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El último embajador

Cuando se rompieron las relaciones diplomáticas entre Cuba y Estados Unidos, ya Philip Wilson Bonsal, el último de los embajadores norteamericanos acreditados en La Habana, había vuelto a Washington, luego de poner la representación diplomática en manos de un encargado de negocios. Cuando se produjo la ruptura, las relaciones entre los dos países, de hecho, estaban rotas. Lo que se rompió formalmente el 3 de enero de 1961 fue una ficción, un fantasma, algo que no existía a consecuencia de la política de hostigamiento y agresión que la administración del presidente Eisenhower implementó contra Cuba desde el mismo momento del triunfo de la Revolución, el primero de enero de 1959, y que llega hasta hoy.

Sus dos antecesores inmediatos, Arthur Gardner y Earl E. T. Smith, fueron desastrosos. Más que como el embajador norteamericano en Cuba, el primero se proyectó como el representante de la ITT en La Habana a fin de lograr del gobierno la autorización para el incremento de las tarifas telefónicas y fue capaz de brindar por el dictador Fulgencio Batista en un banquete que tuvo lugar el día siguiente de los sucesos tristemente célebres de la calle Humboldt, donde cuatro líderes estudiantiles fueron asesinados por la policía batistiana. Smith, que a nombre de Batista ofrecía fiestas «cubanas» en el Waldorf Astoria, no pasó de ser un servidor fiel del déspota. Tan escandalosa fue su actitud a favor de Batista que la propia colonia norteamericana en Cuba solicitó a Washington su relevo a la caída de la dictadura, lo que obligó a Smith a renunciar el 10 de enero.

«De continuarse con la presente política norteamericana con respecto a Cuba, los Estados Unidos se quedarán con un solo amigo, el dictador Fulgencio Batista», había escrito, en marzo de 1958, en el The New York Times, el periodista Homer Brigart luego de una estancia en la Isla. Diez meses después se esperaba que EE.UU. hubiese aprendido de sus errores, y algunos norteamericanos propusieron al Departamento de Estado que Herbert L. Matthews, un brillante periodista que en 1957 subió a la Sierra Maestra y entrevistó a Fidel Castro, fuese el sustituto de Smith. Pero Washington decidía mover hacia La Habana a Philip Bonsal, su embajador en Bolivia.

Presentó sus cartas credenciales el 4 de marzo de 1959. Tenía 56 años de edad. Su carrera diplomática había comenzado, en 1930, precisamente en La Habana.

UN PROBLEMA DIFÍCIL

Matthews, en el The New York Times, escribía: «El más difícil problema diplomático que encara ahora el Departamento de Estado es Cuba. Durante muchos años los Estados Unidos favorecieron al general Batista. (…) le vendieron armas con las cuales mataba a otros cubanos, armas supervisadas por la misión militar norteamericana que está todavía en Cuba. Los Estados Unidos tenían en Cuba una comunidad de negocios pro Batista en manos de norteamericanos, y el embajador Smith ha sido señalado como hostil a Fidel Castro, el hombre que es un héroe para la mayoría de sus compatriotas y que, obviamente, estaba ganando la guerra desde hacía meses».

Bonsal, sin embargo, sería incapaz de percatarse de lo que realmente sucedía en la Isla. Pero no lo culpemos totalmente. Nadie supera sus propios límites. Fue un diplomático que actuó con inteligencia en defensa de su país y que en defensa de su país hizo todo lo que estuvo a su alcance para presionar, frenar y domesticar la Revolución. No lo consiguió. No lo podía conseguir.

ESCALADA

La acogida que el gobierno norteamericano brindó a los asesinos y ladrones que huyeron de Cuba tras la caída de la dictadura de Batista, fue el primer acto hostil de Washington contra La Habana, y bien pronto comenzó en EE.UU. una bien orquestada campaña encaminada a denigrar a la Revolución, a la que se acusaba de acometer una «purga sangrienta» por los juicios a los que sometía a asesinos y torturadores del batistato. En junio de 1959 el gobierno de Eisenhower comenzaba a fabricar la contrarrevolución cubana cuando la subcomisión de Seguridad Interna del Senado concedía audiencias a criminales prófugos, desertores y políticos desplazados del panorama nacional cubano. El 8 de julio del propio año el Congreso norteamericano apuntaba directamente al corazón de la economía cubana al concederle al Presidente mayores facultades para suspender la ayuda a todo país que confiscara propiedades estadounidenses sin una justa compensación inmediata. En agosto, dos funcionarios de la embajada de EE.UU. eran apresados, y liberados luego, mientras participaban en una reunión con elementos contrarrevolucionarios: programaban actos de sabotaje en coordinación con el plan de invasión a Cuba desde la República Dominicana.

A partir de ahí se suceden los sabotajes principalmente contra objetivos económicos. El más cruento de ellos, en esa época, fue el de la voladura, en el puerto habanero, del vapor La Coubre. Dejó un saldo de 101 muertos y más de 200 heridos. Meses antes de este suceso, el 11 de diciembre de 1959, Allen Dulles, director de la CIA, proponía al Consejo de Seguridad de EE.UU. cuatro acciones para derrocar a la Revolución Cubana, una de las cuales consideraba cuidadosamente la eliminación física de Fidel Castro. Ya el 17 de marzo Eisenhower ordenaba a Dulles la preparación de una fuerza armada de cubanos exiliados que se utilizaría en una invasión a Cuba.

Refinerías norteamericanas asentadas en la Isla se negaron a refinar el petróleo soviético adquirido por Cuba. El país no tuvo más alternativa que intervenirlas. Como respuesta, Washington dispuso la rebaja de 700 000 toneladas de azúcar de la cuota asignada a Cuba y poco después suspendió las operaciones de la planta de níquel de Nicaro, en el oriente cubano. El 19 de octubre de 1960 se implementa el primer paso del bloqueo económico que dura hasta hoy cuando Eisenhower dispone la suspensión de las exportaciones norteamericanas a Cuba, con excepción de los alimentos y las medicinas, y el 16 de diciembre cancela la cuota azucarera. La prohibición de los viajes de norteamericanos a la Isla y el requerimiento de valerse de un pasaporte especial para hacerlo, data asimismo de esta época. Se dictó el 16 de enero de 1961.

MIENTRAS TANTO…

La Revolución no detenía su marcha ni el pueblo y los dirigentes cubanos se amedrentaban.

En marzo del 59 el Gobierno Revolucionario disponía la intervención de la Cuban Telephone Co. El 17 de mayo siguiente promulgaba la Ley de la Reforma Agraria, y poco después, se decidía la rebaja de las tarifas eléctricas. En agosto de 1960 Cuba nacionalizaba las refinerías de petróleo y los centrales azucareros de propiedad norteamericana, así como las compañías de teléfono y de electricidad. En octubre, una nueva ley de nacionalización comprendía a los bancos extranjeros (menos a los canadienses) y a otras 328 grandes empresas. Y en noviembre se nacionalizan las empresas norteamericanas que habían quedado fuera de las medidas anteriores. Fue la respuesta al embargo de mercancías destinadas a Cuba. Al mismo tiempo, el pueblo fortalecía su defensa. En octubre de 1959 se creaban las Milicias Nacionales Revolucionarias, y en septiembre del 60 surgían los Comités de Defensa de la Revolución.

El embajador Bonsal debió haber pasado en La Habana los momentos más amargos de su vida. No permanecía ciertamente con las manos cruzadas. Cursaba notas de protesta. Se entrevistaba con el presidente Dorticós. Hablaba con Fidel Castro en persona. De manera verbal o por escrito expresaba Bonsal «la preocupación seria del gobierno de los Estados Unidos respecto al estado actual de las relaciones con Cuba». Le intranquilizaban, decía, «lo que parecían ser esfuerzos deliberados y concertados en Cuba de sustituir la tradicional amistad entre los pueblos cubano y norteamericano que son ajenos al expresado deseo de ambos gobiernos de mantener buenas relaciones». Mentía: «Estados Unidos ha observado y seguirá observando una política de no intervención en los asuntos internos de Cuba, y hace cumplir, en la forma más cabal a su alcance, la Ley de Neutralidad, las leyes aduanales y otras legislaciones que prohíben ciertas actividades contra gobiernos extranjeros por personas residentes en Estados Unidos». Volvía a mentir: «El gobierno de los Estados Unidos no puede hacer otra cosa que rechazar con indignación toda inferencia de que el gobierno de los Estados Unidos, sus funcionarios o el pueblo de los Estados Unidos han apoyado o mirado con pasividad las actividades ilegales contra el gobierno de Cuba».

Los hechos lo desmentían. Vale recordar, a modo de ejemplos, la revocación de la licencia para vender helicópteros norteamericanos a la Isla, el boicot contra barcos que procedentes de Cuba tuvieran como destino puertos de la costa atlántica norteamericana y la autorización de las trasmisiones por onda corta de programas redactados por los llamados «refugiados cubanos» y el Servicio de Información de EE.UU. Washington preparaba ya, sin embozo ni recato, la agresión mercenaria de Bahía de Cochinos.

Llegó así el 2 de enero de 1961. Bonsal no estaba ya en La Habana y su encargado de negocios recibió una nota de protesta del gobierno cubano: «Como consecuencia directa de las actividades de espionaje y subversión de los funcionarios de la embajada norteamericana en Cuba, el Gobierno Revolucionario de Cuba solicita del gobierno de los Estados Unidos la limitación de su personal diplomático y consular en La Habana al número de once personas, el mismo mantenido por el gobierno de Cuba en la ciudad de Washington y acorde con los principios y costumbres establecidos respecto a ello en las relaciones internacionales».

Washington reaccionó con violencia. Pasando de victimario a víctima calificó el documento como «el último de una serie de hostigamientos, acusaciones infundadas y vilipendios», y rompió formalmente las relaciones que ya no existían.

Años después, Philip W. Bonsal publicó un ensayo sobre Cuba. Es, desde luego, un texto contra la Revolución, aunque no oculte la admiración de su autor por Fidel Castro. Reconoce incluso al dirigente algunas cualidades, como la del carisma. Dice en sus páginas que en los momentos en que escribe la Revolución Cubana se hallaba en su recta final. De nuevo Bonsal se equivocaba. El ensayo en cuestión es de 1967.

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