Cines

Sé que muchos no creerán lo que diré enseguida: a comienzos de la década de los 60, yo vi muchas de las películas de la Nueva Ola francesa en un cine de barrio y antes de que las pasaran en circuitos de primer nivel. En esa época existía la costumbre, que venía de atrás, de que los filmes, antes de estrenarse, se preestrenaran.Eran los años en los que los espectadores salían de las salas cinematográficas con la boca y la nariz cubiertas por el pañuelo. Si el preestreno obedecía, de seguro, a alguna estratagema comercial que permitía a los distribuidores medir el éxito o el fracaso de una cinta, o era tal vez el modo de quitarse de encima a un público no deseado en los cines de lujo, lo del pañuelo en la boca era una medida sanitaria. Con un proceder tan sencillo se evitaba, decían entonces, la pulmonía o al menos el catarro que podía sobrevenir a causa del cambio brusco de ambiente.En esa época, cuando la película en exhibición se cortaba por algún motivo, los espectadores, al grito de «¡Cojo!» reclamaban la atención del proyeccionista. Como el mismo grito se repetía de cine en cine, cualquiera podía llegar a pensar que todos los proyeccionistas sufrían de ese impedimento físico.

Ir al cine de barrio era todo un paseo. Un verdadero acontecimiento. Una puerta a la aventura. Era como cuando a uno lo «tocan» hoy con un viaje al exterior. El lugar más cosmopolita de la comunidad, aunque estaba a la vuelta de la esquina. Aparte de la película, uno iba a ver y a que lo vieran. Los caballeros, por lo que se podía presentar, se peinaban ese día con Glostora y se cepillaban bien los dientes con los polvos de San Agustín, que sacaban brillo y mataban los olores, y las señoritas, por el mismo motivo, entraban a la sala con un paquetico de pastillas de violeta o de ramitas de canela, mientras que los niños se conformaban con los besitos de chocolate, aquellas miniaturas de las que era posible echarse el paquete entero en la boca. Muchos noviazgos se tejieron en aquellos cines. Y se destejieron. Se hicieron muchas promesas que desembocaron en matrimonio. Y se tramitó más de un adulterio. Invitar a la esposa al cine de barrio y llevarla luego a comerse un pastelito y tomarse un refresco en la cafetería de al doblar, eran gestos que se agradecían y recompensaban. Si se convidaba a la novia, había que disponer también de dinero para la entrada y la merienda de la inevitable chaperona que acompañaba a la pareja. El cine de barrio era el mejor antídoto para el aburrimiento de las tardes de domingo. Era el lujo del pobre. El pobre entonces escogía entre dos salidas: iba al cine de barrio o, de noche, se conformaba con comprar con los ojos en las vidrieras de las grandes tiendas. Luego, si se lo permitía el presupuesto, se zampaba un cucurucho de maní y bebía una tacita de café de tres centavos y volvía a su casa a dormir.

Chaplin, en la pantalla grande, no era el mismo de los pedazos de película con los que en la televisión armaban La comedia silente. Era más potente, en el cine, el chorro de voz de Jorge Negrete, podían contarse las lágrimas de Sara García en aquellos dramones mexicanos que tanto gustaban, las muecas de Gardel se apreciaban mejor y Sarita Montiel lucía más apetitosa y encamable. Los cartones eran en colores y no en blanco y negro como en la TV. Los espadachines se batían de verdad y parecía real el monstruo de la Laguna Negra. Aunque la Comisión Revisora de Películas las clasificaba estrictamente por edades —las había para mayores de 12, mayores de 16 y, excepcionalmente, para mayores de 21— no se descartaba la posibilidad de alguna que otra escenita subida de tono en una cinta no prohibida, sin contar que con eso de la edad se podía engañar al portero o el portero se dejaba engañar. Aislado en la sala oscura, el espectador vivía su propia película.

MIL CAPACIDADES

Ya en 1958 nos ufanábamos de contar con el teatro más grande del mundo, el Blanquita (hoy Karl Marx). El propietario le dio el nombre de su esposa y se dice que lo mandó a construir porque, de reducida estatura como era, no se sentía cómodo en ningún cinematógrafo ni podía ver la pantalla a sus anchas. Diez salas tenían en Cuba, en esa fecha, más de mil capacidades, y una de ellas era la del ya desaparecido cine San Francisco, en la calle de ese nombre, en Lawton.

Como los espectáculos teatrales eran escasos entonces y, salvo el vernáculo, con aquel teatro Martí que noche a noche se abarrotaba, minoritarios, devinieron cines locales concebidos para teatro. A esa suerte no escapó siquiera el Auditorium (Amadeo Roldán) con sus 2 600 butacas y 24 palcos, que su propietaria, la Sociedad Pro-Arte Musical, terminó arrendando, para la exhibición de películas de alta fidelidad, al Circuito Carrerá, que controlaba además el teatro Trianón —el preferido de La Habana elegante en los años 20— y los cines Infanta, Belascoaín, Astor, el ya mencionado San Francisco y el Acapulco, que, junto con La Rampa, fue de los últimos cines que se construyeron antes del triunfo de la Revolución.

De 1951 data el Payret, luego de su última reconstrucción que había comenzado en 1948. Su propietario original, el catalán Joaquín Payret, lo inauguró en 1877, pero apenas cinco años después sufrió un derrumbe y quedó en manos de la hacienda pública hasta que en 1890, reedificado, abrió de nuevo sus puertas. Un teatro donde actuaron Anna Pavlova y Sara Bernhardt se dedicó solo a la exhibición de películas españolas.

La Inmobiliaria Itálica controlaba los muy lujosos cines América y Rodi (Teatro Mella). Y otra inmobiliaria, Atlántica, los cines Astral, Atlantic y Ambassador. Tres autocines funcionaban en La Habana en esos años: Autopista del Mediodía y los de Vento y Tarará. No había que salir del automóvil para ver la película.

El cine Yara fue inaugurado, en 1948, con el nombre de Wagner y adoptó luego el de Radiocentro.

El Trianón es la sede del grupo teatral El Público, el Mella ya a comienzos de los 60 funcionó como teatro y el Amadeo Roldán consolidó su empaque de siempre. Se mantienen como cines casi todos los mencionados en la relación anterior, aunque algunos variaran su nombre.

No sucede así con los cines de barrio. Casi todos desaparecieron. Y aquí cabría recordar los nombres de Victoria y Erie, en Lawton, y Dora y San Miguel, en Luyanó. Sobre la Calzada de Diez de Octubre, desde Agua Dulce, abrían sus puertas Florida, Moderno, Apolo, Tosca, Gran Cinema y Martha. Ninguno existe. El cine La Palma, un poco más allá, es ahora una discoteca, y los cines Mantilla y Ensueño hace rato que pasaron a mejor vida. Igual suerte debe haber corrido el cine Los Pinos, y el Valentino, en la esquina de Tejas, hace rato que no es más que un recuerdo. También el Roosevelt, en la Calzada de Monte, que luego pasó a llamarse Guisa. En la zona solo subsiste el Alameda. Y no sé si Mónaco. En todos los barrios pasó lo mismo.

TRES VECES POR SEMANA

Había cines de barrio con mala fama y otros que eran frecuentados por las familias. Esa fama se las daba, como norma, más la gente que los frecuentaba que las películas que exhibían. En algunas salas, la programación era «sicalíptica», por no decir pornográfica. Y en otros era pornográfica con todas las de la ley. El teatro Shangai, en el Barrio Chino, presentaba espectáculos pornográficos en vivo, que se suspendieron después del triunfo de la Revolución, pero se exhibieron allí películas pornográficas hasta mediados de los 60.

En todos, los precios de la entrada estaban acorde con la época, y subían o bajaban con ella, si bien tendían a incrementarse. En 1949, la papeleta en un cine como Cervantes, en Lamparilla y Compostela, era a 30 centavos para los hombres y 20 para las mujeres de lunes a viernes y también los domingos. Pero esos precios para los hombres se incrementaban los sábados después de las seis de la tarde, cuando debían pagar 40 centavos por la entrada. Existía en muchos cines lo que se llamaba el Día de Damas, en el que las mujeres no abonaban su entrada siempre que acudieran acompañadas de un hombre. Aunque por exigirlo las compañías distribuidoras de películas, pagaba su entrada todo niño que no fuera de brazos. En otros, la papeleta de fin de semana —de viernes a domingo— se expendía a 40.

Y es que aquellos cines cambiaban la programación tres veces por semana. Una era la función de lunes y martes; otra la de miércoles y jueves, y otra distinta la que se daba de viernes a domingo, día ese en que los más jóvenes disfrutaban además de la matiné, que empezaba a la una o a las dos de la tarde y que incluía cartones, alguna película del oeste, el noticiero, un episodio y el preestreno. En algunas salas se exhibían en la matiné tres películas, más una comedia y un cartón.

Si se llegaba a la sala cuando la función aún no había comenzado y las luces estaban encendidas, había música en el cine. En algunos le llamaban la sinfonía, aunque no lo fuese. La función se iniciaba con los anuncios que se proyectaban en pantalla. Carecían de imágenes y eran más bien carteles que anunciaban las ofertas de algunos establecimientos cercanos. Pasaban luego una película llamada de salón, seguida por algún episodio o material de cortometraje, el noticiero, los avances de las películas que se proyectarían más adelante y finalmente tocaba el turno al preestreno. Tanta oferta por tan poco dinero. Eran los centavos mejor pagados del mundo.

BUTACAS DE PALO

El Tosca, por su fachada, tenía ínfulas y precio de gran cine y su sala era incomodísima. Era una nave adaptada. Mónaco, sin embargo, con butacas acolchadas y aire acondicionado, no estaba entre los cines caros. En los cines de barrio, por lo general, las butacas eran de palo, carecían de alfombras que silenciaran las pisadas y, si bien no tenían aire acondicionado, su sistema de ventilación mantenía en su interior un ambiente fresco y agradable.

Se dividían en dos secciones: el lunetario y la tertulia, más económica esta que la primera y sitio propicio para los que acudían al cine a cualquier cosa, menos a disfrutar la película. En ocasiones las trifulcas que se provocaban en las tertulias eran de tal magnitud que, sin que se interrumpiera la proyección de la película, tenían que encenderse las luces del local para que el acomodador aplacara o expulsara a los revoltosos.

Porque todo cinematógrafo que se respetara tenía a sus acomodadores que, con una linterna, guiaban al espectador hasta su asiento o lo ayudaban a localizar una butaca. Y tenía bajo contrato a un pintor que, a falta de anuncios lumínicos, preparaba los carteles que avisaban de los preestrenos y que se colocan tanto en el portal del cine como en las calles aledañas. Sin contar que de casa en casa se repartía en una hoja pequeña plegada al medio el programa de la semana para que funcionara a manera de aviso o reclamo.

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