¿A lo cubano?

A lo cubano/ Botella´e ron, tabaco habano/ Chicas por doquier... Uno escucha la popular canción de los Orishas, tan auténticamente criolla en su contagioso ritmo, y no puede «amarrarse» los pies, aunque sea incapaz de seguir el compás.

Y mientras tanto, no puedo evitar pensar en cómo este sonado hit internacional también refuerza en el exterior esa imagen de una Isla que aún algunos ignorantes ¿ingenuamente? se empeñan en mostrar como un reservorio paradisíaco de ron, puros, sol, playas cristalinas, y bellas y sensuales mulatas «tropicanescas», como si esta no fuera una nación multirracial y no pudiera lucir una cultura en verdad genuina, envidiada por medio mundo.

Con no poca indignación, leía no hace mucho un artículo de un asiduo visitante foráneo que reproducía las palabras de un turista alemán, quien se interrogaba: «Al final de cuentas, ¿qué ofrece Cuba? Ron, puros, sol, y gente... El jazz cubano sin un puro... no es tan bueno».

Triste, ¿cierto? Mas debería reconocer que, aunque con tono algo despectivo, tiene en cuenta este visitante a uno de los principales tesoros de nuestra nación: sus hijos. Y qué pena, pues al «pobre» ni siquiera le ha asistido la suerte de ser testigo de una presentación de lujo de ese género. Incluso quizá hasta lo hayan privado del placer de soltar bocanadas del denso humo en una de esas fabulosas descargas que nos distinguen, donde no escasea la musicalidad y sobra el virtuosismo.

Sin embargo, no culpo al forastero. Debe ser de esos que permanecen en la epidermis y solo consiguen ponerse en contacto con esa «cultura» comercializada para el turismo, y se quedan con la foto de los resistentes almendrones, el sabor del mojito y la sensación de que los han engañado cuando aterrizan en esta tierra pensando que se encontrarán con la afamada Isla de la Música. Porque dondequiera que se detienen solo escuchan Son de la loma y el Chan chan.

Aunque en honor a la verdad, debo admitir que esos turistas se han salvado con el hallazgo de los pródigos «soperos», si se comparan con aquellos que no se arriesgan más allá del confort de los hoteles, donde, en no pocas ocasiones, han renunciado a programar en sus descoloridos y repetitivos espectáculos a tantos creadores de primer nivel (solistas, agrupaciones de todo tipo, artistas circenses), que por su obra y calidad nos enorgullecen.

Aquí debo decir que, en lo personal, he tenido la suerte de disfrutar, en cabarés de renombre, de espectáculos con derroche de imaginación y excelentemente bien concebidos e interpretados. Y sin embargo, uno sale con un gusto amargo. Primero, porque todo indica que lo del vestuario roto o mal cosido, los zapatos desgastados, y las mallas y medias agujereadas nos acompañará hasta la eternidad (¿en qué se emplea lo que se recauda?, me pregunto).

Segundo, porque no acabo de entender las razones por las cuales permitimos que se nos irrespete y se tire a menos esos emblemáticos lugares (ocurre igual en los teatros), permitiendo la entrada de quienes vienen ataviados como para ir a la playa, con short y en chancletas (no me los imagino «disfrazados» de ese modo en sitios parecidos de sus respectivos países).

Nada, que llegan aquí buscando lo nuestro, lo que supuestamente nos representa, y una parte de ellos parten cargados de collares de caracoles y obras pictóricas muy dudosas, así como tarareando, por la insistencia con la que se difunden, a Marc Anthony, Don Omar, Pitbull y, sobre todo, esa bazofia que algunos se empeñan en clasificar como música, y no son más que «textos» que expresan los más diversos «traumas» (sexuales, psicológicos, de identidad) y se hacen acompañar de cierta ¿melodía?

Luego: ¿qué idea se llevarán de esas «puestas en escena» tan comunes en cuevas o sitios relacionados con algún significativo hecho histórico-cultural o con un descubrimiento arqueológico? De poderlas apreciar, no me caben dudas de que esas «representaciones», alejadas de cualquier investigación seria, indignarían a nuestros ancestros. Esos de quienes heredamos una cultura diversa, legítima, en lo absoluto esquemática, que se ha ido enriqueciendo con el paso de los años, pero, al parecer, se pretende marginar en ciertos espacios para el ocio.

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