El círculo vicioso de un ejército

Una de las decisiones controvertidas de Barack Obama, la escalada de las fuerzas estadounidenses en Afganistán, tiene una contrapartida mayor en el número de los contratistas, término tras el que se esconde el clásico mercenarismo al servicio de la guerra.

El aumento es proporcional, mientras más uniformados regulares patrullan y guerrean en el montañoso país centroasiático, estos necesitan «protección», y el gran negocio que actúa bajo la invocación del dios Marte se la suministra mediante las empresas o firmas de seguridad, hacedoras de la privatización también en el asunto de la llamada defensa y en el entrenamiento de fuerzas armadas o policiacas nativas.

Afganistán es una buena plaza para esas compañías, y como necesitan personal conocedor del terreno que pisan para hacer la guerra, se da la paradoja de que una parte de estos guardaespaldas o «soldados» de fila del ejército privado son afganos. Además, el cálculo está hecho: para poder salir algún día de la trampa, será la tropa y la policía afgana la que haga la tarea de mantener «la libertad y la democracia» mediante la represión.

El asunto está funcionando entonces más o menos así: EE.UU. fue con sus tropas y armas a liberar al pueblo afgano de la férula del islamismo extremista del Talibán; sacado este régimen del poder en Kabul, los ocupantes salieron a pacificar-ocupar el país, a extender la libertad y la democracia, pero han encontrado una resistencia que los tiene en jaque, y de la cual fueron advertidos por todos aquellos que ya habían pasado por la experiencia y al final no les quedó más remedio que poner pie en polvorosa (verbigracia: británicos y soviéticos…)

Una buena toma de aire de los talibanes, les ha puesto de nuevo en circulación, y todo parece indicar que nada tiene de alarde el reclamo del comandante Mulla Sangeen, de esa fuerza insurgente, cuando ha dicho que controlan el 80 por ciento del territorio nacional afgano y cuentan con el apoyo de la población.

Allá va entonces el Premio Nobel de la Guerra a subsanar el entuerto, y apela al recurso de más tropas yanquis y de la OTAN, más mercenarios-contratistas, más afganos para entrenar y para servir de parachoques, solo que…

Del país en ruinas renace la resistencia, de talibanes o de quien sea, pero adversos a la invasión y la ocupación extranjera, y suceden cosas como estas, a las que en Washington responden como cualquier avestruz: «Es un raro y aislado incidente».

En noviembre, cinco soldados británicos en la provincia de Helmand, murieron en un punto de control durante un ataque en que otros seis británicos y dos miembros de la Policía Nacional Afgana (ANP, que las siglas son en inglés, por supuesto) resultaron heridos.

¿Quiénes fueron los atacantes? Otros miembros de la ANP, entrenados en la academia de la policía creada por la OTAN en Kandahar, y con tres años de servicio como gendarmes.

Jeremy Scahill, un periodista-investigador del mercenarismo, publicó que inmediatamente el Talibán se hizo responsable de la acción con esta explicación táctica: «Nosotros queremos sembrar la desconfianza entre la Policía Nacional Afgana y las fuerzas extranjeras».

El Departamento de Defensa de EE.UU. reconoce que en Afganistán hay 104 100 contratistas, la mayoría afganos… y con la escalada de Obama ese número de «protectores» de soldados y diplomáticos estadounidenses y sus socios otanianos —de los que dicen no aprenden muy bien porque en su mayoría son analfabetos— probablemente alcanzará 160 000.

Son afganos, luchando por su nación, tribal y dividida o talibana, pero suya. Ahí se cierra el círculo.

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