Búsqueda y captura

La Policía dijo a la madre de Guarina que su hijo corría peligro de muerte si no se entregaba, y la señora no solo reveló su paradero, sino que se ofreció a ir en su busca para presentarlo a las autoridades. Los Dobarganes Jorrín tenían familiares en Sancti Spíritus. Una de las tías de Guarina estaba casada con el capataz de la finca El Jardín, propiedad del médico Manuel Orizondo y situada a un lado del puente de hierro, en la salida de la ciudad hacia Jatibonico. A Sancti Spíritus llegó Guarina, procedente de Placetas, en un carro alquilado y pidió al chofer del vehículo que lo procurara al día siguiente porque quería continuar viaje hacia El Cobre. Se encontró con su padre y acordaron que se reunirían esa noche en la finca. Pero el encuentro proyectado no llegó a efectuarse. La Guardia Rural, alertada desde La Habana, lo arrestó en la ciudad cuando intentaba cambiar un billete de mil pesos. Le ocuparon otros

20 000 en una cartera de mujer y una pistola Star calibre 45 cargada y con magazines de repuesto. Poco después, en el predio de Orizondo, detenían al anciano Dobarganes. Llevaba en un saco 20 000 pesos más en billetes de a uno y de a 20. Habían transcurrido cinco días del asalto al Royal Bank of Canada, en el Paseo del Prado, y las autoridades podían respirar tranquilas. El robo había sido obra de delincuentes vulgares. Ninguno de los grupos de los llamados del «gatillo alegre» estuvo detrás de los hechos, ni tampoco organización secreta alguna con móviles políticos.

—Está bien, me tocó perder. No negaré que fui yo quien entró vestido de policía, pero no soy el jefe de la banda… Si me hubieran cogido por robar gallinas, estaría avergonzado, pero no por asaltar un banco —dijo Guarina a sus captores y les advirtió que no esperaran que hablara. Precisó: «No me asustan las torturas y ya lo demostré cuando Machado».

Pero en la Ciudad Militar de Columbia, en La Habana, a donde fue trasladado de inmediato, llegaría, después de sometérsele a crueles interrogatorios, a un acuerdo con la Policía. Diría cuanto sabía a cambio de que no se inculpara a su padre, que nada tuvo que ver con el asalto y que no tenía otro delito que el haber tratado de ayudarlo. Reveló entonces que el asalto venía preparándose desde tres meses antes y que si se había llevado a cabo el 11 de agosto anterior fue porque supieron que ese día encontrarían una cantidad de dinero inusual. De sus cómplices, ¿qué podía decir? Proyectaban salir del país a bordo de una goleta y de seguro ya todos estarían fuera. Él mismo pensó embarcarse por el puerto de Tunas de Zaza…

Horas después, la Policía presentaba a la prensa a un grupo de detenidos, casi todos amigos personales de Guarina que, como receptadores, estuvieron en contacto con aquel dinero maldito. Alfonso Albite, a quien le ocuparon más de 33 000 pesos, una parte enterrada en el patio de la casa y la otra embutida en un pomo; Güito el Bolitero, que había dado la mala a Guarina con parte del dinero del cartucho Isauro Castro… Aparecían entre los detenidos, además, Neifa Nasser y Carlos, madre y hermano de Jorge Nayor, El Sirio, a los que se les ocuparon 11 000 y 2 000 pesos, respectivamente. Una detención más efectuó la Policía. De madrugada habían sacado de su casa, para conducirlo a bordo de un carro-jaula al Buró de Investigaciones, a Pedro Baloyra, cajero de la sucursal bancaria asaltada. Era un empleado eficiente, pero los ejecutivos del Royal Bank lo miraban con recelo. Había militado en el Partido Comunista y se desempeñaba, en esos momentos, como dirigente sindical. Para hacer más compleja su situación, poco antes había pedido al banco un préstamo por mil pesos, prestación que no le concedieron.

TODAVÍA QUEDA TIEMPO

Tras el robo, cada uno de los cinco asaltantes se escondió como pudo luego de poner su parte en el mejor recaudo posible. El Sirio buscó refugio en la localidad matancera de Calimete. Avelino el Panadero y su mujer, Eloísa López Tamayo, alquilaron el apartamento número 65 en el edificio de 8 esquina a 19, en el Vedado. Ella, que fue la que dio la cara para el arrendamiento, se presentó como María Olivera y dijo al encargado del inmueble que su esposo, enfermo, sería internado en breve en una clínica para ser sometido a una intervención quirúrgica, por lo que requería de reposo.

La libertad bajo fianza obligaba al Chino Prendes a presentarse a firmar, una vez a la semana, en la Audiencia habanera. Rojas y Sierra, aquellos modestos agentes de la Secreta que rastreaban los pasos de Guarina y de sus dos compañeros desde la fuga del cuartel de bomberos de Guanabacoa, quisieron corroborar si seguía haciéndolo y el día en que lo hicieron, en efecto, allí estaba Prendes en compañía de su hermano Oscar. Alguien, sin embargo, les advirtió del peligro y salieron del vetusto edificio como alma que lleva el diablo. En el taxi que los conducía a La Lisa escucharon por la radio la noticia de la captura de Guarina y su padre en Sancti Spíritus, así como que la madre y una hermana de este se hallaban detenidas en el Buró de Investigaciones. El Chino no hizo comentario alguno, pero Oscar advirtió que la información había hecho que le cambiara el rostro. Todavía queda tiempo, murmuró El Chino tras un largo silencio, y Oscar ató algunos cabos sueltos y un corrientazo recorrió su cuerpo, porque se percató de que su hermano estaba metido en lo del banco.

Mientras Guarina, detenido, llegaba a la capital para ser interrogado en Columbia y trasladado luego al Buró de Investigaciones, Prendes salía en ómnibus para Pinar del Río. En Guane, pensaba, estaría seguro. Por haber trabajado en la base aérea de San Julián conocía al vecindario, el movimiento de la localidad y los lugares por donde era posible escapar. Pero a esa altura, con Guarina detenido y «cantando» luego de un fácil ablandamiento, sabía que tenía sus días contados.

También lo sabían Jorge Nayor Nasser, El Sirio, y Avelino López, El Panadero. A este fue a detenerlo, en el apartamento 65 de 8 esquina a 19, el comandante Aragón Medinilla, jefe de las perseguidoras. El Panadero no se entregó. Intentó fugarse tan pronto supo que la policía estaba fuera. Amarró una sábana a otra y ató el extremo de una de ellas a la ventana del fondo del inmueble e intentó deslizarse hasta el patio. Cayó al suelo mientras lo hacía. No hizo falta que los uniformados lo sujetaran; las fracturas lo mantenían inmovilizado y obligaron a trasladarlo al Hospital de la Policía. Le ocuparon un billete de mil pesos y una Colt calibre 45 con ocho cápsulas en el magazín y un «peine» adicional. Eloísa, su mujer, y su hermano Luis fueron también detenidos. Este último tenía 42 pesos encima.

UNA DETENCIÓN CASUAL

A ruegos de Hilda Rivero, su esposa, y de su hermano Carlos, El Sirio había vuelto a La Habana. Nadie te busca, le aseguraron, y le dijeron también que en el reparto Santa Amalia todos preguntaban por él y que cada vez se hacía más difícil ofrecer una explicación plausible para su ausencia. Buscaron un nuevo lugar para instalarse y lo encontraron en el apartamento número 1 de la calle Libertad 406, en La Víbora, y emplearon unos 2 000 pesos en amueblar y equipar la morada. El Sirio además, por cien pesos, compró una pistola. En la casa de los tíos de Hilda, en Lawton, mantenía guardados en una caja de cartón más de 79 000 pesos, y los ojos se les encandilaban a la pareja cuando contemplaban el dinero.

Pero la tranquilidad no le dura al delincuente. Las investigaciones pusieron a la Policía cara a cara con Hilda Rivero. Detenida su madre y presionada por su tío, el senador Rivero Partagás, se personó en la Policía Secreta con el ofrecimiento de entregar el botín a cambio de no verse involucrada en los sucesos del asalto. Quedó detenida. Y corría la misma suerte poco después Oscar Rivero Prendes, el hermano de El Chino. Al registrarse su domicilio, se encontraron 52 billetes de mil ocultos en las ranuras existentes entre el lavabo del servicio sanitario y la pared.

Tata el Flaco, otro de los involucrados en el robo del Royal Bank of Canada se había vuelto humo. El Sirio, una vez detenida su esposa, buscó en Regla quién pudiera sacarlo del país. Lo pusieron en contacto con el estibador Laureano Expósito y le ofreció 5 000 pesos por la salida. Mientras esperaba por esta, se encontró con Ernesto Valero. Le habló claro, sin dobleces ni reservas. Explicó que huía de la Policía y no ocultó los planes de salida en los que andaba. Valero lo escondió en su finca La Valencita y allí lo tuvo hasta que El Sirio le comunicó que ya había resuelto su problema y le pagó 85 pesos por la ayuda.

Mientras tanto, en la base de San Julián, El Chino tenía palabreada una avioneta que lo llevaría al exterior, y en el café El Tercer Frente, de Guane, mataba el tiempo con el cubilete hasta que el teniente Gómez, de la Rural, advirtió que bajo la chabacana, al nivel de la cintura, a aquel hombre se le dibujaba la silueta de una pistola. Lo arrestó y condujo al cuartel. Por las fotografías que le remitieron desde La Habana comprobó que aquella detención casual le había permitido atrapar al hombre que desde hacía días estaba circulado por las autoridades.

El cajero Pedro Baloyra, tras pasar 41 horas detenido, fue puesto en libertad. Recurrió a la prensa con el ánimo de esclarecer su situación. No había prueba mejor de su inocencia, dijo, que aquella determinación de las autoridades de devolverlo, sin cargos, a la calle. Eso probaba que no tenía participación alguna en el robo al Royal Bank of Canada, donde trabajaba hacía 24 años.

EL BOMBAZO

El dinero robado se fue recuperando poco a poco. El 21 de agosto de 1948, diez días después de los hechos, la Policía había podido rescatar unos 250 000 pesos, algo menos de la mitad de lo sustraído. Sin contar lo que pudieran tener en su poder Tata el Flaco y Jorge Nayor, El Sirio, faltaba aún una buena suma por regresar. Salvo aquel billete de mil pesos, al Panadero no se le había ocupado dinero, y algo similar, aunque en menor medida, podía suceder con El Chino Prendes.

La Policía había detenido también a Rosalía Alonso Gambino, más conocida por María Enríquez, la mujer de El Chino Prendes. El 23 de agosto, ella y Eloísa López Tamayo (María Olivera) la mujer del Panadero, hacían una revelación sensacional, un verdadero bombazo, cuando daban a conocer el nombre de otro implicado en el asalto, del que hasta ese momento no se tenían noticias. Era nada más y nada menos que Armando Fernández Jorva, ex alcalde de Güines y, a la sazón, representante a la Cámara por el Partido Demócrata.

Él era, aseveraron las detenidas, el autor intelectual el robo. (Continuará)

(Con documentación del historiador Newton Briones Montoto, que puso a disposición de este periodista su libro inédito Dinero maldito)

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