Económicas

SYLVAIN, la cadena de establecimientos de pan y dulces tan en boga en la actualidad, debe su nombre al cocinero y repostero francés Sylvian Brouté, que llegó a Cuba en 1949 para trabajar en la casa de Agustín Batista, presidente de The Trust Company of Cuba, y su esposa María Teresa Falla, una de las hijas de Laureano Falla Gutiérrez.

Antes en Francia, y durante 18 años, Brouté había servido a familias tan célebres como las del banquero Rothschild, la princesa de la Tour D’Anvergue, el conde de Vienne y el perfumista Guerlain. Entrados ya los 50 puso negocio propio: Sylvain, repostería y buffet de comida fina francesa, en Línea esquina a 8, en el Vedado. Cuando en virtud de leyes revolucionarias, esa dulcería, que aún existe, pasó a ser propiedad de la nación, Brouté no se desvinculó y hasta su muerte colaboró con la nueva administración con su trabajo y sus consejos.

Su hijo Jacques, fallecido en La Habana hace poco tiempo, sobresalió como una de las figuras más audaces y polémicas del diseño gráfico cubano. Trabajó en el periódico Revolución y más tarde dotó de un sello original a revistas como Mar y Pesca y Cuba Internacional.

HOTEL SANTA CLARA LIBRE

En 1956 se inauguró el Gran Hotel de Santa Clara (actual Santa Clara Libre), que con sus diez pisos y 180 habitaciones fue durante muchos años la mayor instalación de su tipo en ciudades del interior de la Isla. Se edificó al costo de un millón de pesos y lo operaba la compañía Santibana S.A., propietaria asimismo de los hoteles Santiago-Habana de las ciudades de Colón y Ciego de Ávila. Santibana era filial de la empresa de ómnibus Santiago-Habana, que con sus 117 autobuses y 35 salidas diariamente era la empresa de transporte interprovincial más importante del país, y tenía entre sus planes la construcción de hoteles en Santiago de Cuba, Camagüey y Trinidad.

Otros hoteles que sobresalían entonces en capitales de provincia eran el Gran Hotel de Camagüey y el Casagranda, de Santiago (65 habitaciones). Este último se inauguró en 1913. Años antes, en 1905, su propietaria había abierto el hotel Camagüey, emplazado en lo que fuera el antiguo cuartel de La Vigía. El gobierno agramontino le dio la concesión para operarlo por 25 años. Ese contrato, renovado, caducó en 1943 por la vetustez de la edificación, y el inmueble es ocupado ahora por el Museo de Historia de la provincia. El motel Rancho Club (28 habitaciones) data de 1953, y el trinitario motel Las Cuevas (26 habitaciones) de 1957. El Colony (98 habitaciones) en la Isla de Pinos, se inauguró el 31 de diciembre de 1958, y el Jagua (145 habitaciones y 13 cabañas) abrió sus puertas, en Cienfuegos, en 1959. Un hotel de playa, el Internacional de Varadero, comenzó a prestar servicios en 1950. Tres millones de pesos se invirtieron en la edificación.

DOS BANCOS ENTRE 500

Dos bancos cubanos se contaban en 1957, por su eficiencia y capacidad, entre los 500 más importantes del mundo. Eran The Trust Company of Cuba y el Banco Núñez. Este, con 22 sucursales, tenía depósitos por casi cien millones de pesos, en tanto que los depósitos del otro (26 sucursales) ascendían a 234 millones, cifra con la que casi duplicaba a sus rivales cubanos y extranjeros más cercanos, entre estos a The Royal Bank of Canada, con 126 millones. The Trust Company y el Banco Núñez sobresalían en la categoría de Grandes Bancos nacionales, en la que también clasificaban el Continental Cubano (88 millones en depósitos); el Agrícola Industrial (48 millones), y el Gelats (45 millones).

Carlos Núñez Pérez no heredó su fortuna ni la adquirió por matrimonio ni gracias a favoritismos políticos. Hijo de un español, nació en Holguín en 1885 y apenas pudo ir a la escuela. Se dedicó al comercio, fue colono azucarero y propietario de numerosas carretas para el transporte de la caña que surtía al central Santa Lucía, de Gibara. Y fue precisamente en un local que le prestó la administración de ese ingenio donde instaló, el 21 de marzo de 1921, lo que sería el embrión de su entidad bancaria, que por su auge y desarrollo, afirman especialistas, es una de las gestiones empresariales más sobresalientes de la Cuba republicana.

El Banco Núñez fue propiedad única de Carlos Núñez Pérez y sus siete hijos, y tanto los varones como las hembras ocupaban asientos en su junta directiva. Con el tiempo, Núñez Pérez llegó a ser propietario del Banco de Occidente y de la Compañía Azucarera Alto Songo; controlaba la tercera parte del Banco Hipotecario Mendoza, y tenía intereses en la Zona Franca de Matanzas y en varias compañías inmobiliarias.

No menos asombroso es el caso de The Trust Company. Fue fundado en 1905 y quebró el 19 de abril de 1922. Sus principales acreedores acordaron entonces liquidarlo como banco a fin de que se dedicara solamente al giro de los seguros y a la administración de bienes y de urbanizaciones, como la del Country Club. Es así que el 10 de marzo de 1943 lo adquiere Agustín Batista y decide reiniciarlo en las operaciones bancarias. Lo que sucedió a partir de ahí resultó algo inédito en Cuba hasta entonces. Un banco cubano, con oficina central en el edificio marcado con el número 257 de la calle Obispo, en La Habana Vieja, sobrepasaba, por primera vez desde el crack bancario de los años 20, a los extranjeros que dominaban la banca, las finanzas y la industria azucarera en Cuba.

Con el tiempo, The Trust Company adquirió el Banco Comercial Panamericano, con sucursales en Cienfuegos y Sancti Spíritus; el Banco Mercantil de Ranchuelo, propiedad de la empresa cigarrera Trinidad y Hermanos, el Banco de Pinar del Río y el Banco Atlántico, propiedad de Amadeo Barletta. Su fusión con el Banco del Comercio, de los Solís Alió (20 millones de pesos en depósitos) lo llevó ya a un primer lugar indiscutible.

En 1958, con posibilidades de expansión extraordinarias, era una de las empresas cubanas más rentables, con utilidades anuales que, desde 1951, excedían el millón de pesos.

EL CAFÉ

La llegada del café a América tiene matices de leyenda. Se dice que el normando Gabriel Mathieu de Clieu, capitán de infantería, llevó la primera planta a Martinica y para que llegara viva compartió con ella, durante el largo viaje, su escasa ración de agua. Allí se aclimató y comenzó la exportación de cafetos hacia Haití, Santo Domingo, Guadalupe y otras islas del Caribe.

A Brasil, se afirma, la primera planta llegó oculta en un ramo de flores que la esposa del gobernador de Guadalupe regaló a un teniente joven y galante. En 1730 lo había ya en Jamaica, y en Haití su producción competía con la de azúcar. Un sacerdote lo introdujo en Colombia...

Durante años en Cuba, mientras se importaba café de las Antillas vecinas, un grupo de hacendados criollos estaba convencido de que, por la similitud del clima y de los terrenos, el preciado grano podría cultivarse en la Isla a las mil maravillas.

Se introduciría, al fin, en 1768, cuando el contador mayor José Antonio Gelabert lo trajo desde Puerto Rico y lo sembró en su finca del Wajay. De allí los cultivos se extendieron a otras regiones cercanas a La Habana y pronto se vio que el viejo anhelo, que se asentaba en fundamentos sólidos, podía hacerse realidad.

Con todo, la producción no bastaba para cubrir la creciente demanda y siguió trayéndose café desde Puerto Rico. En 1790 se vendía a 20 pesos el quintal (100 libras), precio que bajó poco después para fluctuar entre los 12 y los 16 pesos. En 1795, comerciantes habaneros adquirieron anticipadamente la producción de un cafetal de Arcos de Canasí. Produjo esa hacienda 60 quintales y los pagaron a razón de 14 pesos.

Fue así que el Real Consulado de La Habana se mostró de acuerdo con auxiliar a los cosecheros de un cultivo de tanta trascendencia y demanda. Dispuso que se realizara una inspección y se le rindiera informe sobre las perspectivas del café en la Isla. La investigación arrojó la existencia de cinco cafetales de alguna importancia, todos en las zonas de Canasí, Wajay y Guanajay, con un estimado total de unos 134 900 cafetos que eran atendidos por 102 esclavos.

A fin de estimular a los cosecheros, el Real Consulado decidió prestar a cierto número de ellos una cantidad de dinero que equivalía al precio de diez esclavos y que devolverían a plazos y sin interés.

Pese a todo, el café no logró el apoyo y el éxito que sí alcanzaban el tabaco y el azúcar. Y aunque tuvo sus momentos de grandeza, sufría por lo general de un olvido y un abandono sistemáticos. Eso lo convirtió en una especie de cenicienta. En Cuba, cuando se hablaba de economía agrícola, se pensaba en el azúcar y en el tabaco. Sin amparo oficial, perdido y abandonado en nuestros montes, bien o mal atendido, el café continuó entregando sus cosechas a agricultores cubanos y, a diferencia de las otras dos industrias, permaneció siempre en manos cubanas.

El abatimiento que padeció la producción cafetalera a comienzos del siglo XX, la falta de una adecuada protección arancelaria y una industria mantenida en pequeña escala, no impidieron, no obstante, con más bajas que altas, cierto incremento. La producción nacional tuvo su momento más alto en el período 1949-50, cuando se alcanzaron más de 86 400 000 libras. Aun así el café criollo no alcanzó nunca el volumen suficiente para impedir que las cifras de importación fueran superiores a las de exportación.

(Fuentes: Textos de Guillermo Jiménez, Carlos del Toro y Francisco Pérez de la Riva)

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