ni la cafetería McDonalds, ni el supermercado Wal-Mart en el centro turístico de cinco estrellas que ofrece toda una suite por 42 dólares la noche. Y ni olvidar las tiendas de souvenirs con qué obsequiarse y regalar a la familia: postales, llaveros, tiernos juguetes de goma, tazones para el café aguado o con leche, y pullovers: para los niños, con la leyenda «Alguien que me ama me lo trajo de...», para los hombres-macho es otro el lema, «Los orgullosos protectores de la libertad».

Pero resulta que este paradisíaco destino turístico tiene su limbo, o mejor, su infierno, execrable e ignominioso. Aunque usted no lo crea se trata de pasar las vacaciones en un territorio ilegalmente ocupado y convertido, desde hace seis años, en una campo de concentración. Están hablando nada menos que de la Base Naval de Guantánamo. Nade, surfee, disfrute a unos pocos metros de las alambradas de cuchillas de Camp Delta, de sus campamentos de alta seguridad, de los cuartos de interrogatorio con fuertes argollas de acero, clavadas al piso, para esposar a los detenidos, y al pequeño cuarto que preside una bandera de las barras y las estrellas que debe ser utilizado por un jurado militar que a muy pocos le ha podido abrir expediente y acusar.

Como parte de los disfrutes del vacation camp, la propaganda para el millón y medio de militares estadounidenses no dice nada de la posibilidad de ejercer un innoble morbo presenciando una sesión de tortura. Por ejemplo, ver cómo alimentan a la fuerza a ocho hombres que desde hace un año se declararon en huelga de hambre para exigir el juicio que se les niega a los casi 300 detenidos que todavía permanecen en ese lugar, sin cargos. Un tubo que va desde la nariz hasta el estómago, sin lubricación, garantiza la maniobra que practican los carceleros dos veces al día. ¿Podremos tener la esperanza de que el waterboarding ya ha sido eliminado de las técnicas de interrogatorio? ¿O las horas y horas en una misma e incómoda posición obligada? ¿Y qué decir de la desnudez obligada y las posturas aberrantes e insultantes que vimos en las fotos de Abu Ghraib?

Pero estos privilegiados «turistas» sí conocen de antemano que podrán comprar un tazón con la inscripción «Besos desde Guantánamo» o mostrar sus músculos en un pullover, decorado con la silueta de las torres de la prisión y las alambradas, donde se lee «Las Torres Talibán en la Bahía de Guantánamo, el más nuevo resort de cinco estrellas del Caribe». El surtido es todavía más amplio.

Un artículo firmado por Angela Levin en el Daily Mail reveló esta nueva infamia, toda una afrenta a los más elementales derechos humanos, que calificaba como «el más macabro y desagradable destino turístico sobre el planeta». Ella transmitió así la denuncia de la degradación que ha formulado el abogado británico Zachary Katznelson, vocero de Reprieve, un grupo que encabeza la campaña internacional contra el campamento, y defensor de 28 de los detenidos en la base penal, por eso su conocimiento es de primera mano, las visitas que le han consentido al penal también le permitió ver la tienda de souvenirs, donde se practica el enfermizo y disparatado negocio a costa de una de las prácticas más repugnantes y uno de los hechos más vergonzosos de la historia del imperio.

Así que saludos desde Guantánamo o como diría Mr. Bush el hijo: Dios bendiga a América...

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