Cuando la huelga de hambre es en Estados Unidos

Me sumo al reciente análisis del periodista español Pascual Serrano (¿Y si no hubiera sido en Cuba?, Rebelión, 09-07-2011), donde demuestra que «la trascendencia mediática que tiene un determinado hecho según suceda en un lugar o en otro es una de las más elocuentes formas de mostrar el doble rasero y la manipulación de algunos medios de comunicación». Y aquí les va un ejemplo…

Desde el primero de julio, varias docenas de prisioneros de la cárcel estadual Pelican Bay de California, comenzaron una huelga de hambre contra las duras e inhumanas condiciones que soportan en la unidad de confinamiento solitario (Security Housing Unit), donde están encerrados un tercio de los 3 100 reos de esa cárcel. En la instalación de máxima seguridad ubicada cerca de la frontera con el estado de Oregón, los penados están encerrados durante más de 22 horas diarias en celdas de aislamiento que carecen de ventanas y apenas pueden tener pequeño o ningún contacto con otros prisioneros, y así durante años e incluso durante décadas.

Más allá de los delitos que puedan haber cometido, y sin duda en la mayor parte de los casos deben haber sido bien graves, las condiciones son violatorias de los derechos civiles y humanos básicos, y los internados, en una declaración hecha llegar a través de una coalición de grupos por los derechos de los prisioneros, han denunciado que ese sistema constituye una «intensa tortura». Esto coincide con un reporte del año 2006, hecho por fiscales y abogados, que aseguraba que un confinamiento solitario de largo término como se practica en EE.UU. puede crear «condiciones tortuosas que está probado causan deterioro mental».

Mientras, el núcleo principal de esos hombres ha dicho que aunque ninguno quiere morir, están decididos a llevar a cabo la huelga de hambre hasta sus últimas consecuencias antes de continuar sometidos a las condiciones de la prisión, dijo una información periodística en el sitio web Huffington Post. Ya unos 1 600 encarcelados de ocho de las 33 prisiones californianas se les han unido en forma permanente, aunque el fin de semana que coincidió con el 4 de julio, Día de la Independencia de Estados Unidos, unos 6 000 protestaron de esa forma la situación.

Familiares de los prisioneros y activistas de los derechos civiles están realizando manifestaciones de calle, principalmente en Los Ángeles y San Francisco.

La acción responde a mucho más que ese confinamiento total en Pelican Bay. Hace unas pocas semanas, la Corte Suprema de EE.UU. ordenó a las autoridades de California disminuir su población penal debido al severo hacinamiento existente en todas sus instalaciones carcelarias, lo que expone a los reos a muy altos niveles de violencia y de enfermedades, por lo que el juez Anthony Kennedy lo llamó «intolerable con el concepto de dignidad humana».

Lo que ocurre apenas se conoce fuera del estado del oeste norteamericano, a pesar de la magnitud que va tomando y la controversia que ha provocado entre quienes consideran erróneo dejar en libertad a 33 000 condenados —como ha ordenado el Tribunal Supremo—, alegando que provocará un aumento de los delitos violentos.

Otro elemento que ha salido a relucir habla de la alta proporción de inmigrantes indocumentados encerrados en esas cárceles estaduales, pues el presupuesto de la gobernación registra 18 300 prisioneros de ese grupo, el 11,2 por ciento de los 143 335 encarcelados en instalaciones construidas para 80 000.

Hay además cárceles federales y de condado en el sistema, lo que aumenta el número de los prisioneros. Estados Unidos cuenta siete millones de personas detrás de las rejas, el mayor número de reos de todo el mundo, y también se le considera uno de los mayores violadores de los derechos humanos, pero con una característica que los hace muy especiales, dada por su poder hegemónico, que incluye el veto en organismos mundiales, y gracias a lo cual ha escapado a cualquier investigación internacional.

Por su poder sobre la prensa también hace escurridizos sus pecados capitales, mientras apunta con toda esa artillería comunicacional a quienes quiere presentar como los grandes violadores. La paja siempre está en el ojo ajeno, pero nunca la enorme viga en el emporio de «la libertad».

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