Demandando a la CIA y al Pentágono

No sé a ciencia cierta cuántas demandas pueden tener la CIA y el Pentágono por sus acciones en cualquier parte del mundo, pero una de las reveladas hace apenas unos días por la publicación militar Stars and Stripes proviene de tres grupos —dos de ellos de veteranos—, y fue dispuesta contra el Departamento de Defensa, la institución de espionaje y trabajos sucios de Estados Unidos, y el ejército, nada menos que en nombre de unos 7 000 de sus propios soldados que fueron utilizados, entre 1955 y 1975, por etapas de dos meses, como Conejillos de India en el arsenal Edgewood y en Fort Detrick.

Stars and Stripes cita un informe de la publicación U.S. Medicine, y en el expediente legal se afirma que armas químicas y biológicas fueron ensayadas en los soldados voluntarios, pero luego no se les dio seguimiento a los síntomas que presentaron y, peor aún, se les negó y aún se les niega atención a las incapacidades relacionadas con aquellos experimentos. La cadena televisiva CNN hizo también un reportaje sobre el tema y varios de aquellos hombres rindieron testimonios que demuestran cuánta ruindad contiene la política guerrerista de Estados Unidos.

Vietnam Veterans of America (VSO), Veterans Service Organizations y la organización pacifista Swords to Plowshares, presentaron la queja en una batalla legal que dura ya dos años —pero el Gobierno planteó una moción para desecharla, solo que en enero de este año un juez de una corte de distrito la desechó—. Ahora, la firma de abogados Morrison & Foerster representa a los demandantes que incluyen individualmente a ocho veteranos incapacitados, quienes buscan ser certificados por los daños que les ocasionaron las diferentes sustancias químicas y biológicas cuando fueron cobayas humanas.

Según los informes de prensa, la solicitud judicial no busca un resarcimiento monetario, simplemente pretende que les notifiquen a cada sujeto participante qué químicos les suministraron o a cuáles fueron expuestos, en qué dosis y el método utilizado para la administración de esas sustancias, y por supuesto que se les suministre por el Gobierno los cuidados médicos necesarios.

Han sido cientos los elementos inoculados de una u otra forma, y en la lista se incluyen drogas como el LSD, la mescalina y las anfetaminas; también gases nerviosos como el mostaza, el VX y el sarín; agentes que incapacitan como el BZ, también la dioxina, el ritalin, y hasta enfermedades que pueden ser mortales como el ántrax y el botulismo.

Los veteranos que han sacado a la luz estas vilezas tienen enfermedades relacionadas con esos experimentos como problemas cardiacos y enfermedad de Parkinson desde muy temprana edad. Tal es el caso de Tim Josephs, quien pasó dos meses de 1968 en Edgewood, cuando apenas contaba 18 años, y a los pocos días de salir de aquel laboratorio se le declaró el Parkinson, aunque cuando conoció de la misión apenas le informaron que se trataba de probar máscaras de gas, botas y uniformes.

Su progresiva condición neurológica ha llegado hasta estos días que corren cuando solo de medicamentos ha estado pagando de su bolsillo 2 000 dólares mensuales. Apenas el pasado año el Departamento de Asuntos de Veteranos reconoció pagarle el 40 por ciento por su exposición al Agente Naranja —que tan prolijamente Estados Unidos regó sobre Vietnam—, pero no mencionaron para nada su nefasta estancia en Edgewood. Un total de 86 quejas y solicitudes de ayuda se presentaron al Departamento y 84 fueron desechadas.

Desechos, así es como han sido tratados estos hombres, víctimas del mismo desprecio con que en otras partes del mundo dejan caer bombas desde drones teledirigidos en guerras donde desvanecen los rostros del adversario, con aquel sentido máximo del egoísmo: no veo, no siento… ¿Algún día se hará justicia?

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