¿Dónde cayó el Cuatro Vientos? (II)

No pensaba que dedicaría la página de hoy a los pilotos Mariano Barberán y Joaquín Collar, desaparecidos en su vuelo La Habana-Ciudad de México, en 1933, sobre los que hablé la semana anterior, pero las numerosas opiniones recibidas me obligan a volver sobre el tema. Como se recordará, ellos fueron, en junio de ese año, los protagonistas del histórico vuelo Sevilla-Camagüey, hasta entonces la distancia más larga cubierta sin escala por una aeronave. A bordo del Cuatro Vientos, un avión de hélice de madera, Barberán y Collar demoraron 39 horas y 55 minutos en reducir la distancia que media entre una ciudad y la otra.

El lector Manuel Rodríguez me reprocha amigablemente que aludiera al monumento que a los valerosos pilotos existe en Camagüey y no mencionara el que se erigía en el hospital Diez de Octubre (antigua Quinta de Dependientes) para perpetuar su hazaña y que se demolió en los años 60 para levantar en su lugar otro en homenaje a la gesta del cosmonauta Yuri Gagarin. Yo recordaba perfectamente ese monumento y sobre él hablé en esta misma página, el 17 de marzo de 2002. De todas formas, el doctor Ismael Pérez, profesor de la Facultad de Medicina de esa casa de salud, me hizo llegar la foto del monumento original: una sencilla columna, con los rostros de Barberán y Collar esculpidos al relieve, que es coronada por un avión que se entierra de cabeza en ella. El monumento de Camagüey, refiere el lector Sandor González, y es algo que desconocía, marca el kilómetro cero de la Carretera Central en dicho territorio.

El doctor Ismael Pérez pregunta el nombre de la amante del dictador Gerardo Machado con la que supuestamente tuvo relaciones íntimas el teniente Collar en La Habana. Nada puedo decir al respecto. Y mucho menos asegurar que Machado, enterado de la infidelidad, en caso de que fuera cierta, ordenara sabotear el avión de los españoles en el campo militar de Columbia. El asunto, y así lo dije explícitamente el domingo anterior, no pasa de ser un rumor que circuló en México en los días de la desaparición del Cuatro Vientos, cuando se dijo indistintamente que la tragedia obedeció a la bomba que el mandatario cubano mandó colocar en el aparato o al bórax que ordenó echar en el tanque principal de combustible. No digo que no fuera capaz de algo semejante. Era larga su mano para el crimen, bien se sabía en México, y el tema de sus amantes era, en su tiempo, público y notorio. Pero en este caso no debió tener motivos, porque me parece poco probable que una querida suya se atreviera a tanto con un piloto extranjero cuyos días cubanos transcurrieron a la expectativa pública, y que, dados los múltiples compromisos que debió cumplir, apenas pudo haber disfrutado de momentos de intimidad. Sin contar que desde su llegada a La Habana, tanto Collar como el capitán Barberán tuvieron a su servicio edecanes militares que no les perdieron pie ni pisada.

El asunto más grave que exponen los lectores en sus mensajes es el tema de la desaparición del Cuatro Vientos. ¿Cayó al mar, como afirma el informe oficial sobre la tragedia o, por el contrario, se precipitó a tierra y sus pilotos, que sobrevivieron al accidente, fueron asesinados? Los periodistas españoles Alfonso Domingo y Jorge Fernández-Coppel, en su libro El vuelo del Cuatro Vientos; epopeya y tragedia de Barberán y Collar, que comenté la semana pasada, están convencidos de su caída al mar. Otros, como el periodista mexicano Jesús Salcedo, se atienen a la otra versión. Sobre esa también escribí en la ya aludida página del 17 de marzo de 2002.

«AH, EL AVIÓN...»

La versión del asesinato de los aviadores cobró cuerpo a partir de 1941. En esa fecha, la revista mexicana Hoy recibía una carta que hablaba sobre la caída del aparato en la Sierra Mazateca, entre los estados de Puebla, Oaxaca y Veracruz. Y allá fue un equipo de periodistas, encabezado por el más tarde notable escritor Edmundo Valadés, que después de treinta días de búsqueda aseguró haber encontrado el Cuatro Vientos. Conversaron los periodistas con residentes en la zona que les confirmaron los hechos. Barberán salió del accidente con las piernas fracturadas y Collar, ileso, buscó ayuda. El fajo de dólares que mostró a un individuo, excitó la codicia de este, que, en complicidad con otros lugareños, decidió matarlos para apropiarse del dinero. Lo hicieron a traición y a tiros de escopeta. Valadés menciona los nombres de los culpables, pero no aporta fotos ni prueba material alguna acerca del suceso ni de los restos del avión. En 1947 se llevó a cabo otra expedición a la zona. Encontraron entonces un par de auriculares, un cinturón de seguridad y un altímetro, pero ninguno de esos objetos pertenecía al Cuatro Vientos. El periodista Jacobo Zabludowsky, en 1973, hizo otra búsqueda, y en 1982 Jesús Salcedo comenzó sus investigaciones. Logró localizar entonces al presunto asesino. Pero el hombre, dicen Domingo y Fernández-Coppel, no hablaba español y tampoco lo entendía bien. En su entrevista se limitó a asentir a cuanto Salcedo le preguntaba y murmuró en una frase casi ininteligible: «Ah, el avión, el avión».

Como se decía que el Cuatro Vientos, picado a hachazos, fue escondido en una cueva del Cerro de la Guacamaya, en la Sierra Mazateca, Salcedo empleó años y muchos recursos en hallarlo. La suerte pareció sonreírle en 1995. En la falda del Cerro de los Gachupines, en una cueva separada del abismo por unos cinco metros de volado, a mil metros de altura sobre el nivel del mar y a unos 700 del fondo del precipicio, creyó haber hallado el Cuatro Vientos.

Al respecto dijo Salcedo a la revista española Cambio 16: «Lo primero que vimos fue la tierra quemada y restos inequívocos de que allí se había producido un incendio. Al entrar distinguí en una de las paredes algo que parecía una línea de metal fundido en la roca. ¿Por qué habría metal allí? Escéptico como soy, después de tantos fracasos, el corazón comenzó a latirme con fuerza. Sacamos la vegetación, despejamos la entrada y comenzamos a cavar... Logramos sacar las primeras piedras con metal fundido, algunas de las cuales semejaban perfectamente piezas de avión (restos de hélice, remaches) y en otras se distinguían claramente los colores amarillo y gualda, como estaba pintado el Cuatro Vientos: allí estaba».

Pero no. Apuntan Domingo y Fernández-Coppel en su libro que los restos aportados por Salcedo fueron analizados en España por expertos del Instituto Nacional de Técnica Aeroespacial. El dictamen de los peritos arrojó un saldo negativo: «Los presuntos restos del Cuatro Vientos no son asimilables, por su apariencia, a ningún tipo de pieza procedente de una aeronave... Existe una gran probabilidad de que los restos sean de origen volcánico por lo que es imposible dar credibilidad al supuesto descubrimiento».

PERO ¿QUÉ AVIÓN?

No hay duda, escriben Domingo y Fernández-Coppel, que la Sierra Mazateca encierra un misterio. O mejor, un avión. Dada la cantidad de noticias, reportajes, programas televisivos y comentarios de expertos y profanos, se arriba a la conclusión de que hay un avión encerrado en la región. Apuntan investigadores de la Asociación Mexicana de Cultura e Historia Aeronáutica: «Por un lado la gente de la zona tiene miedo a hablar del avión, el Cuatro Vientos está en la Sierra Mazateca y todos los expedicionarios han visto presumiblemente partes del aparato. Todos ellos, desde lugareños de La Guacamaya, periodistas, hasta autoridades judiciales y militares, han contribuido a que el misterio continúe, ya que todos tenían prueba del hallazgo del avión, pero nadie ha aportado ninguna prueba material». Añade el presidente de dicha Asociación: «En ese misterio, indudablemente, está de por medio un avión, pero ¿qué avión?».

Se imponía una investigación histórica. La acometió la Asociación Mexicana de Cultura e Historia Aeronáutica. Entre 1933, fecha de la desaparición del Cuatro Vientos, y 1941, cuando se habla por primera vez de la aparición de una aeronave en la Sierra Mazateca, existe un clima convulso en toda el área centroamericana e incluso en Venezuela y Colombia. Hay dictaduras y golpes de Estado en la región y grandes problemas sociales que se derivan de los gobiernos militares impuestos por EE.UU. Guerras civiles e intervenciones militares estadounidenses. México mismo sufre los vestigios de la Guerra Cristera, sofocada en su totalidad por el general Cárdenas en 1939. En esa situación, el tráfico de armas entre EE.UU. y Centroamérica era cosa rutinaria. Aseveran los investigadores:

«Creemos firmemente, la comisión encargada del misterio de La Guacamaya, miembros de la Asociación Mexicana de Cultura e Historia Aeronáutica, que en La Guacamaya efectivamente existe un avión, pero no es el Cuatro Vientos. El avión accidentado es uno de los tantos aviones que volaban de la frontera norte de México hacia territorio tanto nacional como centroamericano y viceversa, transportando armas y el pago por esas armas. Ahora sí las narraciones de Edmundo Valadés en su expedición de 1941 toman un carácter de credibilidad, no en las fechas de la narración, sino en el período de 1933 a 1941, ya que en la sierra el tiempo pierde su carácter de exactitud».

Precisan esos investigadores que los habitantes de esa zona basaban su poder en la tenencia de armas y dinero. De ahí que les parezca explicable la muerte de los pilotos para apropiarse de lo que transportaban. Es lógico y normal que se quiera allí mantener en secreto ambos delitos. Lo que para ellos resulta inexplicable es que las autoridades civiles y militares mexicanas se hayan prestando para que el misterio continúe. Dice el presidente de la Asociación mencionada: «Ahí está el verdadero misterio de La Guacamaya, ya que el avión accidentado, como sucede en la actualidad con los vuelos clandestinos del narcotráfico, puede ser uno de tantos. ¿Por qué se ocultó ese hecho? Quizá porque no era bueno para las relaciones con EE.UU. y debía ser silenciado. Si fue así, lo del Cuatro Vientos era la tapadera perfecta. No había relaciones con España y nadie iba a investigar seriamente el asunto».

ENTONCES...

¿Dónde cayó el avión de Barberán y Collar y cuál fue el motivo de la tragedia? El accidente ocurrió sobre el mar, en medio de una fuerte tormenta, en un sitio próximo a la localidad de Frontera, en el tramo previsto hacia Veracruz. ¿Se desencoló la hélice de madera? ¿Falló el motor? ¿Alcanzó una descarga eléctrica a la aeronave? ¿Puede atribuirse al desfase horario y al cansancio y estrés de los pilotos? Nada de eso parece ser cierto, aunque las condiciones sicofísicas pueden haber influido. El Cuatro Vientos tenía limitaciones de diseño. La cabina de cristal se concibió para que los pilotos se guiaran por las estrellas, no para que miraran hacia delante. La visibilidad de Barberán, que ocupaba el asiento posterior, era prácticamente nula, y, dado lo pequeño de los parabrisas, muy escasa la de Collar desde el asiento anterior. La lluvia intensa redujo a cero la visibilidad de los pilotos y el Cuatro Vientos chocó contra el mar. El salvavidas que se encontró en una playa mexicana y que iba amarrado con doble lazo debajo de los asientos, puso en evidencia que al menos uno de los aviadores luchó inútilmente por salvar su vida.

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