La tinta rosa del facilismo - Látigo y cascabel

Joel del Río

Látigo y cascabel

La tinta rosa del facilismo

La tinta rosa del facilismo, en lugar de la grisura plúmbea que le atribuía cierto famoso escritor cubano, tiñe con frecuencia el periodismo cultural cubano. Las lucecitas y tentaciones de Internet parecen estimular la frivolidad de algunos redactores, sobre todo en la radio y la televisión, los dos medios donde he percibido mayor desatino en el copy and paste. Hay que decirlo, aunque algunos vean en ello una supuesta falta de ética, en tanto se trata del gremio al que gozosamente pertenezco: se está imponiendo con rapidez la rutina del calco irreflexivo de contenidos, informaciones e incluso criterios que, además de ajenos y provenientes de la web, solo destacan por festinados, vanamente espectaculares y carentes por completo de cordura.

Escuché recién, casi de corrido, que los Rolling Stone eran más importantes por la imagen que por la música, que Marilyn Monroe nunca aprendió a actuar, y que Leonardo da Vinci dio rienda suelta a su homosexualidad autorretratándose en la Mona Lisa. Un lector medianamente culto sabrá que tales criterios requieren mayor escrutinio y argumentación del que implica soltarlo en el lead de un artículo o comentario, con el solo propósito de motivar a incautos. Se incurre en flagrante delito de superficialidad cuando se sacrifica la verdad, el conocimiento y la experiencia acumulada durante muchos años en pos del llamado «gancho» periodístico.

Y no se trata de que a fuerza de rigurosos renunciemos al natural destaque y sugestión de ciertos elementos atractivos para cualquier telespectador o lector. La cuestión complicada estriba en la determinación de lo trascendental, de necesario conocimiento y orientación, para lograr superar la etapa de la «seducción tecnológica», y aprender a distinguir las fuentes de información acreditadas, y a prescindir de criterios aventureros o demasiado generalizadores.

Solo de esta manera, con responsabilidad y capacidad discriminadora, con menos deslumbramiento e ingenuidad, y mayor conocimiento de la anchura y profundidad de las artes y culturas, pudiéramos arribar al estadio de «adecuación de contenidos», fase en la cual el redactor se informa, ahonda en el fenómeno cultural de que se trate, lo comprende hasta donde lo permitan su sensibilidad e inteligencia, y luego, al final, cansado de pensar, conforma conclusiones o criterios propios, más que robados a voces públicas y ajenas.

Lo enervante, lo inadmisible proviene de la constatación de que Yahoo, Wikipedia, Google y Facebook disponen el sesgo, los temas y los enfoques que vemos y escuchamos a diario por la radio y la televisión. Como aquella computadora macabra que controlaba las mentes de los astronautas en 2001: una odisea espacial. Y si los textos proceden de lo más común, asequible y trillado de la web, las imágenes se originan en altísimo por ciento de las grandes trasnacionales del entretenimiento, y son reproducidas, acrítica y sinflictivamente.

De este modo, cualquier televidente cubano puede enumerar las grandes producciones de Hollywood para el año entrante (y no tengo ninguna objeción al respecto) porque nuestra televisión decidió recorrer los caminos más trillados, y promover hasta el cansancio los reportajes sobre Lincoln, El Hobbit o Django desencadenado, mientras seguimos ignorando homólogas trilogías de proyectos en el cine brasileño, ruso, indio, chino, e incluso cubano.

Recientemente leí en Internet que el prestigioso periódico The Guardian, colocó un aviso advirtiendo: «En Internet, no seas estúpido». Ignoro la intención de semejante imperativo con insulto incluido, pero quiero suponer que la Redacción del importante periódico intenta hacer un llamado a sus redactores para el rescate de un periodismo influyente, con reputación y credibilidad, en lugar de aquel otro dedicado a la cansina repetición de los lugares comunes, la bagatela y el disparate que abundan en la red de redes. A los periodistas de cultura, y en particular a los dedicados al tema audiovisual (incluyo a los guionistas de televisión enviciados con el corta y pega) se les impone sudar la camiseta, y dejar de publicar como propias las maromas de los emporios de la información y el entretenimiento.

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