Metáforas del cambio

Desde los días finales de 1898 comenzó en toda la Isla el desmantelamiento febril de los signos más visibles de la presencia de la antigua metrópoli. La bandera de España se retiró de todos los edificios públicos, sustituida por la enseña norteamericana, en tanto que la nuestra se exhibía en casas particulares, instituciones privadas y sedes de clubes patrióticos, gremios y sociedades de instrucción y recreo. Desaparecieron de las fachadas escudos y divisas alusivos a la monarquía y dejaron de tener validez los sellos y el papel timbrado con emblemas del poder colonial. No por eso dejó de utilizarse ese papel en juzgados y oficinas públicas, pero en el lugar en que lucía el escudo u otro símbolo español empezó a aparecer un agujero.

En una pequeña localidad de Matanzas, los concejales exigieron que las tropas españolas no solo se llevaran su bandera, sino además los retratos del rey español. En otros lugares, como en la ciudad de Colón, se fue más lejos cuando un grupo de patriotas enardecidos y deseosos de pasarle la cuenta a todo lo que oliera a colonización, la emprendieron contra la estatua de Cristóbal Colón, ubicada en la plaza central. No pudieron derribarla, pero los cuatro leones que la rodeaban corrieron la peor suerte. Depuestos y desplazados, encontraron refugio en un rincón oscuro de la casa consistorial, y allí estuvieron hasta que fueron repuestos en la base del monumento, al entenderse que «podían convivir con los cubanos libres, porque no eran el símbolo de la esclavitud, sino del valor y la fuerza, cualidades que eran tan privativas del cubano como del español».

El 12 de marzo de 1899, sin miramientos ni ceremonia de ninguna clase, era retirada de su pedestal, ante la mirada de numerosos transeúntes, la estatua de la reina Isabel II, que había presidido durante casi medio siglo el majestuoso Paseo del Prado de La Habana. El pedestal vacante era todo un símbolo. De la ruptura con el pasado español, pero también de un presente ambiguo, marcado por la intervención extranjera, y de un futuro incierto. Mediante un montaje fotográfico, la revista El Fígaro lograba atrapar ese momento de perplejidad y desconcierto al colocar, sobre el pedestal vacío, un enorme signo de interrogación.

¿Qué estatua debe ser colocada en el Parque Central? Se preguntaba El Fígaro e iniciaba una encuesta con el fin de decidir con quién llenar la ausencia dejada por la reina. Se determinaba así que el espacio debía ser ocupado por un monumento que consagrara la memoria de José Martí. Ese fue el voto mayoritario, aunque con escaso margen. Solo con cuatro votos menos le seguía la proposición de erigir una estatua de la libertad, mientras que la tercera propuesta era la de una estatua de Cristóbal Colón. Los participantes en la encuestan votaron también, en orden descendente, por Luz y Caballero, Céspedes y Máximo Gómez. En sitios inmediatamente inferiores de la votación aparecían el presidente norteamericano y la sugerencia de levantar un grupo alegórico que representase a Cuba, Estados Unidos y a España. Al último de los primeros lugares se relegaba la propuesta de erigir una estatua a Antonio Maceo.

La encuesta de El Fígaro no reflejaba la opinión popular, sino que era expresión de las tendencias ideológicas de sectores habaneros pudientes. La idea de levantar en el Parque Central un monumento a Colón evidenciaba la fuerza que todavía tenían en Cuba el elemento español y los defensores del legado cultural hispano. En la indagación de El Fígaro no se precisaba si la estatua de la libertad sugerida para ese sitio debía ser una réplica de la célebre estatua neoyorquina, aunque bien podría verse como la representación de una república moderna y libertaria. Es explicable que Maceo ocupase el último lugar entre las sugerencias: era negro y de origen humilde.

CAMBIAN LOS NOMBRES

Con el fin de la soberanía española en Cuba se descolonizan los nombres. Se inicia una «reescritura toponímica», una «toponimia patriótica». Calles, calzadas, plazas, parques y aun poblados y municipios son rebautizados. Placas y letreros antiguos se reemplazaron por inscripciones alusivas al nuevo estado de cosas.

Sin que una disposición central lo ordenara, en todas las localidades de la Isla, calles como Real y Reina perdían sus nombres monárquicos para convertirse en calles republicanas o recibían los de figuras vivas o de mártires de la independencia. Otras, conocidas de viejo por nombres de santos, secularizaron sus denominaciones. Así, en Remedios, por ejemplo, en enero de 1899, en virtud de un acuerdo del Ayuntamiento, se dio el nombre de Máximo Gómez a la calle San José y la calle Fortín pasó a ser General Carrillo, en tanto que Jesús de Nazareno se trastocó en Antonio Maceo, San Juan de Dios, en Independencia, y la Plaza de Armas Isabel II se denominó José Martí.

A partir de entonces en casi todas las localidades cubanas es frecuente encontrar un esquema toponímico común. Los nombres de Martí, Maceo o Gómez se repiten en sus vías centrales, sin que falten las denominadas Céspedes y Agramonte, y Libertad, República, Mártires, Independencia...

Sin embargo, no muchos patriotas negros merecieron el honor de que se diera su nombre a calles y plazas, o se colocaran bustos y tarjas en su memoria. No hubo en eso una proporción entre los méritos que alcanzaron en la guerra los mambises negros y los que se les reconocieron después.

Hoy se calcula que al menos el 60 por ciento de los miembros del Ejército Libertador fueron negros y mulatos. Y eso no quiere decir que se tratara de una masa de soldados negros mandados por un puñado de oficiales blancos, sino que hubo asimismo numerosos combatientes negros que alcanzaron los grados más altos en el Ejército Libertador y tenían bajo su mando a no pocos hombres considerados blancos. Cerca del 40 por ciento de los cargos de la tropa mambisa, hacia el final de la última guerra, eran desempeñados por negros y mulatos.

ENTRE DOS IMPERIOS

Estuve repasando en estos días un libro muy valioso, fruto de una prolija investigación sobre un complejo y singular período de nuestra historia. El que corre desde el final de la Guerra de Independencia y los inicios de la primera intervención norteamericana en Cuba, hasta la instauración de la República: etapa confusa en la que sobre el trasfondo del vacío simbólico provocado por el cese de los más de 400 años de dominación colonial española, emergen exaltadas corrientes de patriotismo nacionalista y contradictorios procesos de americanización de las instituciones y las costumbres. Se titula Las metáforas del cambio en la vida cotidiana: Cuba 1898–1902, y valió a su autora, la doctora en Ciencias Históricas Marial Iglesias Utset, el Premio de Ensayo Enrique José Varona, de la Unión de Escritores y Artistas Cuba. Libro cuya lectura recomiendo y del que tomé los datos que nutren la página de hoy.

Un período que fue una especie de encrucijada entre dos siglos y dos imperios, afirma Marial Iglesias. Se desmontaba la dominación colonial española y se llevaba adelante un proceso institucional de transformación de la sociedad cubana. Una reestructuración de las instituciones y las prácticas sociales que era, al mismo tiempo, requisito inevitable de la modernización de la sociedad y, en conjunto, la puesta en práctica de un proyecto de dominación neocolonial.

Fue por entonces que las barberías cubanas se trocaron en barber shops y en muchas tiendas aparecieron carteles donde se leía English Spoken Here. Empezaron a celebrarse teas y garden parties, se practicaban sports, y las señoras y señoritas emancipadas eran conocidas como new woman. Un hombre se convertía en gentleman por adquirir un bombín americano, y las mujeres en ladies por estrenar un corset anatómico diseñado en Nueva York. Pero fueron tiempos en los que también se socializaban los símbolos patrios, se batallaba por la preservación del idioma y, en un proceso complejo de articulación de pertenencias, plural y en permanente conflicto, se consolidaba la identidad nacional.

Todo se transformaba en Cuba al calor de los nuevos tiempos. La modernidad y la civilización llegaron a los lugares más privados de la vivienda. En 1899, solo el diez por ciento de las casas de La Habana y Matanzas disponía de servicios sanitarios. El máximo oficial de sanidad del ejército de ocupación norteamericano, al frente de un equipo de 120 médicos, visitó las casas de la capital e impartió instrucciones sobre el uso de desagües, vertido de desperdicios y otras medidas higiénicas. Para facilitar las cosas, piezas sanitarias se trajeron en cantidades desde Estados Unidos y se vendieron a muy bajos precios. Los inspectores llegaron a verdaderos extremos y numerosos vecinos recibieron la notificación que los obligaba a instalar el water closet correspondiente, conectado a la red de albañales, cuando lo cierto es que no existían alcantarillas ni tuberías de desagüe en varias cuadras a la redonda.

LAS GLORIAS DE PELAYO

Bodegas, fondas, tiendas, almacenes, cafés y establecimientos comerciales de todo tipo cambiaban asimismo sus nombres a la luz de las transformaciones políticas y sociales. El publicista José A. González Lanuza se refería a la filosofía oportunista que subyacía en los cambios de rótulos de los comercios habaneros; denominaciones caprichosas y pintorescas que son un barómetro que marca con bastante fijeza la presión, mayor o menor, en un sentido o en otro de la atmósfera política.

Todavía con La Habana en poder de los españoles, fondas y bodegas con nombres como Mi Patria, El Cubanito y El Campamento Cubano hacían alarde de patriotismo frente a denominaciones españolizantes del comercio capitalino. Otros se preparaban para lo que vendría, al identificar sus establecimientos con nombres en inglés. En la fonda La Flor de Galicia, en la calle Habana, entre Teniente Rey y Amargura, había para todos los gustos «un surtido colosal de 2 000 y más variedades»: desde el criollísimo ajiaco hasta el roast-beef y el beef-steak, pasando por la fabada, el bacalao a la vizcaína y el caldo gallego.

Los propietarios de Las Glorias de Pelayo, una tienda de la calle Monte, decidieron cambiarle el nombre con el fin de la soberanía española. No les parecía bien que en su denominación el establecimiento rindiera honores al primer rey de la Reconquista. Pero querían al mismo tiempo dejar un eco de su antiguo título y no perder el crédito adquirido ni la marchantería habitual. Llamaron entonces a la tienda Las Glorias de Maceo, antiguas de Pelayo. Algo similar a una bodega que recibió en su origen, mucho antes de la contienda del 95, el cubanísimo nombre de El Aguacate. Comprada más tarde por un peninsular, se llamó El Aguacate Español. Empezó la Guerra de Independencia y su propietario le dio entonces el nombre de El Aguacate Español en Campaña. Pero España perdió esa guerra, cesó su soberanía en Cuba y el propietario, a tono con la época, llamó a su bodega El Aguacate de Martí.

Comparte esta noticia

Enviar por E-mail

  • Los comentarios deben basarse en el respeto a los criterios.
  • No se admitirán ofensas, frases vulgares, ni palabras obscenas.
  • Nos reservamos el derecho de no publicar los que incumplan con las normas de este sitio.