Edades

Me contactó una vez a través del periódico y cuando conversamos al fin por teléfono dijo que quería verme porque se interesaba por conocer mi opinión sobre algo que tenía escrito y se empeñaba en publicar. Le di de lado. Aparte del tiempo y la energía que una tarea como esa consume, sé bien del peligro que entraña leer inéditos ajenos, sobre todo si son de un aficionado que solo escribió antes cartas a la familia. Quien viene a conocer tu valoración sobre lo que ha escrito, casi siempre reclama humildemente una opinión sincera cuando en verdad está en espera de una opinión favorable. Si valoras positivamente su trabajo, el individuo se va contento aunque arroparas tu elogio con cuanta tontería encontraste a mano, por el aquello de que casi todos los escritores, publicados y por publicar, aceptan las mayores tonterías a cambio de que sean elogiosas. Pero si tu juicio no es propicio, el sujeto se desconcierta y no lo disimula y se va hecho una furia. A partir de ahí serás para él un insensible o un imbécil. Nada. Quisiste hacer un favor y te buscaste a un enemigo.

Pero que yo le diera de lado, no quiere decir que el hombre no insistiera. Hay que reconocer que tenía maña y arte en eso. Reiteraba sus llamadas, tanto al periódico como a otros lugares que, sabía, yo frecuentaba. Se buscó aliados. Y esos aliados, quizá por quitárselo de encima, intercedían en su ayuda. Yo no creo que estés tan ocupado como para no poderle conceder media hora, me decían. Lo atiendes, y luego te lo quitas de encima, recalcaban. La cosa llegó al punto de que empecé a sentirme culpable por no recibir al «muchacho», como, sin conocerlo, le llamaba una de las secretarias del periódico con la que se comunicaba al ritmo de dos veces por día.

Así, nos pusimos de acuerdo para la visita. Cometí un error. En esos casos, es mejor visitar que lo visiten. Porque cuando es uno quien hace la visita, se marcha cuando lo estime pertinente, así deje a su interlocutor con la palabra en la boca. Otro es el cantar si se es el visitado. Hay que soportar hasta que el visitante se marche o se le induzca a que lo haga. Pero no. Quedamos en que nos veríamos en mi casa, el próximo sábado, a las seis de la tarde. Y allí estuvo el hombre a la hora de la cita.

PASARÁS POR MI VIDA

Me dijo, de sopetón: ¿No me conoces? No, no lo conocía. Añadió: ¿Es posible que no me recuerdes? Contesté que no, que no lo recordaba. Te diré mi nombre completo y sé que te acordarás. Lo dijo, y tampoco. Estuvimos juntos en el Bachillerato, puntualizó.

Nada hay peor que una persona lo salude a uno y uno no la recuerde. Se le tiende a decir en principio que lo ha confundido con otro. Pero cuando se adquiere la certeza de que no hay confusión posible, uno quiere que la tierra se lo trague. Es como cuando se le pregunta por la madre al amigo que no se veía desde hace tiempo y la respuesta llega como un pistoletazo: Murió hace seis años. Y uno, desconcertado y sin saber qué decir, recurre a Jorge Manrique y habla de lo efímero de la vida y lo fugaz de los placeres mundanos.

Ni el nombre ni la cara de mi interlocutor venían a mi memoria por más que me esforzara. Hay gente así, de pasarás por mi vida sin saber que pasaste. Pero uno finge y quiere hacer creer que recuerda. Lo que pasa es que engordaste, dices, y te dicen que no, que pese a los años, mantiene el mismo peso. ¡Ah! Claro, son los espejuelos, te aventuras a decir, pero resulta que los espejuelos los usó siempre. Y ya desde el Bachillerato lucía las mismas canas de ahora. Ni más ni menos.

No sabes ya a qué recurrirás. Para ubicarlo de una vez menciona dos o tres nombres de compañeros de estudio que te vienen a la mente. El del polista que se mató en un accidente en plena juventud. El del que estudió Medicina y está ahora al frente de una orquesta que gana espacio en la simpatía popular. Sí, por supuesto, tu interlocutor los conoce perfectamente. Y te habla además sobre este y aquel, que se los tragó la vida cuando parecían que habían dado ya un paso más allá de la promesa.

Preguntas: ¿Y Ofelia? Te dice: Es arquitecta. Vive en la calle Heredia entre Santa Catalina y Milagros. Nació el 18 de junio de 1947. Tiene ahora tantos años. ¿Y Germán, qué se hizo de Germán? Responde: Es tremendo médico. Vive en 10 de Octubre esquina a San Mariano. Nació el 3 de enero de 1948. Tiene ahora tal edad. Y así Belkis, Manolo, Jesús… El tipo no falla. Cada vez que mencionas un nombre, te aporta esos detalles hasta que llega el momento en que no puedes reprimir tu asombro. ¡Qué bárbaro!

—Te sorprenderá que yo domine todo eso. Es que me he dedicado a nuclear a todos los compañeros de promoción. Si por algo insistí tanto en verte, aparte de lo que quiero que leas, fue porque tú eres uno de los que faltaba en mi lista. Los he ido agrupando y nos encontramos una vez al año y siempre que es el onomástico de uno de nosotros, unos cuantos de los del grupo le «asaltamos» la casa —dijo mi interlocutor, y añadió con orgullo que no solo tenía empadronados a los del Bachillerato. Había logrado hacerlo además con los que terminaron la Secundaria Básica junto con él, y ahora la emprendía, por difícil que pareciera, dado el tiempo transcurrido, con los de la Primaria. Había que reconocerle al sujeto un espíritu gregario fuera de serie. Me mordí la lengua para no preguntarle de dónde sacaba el tiempo para emplearlo en algo como aquello, aunque no vacilé en decirle que eso de los «asaltos» me resultaba anacrónico y ridículo en gente de nuestra edad. De más está decir que no estuvo de acuerdo conmigo.

PÓNGANSE EL SOLAPÍN

Hace años, más por fuerza que por grado, me tocó acompañar a una persona entonces cercana a una de esas reuniones de antiguos alumnos. Alumnas, diría mejor, porque lo habían sido de un colegio de monjas. La acompañé por mero compromiso. Yo esperaría fuera mientras ella se reencontraba con sus compañeras de antaño. Vi entrar a las convocadas, señoras todas ya en su edad y que, en su mayoría, no se veían desde hacía mucho, y me preguntaba cómo se las ingeniarían para reconocerse por más que cuando lo hicieran se asegurarían mutuamente que estaban «igualitas». En medio de los dulces y los refrescos, pocas podían identificarse entre sí hasta que una de ellas facilitó a las demás una tira de papel y una presilla. Cada una escribiría su nombre y se colocaría el improvisado solapín en un lugar visible para facilitar el reconocimiento y aligerar la tensión que había generado la extrañeza. Mi amiga fue de las primeras en abandonar la reunión. Convocaron para otra, me dijo, pero yo aquí no vuelvo. «El tiempo, Juan, con su fluir callado…», como diría Nicolás Guillén en su soneto a Marinello.

Y es que en momentos como esos se ve la otra cara de la luna. Por mucho que se alargue la expectativa de vida, se insista en eso de que la belleza y la juventud andan por dentro, que joven ha de ser quien lo quiera ser y nos alegren los reencuentros, no hay como una reunión de antiguos alumnos para constatar que Elisa, tan bonita que llegó a estar nominada para estrella del carnaval, es ahora una abuela de 200 libras, y que Julián, que tanto sobresalía en el salto alto, no salta ya ni el quicio de la bañadera.

Por eso me conmueve tanto la gente que se impone una vida sana. Dicen que lo hacen para mantener la salud cuando, en verdad, en el fondo de su alma, lo que quieren es retardar la vejez. Lo malo del asunto es que la mayoría empieza muy tarde. Porque la salud, la juventud y la belleza son cosas que hay que intentar prolongar cuando todavía se tienen. Si se pierden, no vuelven por más que uno se empeñe en recuperarlas. No hay prueba mejor de eso que un gimnasio. Se va al gimnasio porque no se está conforme con lo que se tiene. La gorda, porque quiere bajar de peso. La flaca, porque quiere ganar algunas libras. La entreverada, porque quiere que le acomoden la grasa… Unas hacen pesas; otras se agotan en el escalador o en la estera; aquella quiere que la sauna y los masajes le enmascaren la edad, y luego se zampan una pizza y un par de refrescos en la esquina y se comen media libra de pan al llegar a la casa y recuperan, sin querer, lo que acaso perdieron. Está la que acude al gimnasio porque desea que con medios artificiales le rebajen cierta parte de la anatomía donde la naturaleza la dotó generosamente y olvida que en eso, como en Derecho, lo que abunda no daña. Y está la gordita que siente que pierde méritos en verano, por lo que suda, y desconoce que los recupera en invierno, por lo que abriga. Hay mujeres que antes de ir a la calle, en vez de peinarse, se despeinan, y otras que cuando salen del tocador debían ponerse el cartelito de «Ojo, pinta».

Con los pantalones a la cadera, la cubana ha perdido la figura. Hasta las flacas tienen ahora barriguita, que hacen más llamativa con ese arete que se cuelgan del ombligo. Hay barriguitas atractivas, por lo que insinúan. Y las hay de espanto, por el mismo motivo. Pero las dos se exhiben por igual. Ya hay pocas caderas que valgan. El cuerpo se va haciendo recto, de una sola pieza, desde el pecho a las piernas. Hay mucho frente, pero poco fondo. Cayó en el olvido aquella máxima de que «para lucir, hay que sufrir». Tan relegada como el corset y el brassier, las fajas y los cintos para hacer cintura en esta hora de una moda cómoda y pragmática. Cada vez queda más atrás la imagen de la «criollita», de Wilson, uno de los productos más emblemáticos de la industria nacional y con la que muchos quisiéramos seguir identificando a la cubana.

LINIMENTO DE MURALLA

Mi antiguo compañero de estudios pretendía que yo le leyera un mecanuscrito de 80 cuartillas a un solo espacio. Le dije redondamente que carecía de tiempo para hacerlo. Ya lo sospechaba. Aun así estaba eufórico. Al reencontrarme se había topado, por carambola, con una especie de eslabón perdido que tal vez completara su lista de fiesteros. ¿Por qué no te incorporas a nuestro grupo? Vas a pasarlo bien.

Pero nones. Ni modo. Me negué a que me cogiera para el trajín y a convertirme en un número más en sus fiestas y «asaltos» con olor a linimento de muralla y a bálsamo de veneno de serpiente para las fricciones contra el reumatismo. Pasando del tú al usted, para acentuar la solemnidad, le dije:

—Me perdonará por lo que voy a expresar. Yo a usted lo veo tan «matado» como usted debe estarme viendo a mí. La vejez y la juventud se pegan. ¿Qué haría en una fiesta donde no vería más que mi propia edad en la cara de mis amigos?

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