Barbarito

Barbarito Diez se consideraba un hombre con suerte, pero solo en parte tenía razón, porque eso de mantenerse durante más de cincuenta años en la preferencia del público, como él lo hizo, es algo que no depende únicamente del azar, sino también de la constancia y la voluntad.

Toda la vida de ese popular cantante pareció estar signada por una premisa: No exagerar. Y también por una rara virtud: la fidelidad.

Su quehacer artístico comenzó en los años treinta y solo al final de su vida, ya muy enfermo, dejó de cantar. Con más de setenta años de edad mantenía en sus canciones los mismos tonos de su juventud. Y nunca había hecho reposo vocal. En las fiestas populares, que eran los espectáculos que prefería, solía dar hasta el límite, pero nunca fue un paso más allá. Y en la vida diaria rechazaba las bebidas alcohólicas, el cigarrillo y el café y gustaba de descansar bien. Siguió ese régimen tanto en la vejez como en la juventud, «porque si la naturaleza me ha ayudado, yo debo asimismo colaborar con ella», me dijo en una ocasión. Y puntualizó: «No excederme. Ese ha sido mi lema».

Su línea melódica, que mantuvo durante más de cinco décadas, fue la de la canción tradicional y el danzón. Era ya un intérprete conocido cuando aparecieron, sucesivamente, el mambo, el chachachá y un nuevo estilo dentro del bolero, que cautivaron al público. Nuevos nombres se inscribían con letras indelebles en el panorama de la música popular: Dámaso Pérez Prado y Benny Moré, Enrique Jorrín, Orlando de la Rosa, José Antonio Méndez y César Portillo de la Luz, Antonio Arcaño y su orquesta de Maravillas...

Y Barbarito, sin embargo, siguió siendo él mismo, apegado a sus ritmos iniciales. Tal vez hubiera algo de fetichismo en eso. Quizá se sintiera atraído por lo nuevo, pero temiera intentarlo. Confesaba que si se había insertado en la preferencia popular con la primera línea melódica que escogió, no veía motivo para variarla, «porque un hombre debe mostrarse siempre agradecido a su suerte».

Fuera esa la razón u otra, lo cierto es que en esa fidelidad, en esa constancia, en ese amor que puso en lo suyo radicaba el secreto de su éxito y la clave de su arraigo.

LA VOZ DEL DANZÓN

Su orquesta, revitalizada por su hijo Pablo —médico de profesión— vuelve a sonar. Se recuerda al cantante en los festivales danzoneros de Manatí, y en los últimos tiempos se dieron a conocer interesantes acercamientos teóricos a su trabajo... Aun después de muerto, Barbarito continúa siendo la voz del danzón. En su voz, un ritmo más que centenario parece siempre nuevo. Y lo que es más curioso todavía: gente que no gusta de ese género musical escucha con respeto y admiración a Barbarito.

El danzón tiene ya 128 años de creado. Nació en Matanzas y durante un tiempo el ritmo concebido por Miguelito Failde fue considerado como «una música propia de negros, lesiva a la moral y las buenas costumbres». Algunos lo vieron como manifestación de una «africana diabólica». Esas valoraciones adversas ponen de relieve, sin embargo, que el elemento más reaccionario de la colonia atisbó lo que había en el danzón de afirmación de la nacionalidad cubana.

Aunque se supone que ya sonara en fechas anteriores, se reconoce el 1ro. de enero de 1879 como la del estreno del primer danzón (Alturas de Simpson) en la forma nueva dada por Failde. Dolores María de Ximeno, en su libro Memorias de Lola María, recordaba al músico y compositor como «artista aplaudidísimo, mimado de nuestra juventud, mestizo, sastre, serio y respetuoso, y de figura por la fina apariencia parecida a la de White [que] con fruición interpretaba sus preciosísimos danzones en su afamada orquesta, sintiéndonos atraídos y subyugados por el recio y ensordecedor sonido del cornetín que él soplaba con tal gusto y maestría que los ojos parecían querérsele salir de las órbitas...».

Serían los bailadores los que dijeran la última palabra. Como afirmó un especialista, el danzón terminó por imponerse por su cadencia, su ritmo y su lentitud.

Toman auge entonces la orquesta del mismo Failde, así como las de Pablo y Raymundo Valenzuela, que aplaudió el nuevo ritmo y lo aceptó como baile típico cubano. En las primeras décadas del siglo XX el danzón cobra su verdadero esplendor cuando José Urfé concreta la forma clásica del género, al incorporarle el son como elemento rítmico, y Antonio María Romeu, El Mago de las Teclas, le introduce el piano, instrumento hasta entonces no utilizado en ese ritmo.

Barbarito guardaba un grato recuerdo del viejo Romeu, «un hombre formidable y un músico notablemente dotado, autor de casi mil danzones». Durante muchos años fue el cantante de su orquesta y logró tal identificación con ese conjunto que para referirse a esta se hizo imprescindible hacer referencia a su persona: la orquesta del maestro Romeu con su cantante Barbarito Diez. Y cuando el compositor murió, se hizo cargo de la orquesta.

NI SASTRE NI MECÁNICO

Nació en Bolondrón, Matanzas, el 4 de diciembre de 1909, y tenía cuatro años cuando sus padres se trasladaron al central Manatí, en la actual provincia de Las Tunas. Al niño le gustaba la música, pero debió ponerse a trabajar desde muy temprano. Su hermano quería que fuese sastre y su progenitor quería verlo convertido en mecánico, mientras su voz ganaba popularidad en la escuela y entre los amigos. Sucedió entonces lo inesperado: llegó a la comunidad el guitarrista Carlos Benemelis, quien buscaba a un cantante. Avisaron a Barbarito e hicieron dos funciones, una en el teatro Manatí y otra en el puerto. Ese fue su debut profesional en la música.

Vendrían después los viajes a La Habana. Su primer empleo en la capital fue como peón de albañil y en la construcción trabajó hasta que un amigo lo llevó a conocer al compositor Graciano Gómez y al músico Isaac Oviedo. Graciano lo escuchó cantar y para su sorpresa le preguntó si estaba libre, porque quería que se asociara con ellos en un trío. Barbarito aceptó. Hasta ese momento ignoraba que alguien pudiera vivir de lo que generaba la música.

Más que amigos, Graciano y Oviedo fueron dos hermanos para él. Con ellos formó parte de quintetos, sextetos y septetos. Cantaban sobre todo en casas y sociedades particulares. El café Vista Alegre, en Belascoaín y San Lázaro, era el punto de reunión de los tres cantantes. Fue allí que conoció al maestro Romeu, un parroquiano habitual.

Eduardo Robreño, teatrista, profesor, periodista y, más que todo, un formidable conversador de nuestra cultura, trazó en su libro Cualquier tiempo pasado fue... esta imagen insuperable de ese café:

«No sería aventurado decir que más de medio centenar de las más gustadas melodías de nuestro cancionero popular surgieron o se esbozaron en aquel lugar. Y que el Vista Alegre fue centro perenne de reunión de los mejores cultores de la trova.

«Sindo Garay y su hijo Guarionex, Graciano Gómez, Manuel Luna, Manolo Romero, Alvarado, Chepín y otros trovadores del momento tenían su cuartel general en esa esquina.

«(...) En una oportunidad Antonio María Romeu llegó triste y apesadumbrado —proseguía Robreño—. Acababa de enterrar a su amigo y compañero de faenas, el popular cantante Fernando Collazo. El Mago de las Teclas lamentaba la desaparición del gran cantante y al mismo tiempo le preocupaba la sustitución del vocalista del conjunto.

«Fue Graciano Gómez quien le dijo: “Antonio, yo tengo conmigo hace años a un muchacho de Manatí que estoy seguro podrá sustituir a Collazo”. Aunque Romeu no quedó muy convencido, al día siguiente le hizo una prueba, en la que pudo constatar sus extraordinarias condiciones de cancionero y su enorme personalidad».

BÁRBARO, NO

Cuando se inició en la radio, los productores le dijeron: «Bárbaro es un nombre muy fuerte; será mejor que te busques otro». Así surgió Barbarito. Cuando se inició en la televisión la guerra de los productores no era ya con el nombre; querían que se moviera, que gesticulara. Respondió: «Canto o bailo. No suelo hacer las dos cosas al mismo tiempo». Así lo hizo y no por eso dejó de ser Barbarito.

Puntualizaba: «Yo, en un escenario o ante las cámaras, soy una especie de maniquí que canta. No me muevo, no hago gestos, no bailo, no hago chistes... No trato de agradar al público por otra vía que no sea la de la canción».

La cleptómana, Longina, Las perlas de tu boca, Ausencia, Lágrimas negras, Te odio, Se fue, Una rosa de Francia... son solo algunas de las muchas canciones que interpretó este hombre que llegó a grabar más de doce discos de larga duración.

Uno de estos —Barbarito canta a Venezuela— integrado exclusivamente por melodías venezolanas llevadas a su estilo, se convirtió en un verdadero éxito en el país sudamericano.

Barbarito Diez decía no tener compositores predilectos y, refería, no mostraba afecto especial por ninguna de las canciones y danzones que interpretaba. «En definitiva —afirmaba— al público me debo y es el público el que impone su gustos». Agregaba: «De no haber sido cantante, hubiera querido ser sastre».

De todas las virtudes, la que más admiraba era el respeto, y el orgullo el defecto que más detestaba.

Muchas emociones experimentó a lo largo de su vida artística. Prefería no evocarlas, pero no podía escamotear la referencia a los homenajes que se le tributaron al arribar a sus setenta años. «En el teatro América, de La Habana, la gente hizo una larga cola para entrar y me recibió, puesta de pie, aplaudiendo durante largos minutos. Si no hubiese estado bien del corazón, ese habría sido el final».

Así era Barbarito, un hombre sencillo, modesto, agradecido, fiel a sí mismo. Ahora, al evocarlo, recuerdo el poema que le dedicó Fina García Marruz en su libro Visitaciones:

«En su profunda naturalidad alienta alta, jamás aguda, serenísima. Cristal monótono, un tanto impasible, refleja todo lo que no entiende. A la inocencia de la isla canta el rey pacífico. ¿De qué mina sin rencor, de qué profunda aristocracia surge su dignidad tranquila?».

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