Capitanes Generales (I) - Lecturas

Capitanes Generales (I)

Cuando en marzo de 1875, el teniente general Blas Villate y de la Hera, Conde de Valmaseda, asumió por tercera vez el gobierno de la Isla de Cuba, pesaba no menos de 450 libras. Por su obesidad, los cubanos, conjugando el humor con el odio, le llamaban Conde Panza y en lugar de Su Excelencia aludían a él como Su Insolencia, mientras sus propios subordinados lo apodaban El Gordo. Duro y cruel hasta lo inconcebible, se destacaba también Valmaseda por su carácter infatigable. Ansioso de acabar la guerra, prefería el teatro de operaciones a las comodidades del Palacio de los Capitanes Generales. En cierta ocasión sus médicos le ordenaron reposo absoluto. Solo por tres días lo hizo Valmaseda, para volver a encabezar al ejército en campaña. Eso le reportaba ganancias altísimas, pues a sus emolumentos como gobernador se sumaban los gastos extraordinarios y el plus de general en jefe en operaciones que, en el último trimestre de 1875, lo llevaron a devengar la bonita cantidad de 17 419 pesos con 89 centavos, en una época en que oficiales y soldados españoles no veían pasar su paga y se morían prácticamente de hambre. En campaña, solía el conde descansar en la casa de vivienda de los ingenios azucareros que encontraba a su paso. Quedaba entonces en calzoncillos y camiseta, pero no se despojaba jamás de la gorra en la que lucía los entorchados correspondientes a su alto grado militar. Comía bárbaramente e ingería grandes cantidades de agua helada. Sudaba a mares y expelía un olor nauseabundo. Su aliento se hacía insoportable incluso a varios pasos de distancia.

A fines de 1875 los hermanos Francisco María y Carlos Alberto de Borbón y Castellví, brigadier y coronel, respectivamente, del Ejército español y primos del rey Alfonso XII, arribaron a Cuba a fin de tomar parte en la lucha contra el Ejército Libertador. Una presencia simbólica que pretendía, más que todo, llevar a las agobiadas tropas coloniales la idea de que la familia real participaba también de su suerte, y que colocaba a Valmaseda en una situación comprometida pues debía velar por la vida de los recién llegados. Los destinó el conde a sus órdenes inmediatas e inició con ellos una gira, más propagandística que militar, que los llevó a visitar innumerables pueblos y ciudades. Y en cada uno de estos un baile y un banquete. No todo fue, sin embargo, fiestas y saraos; los infantes también combatieron, pero siempre en compañía de generales veteranos, fogueados en la guerra de Cuba, que los preservaban del peligro.

Con la intención de ofrecerle un mando fácil y poco arriesgado, Valmaseda designó al brigadier Francisco María jefe de la segunda brigada de la primera división del Ejército, con sede en Guantánamo. Una tarde se encontraba el infante de visita en Baracoa cuando el general Antonio Maceo decidió atacar la plaza. Alarma y confusión. Los cornetas llamaban al combate, las campanas, al vuelo, tocaban el desesperante somatén, que era la alarma con que los vecinos se reunían para defenderse, y el joven brigadier discutía con sus subordinados, hombres que habían encanecido en la contienda, si debían resistir o no al invasor. Cansados de aquella discusión estéril, los oficiales montaron a su jefe en un caballo y lo lanzaron al combate justo en el momento en que Maceo se disponía a entrar en la ciudad. Ya los mambises habían arrollado dos veces al enemigo cuando lo vieron aparecer por tercera vez, ahora con el infante a la vanguardia. Un nuevo y vigoroso empuje de los libertadores obligó al adversario a meterse otra vez en la ciudad y en aquella retirada vergonzosa quedaron en el campo de batalla el sombrero y el caballo del Borbón y, para mayor escarnio, su espada. De esta, para utilizarla como asador, se apoderó un negro de la tropa insurrecta.

Risa y desprecio

Se dice que el teniente general Francisco de Lersundi, gobernador de la Isla, acogió con risa y desprecio la noticia del alzamiento de Carlos Manuel de Céspedes. No podía concebir que aquel «abogado chiquitín» con quien había conversado en dos ocasiones durante un recorrido reciente por el oriente del país, se atreviera a tanto, careciendo, como carecía, de hombres, dinero y armas. Enviar a un batallón para combatirlo le pareció innecesario; creyó que con eso haría a Céspedes demasiado honor, pero al fin decidió darles la tarea a los Cazadores de San Quintín, cuyo jefe llevaba la encomienda de traer amarrados hasta La Habana, como escarmiento, a Céspedes y a todos los «locos» que lo secundaban. Una semana después aquellos bravos cazadores eran batidos por 200 hombres mal armados y sin disciplina, y Lersundi empezó a preocuparse. Como disponía apenas de 7 000 elementos de los 22 000 que debían integrar el Ejército de Cuba, movilizó y organizó las fuerzas irregulares, los llamados Voluntarios, que llegaron a sumar 35 000 efectivos y que tan nefasto papel desempeñarían a lo largo de la Guerra de los Diez Años. Y con el nombramiento del Conde de Valmaseda, su Segundo Cabo, como jefe de Operaciones en Oriente, imprimió a la contienda un carácter de lucha a muerte. Quería Lersundi acabar la guerra en su propia cuna e impedir que se extendiera. Por eso tomó medidas extremas en Camagüey y en Las Villas, mientras esperaba la llegada de refuerzos y, en definitiva, su sustitución como gobernador. En España los militares habían depuesto a Isabel II, «la de los tristes destinos y los alegres amores», y él seguía siendo, y no lo ocultaba, un súbdito fervoroso y fiel de la reina derrocada. Por eso se dice que el 10 de octubre de 1868 había en Cuba dos rebeliones: la de Céspedes contra España y la de Lersundi contra el gobierno de Madrid.

Insistía Lersundi en que se le relevara, deseoso de retornar a España. Pero no quería aparecer como un militar que abandona la plaza a la desesperada. Aguardó por la llegada de su sustituto, el teniente general Domingo Dulce Garay, uno de los vencedores de la Revolución Gloriosa que depuso a Isabel II. La esposa de Dulce, la cubana Condesa de Santovenia, aportó 800 000 pesos para asegurar el éxito de ese movimiento antimonárquico. Era la segunda vez que Dulce asumía la Capitanía General de la Isla. En su primer mandato (1862-66) aplicó una hábil política conciliatoria entre cubanos y españoles. Se opuso a la trata negrera, lo que le valió la simpatía del elemento progresista y liberal y la enemistad de los sectores económicos más influyentes. Estimuló la creación de escuelas superiores gratuitas y propició cierta libertad de prensa. Fue tolerante con los reformistas, y ya en España apoyó la idea de los Vientres Libres que auspiciaba la libertad para los hijos de los esclavos desde su nacimiento.

Ahora que regresa —enero de 1869— como Gobernador General, trae el propósito de acabar con la insurrección y quiere «gobernar el país por el país». Pero sella su destino en la primera reunión que sostiene con los más altos personeros militares y civiles de la colonia cuando trata de convencerlos de que los cubanos no son «sino nuestros hijos», y expresa que su día más feliz será aquel en que vea sentado a Céspedes a su mesa. «¡Mi general! ¡Mi general!», exclaman desconcertados algunos de los que lo escuchan y otros, mientras le clavan la mirada rencorosa, no se ocultan demasiado para calificarlo de traidor. La ceremonia con que se le dio la bienvenida en el puerto habanero no presagiaba otra suerte para el gobernante. Ni una flor ni un viva halló a su paso aquel que tres años antes salió de La Habana sobre una alfombra de rosas y en medio de las aclamaciones sinceras de un pueblo entusiasta. Para hacer más difícil aún su situación, Dulce, devorado por un cáncer en el estómago, es un cadáver; apenas puede sostenerse en pie sin ayuda, y apoyado en el brazo del obispo Claret se le vio descender del barco que lo trajo.

En tres y dos

Concedió Dulce a los cubanos tres derechos fundamentales: representación en las Cortes, libertad de reunión y libertad de imprenta. Decretó una amnistía amplia. Envió comisiones a entrevistarse y proponer la capitulación a los principales jefes mambises, Céspedes incluido. Los ánimos se caldearon todavía más entre los bandos en conflicto, y los Voluntarios, verdaderos amos de la capital, acrecentaron su saña maligna y anticubana. Se suceden los actos vandálicos del teatro Villanueva, el asalto al café El Louvre, el saqueo del palacio de Aldama, los asesinatos y las detenciones. Para evitar atropellos e injusticias debe Dulce aparecer en diversos puntos de la ciudad. Y los Voluntarios y los «buenos españoles» le llevan la cuenta. Tienen bien anotado que el Capitán General salvó la vida del concejal que presidía la función del teatro Villanueva la noche de los sucesos y también su temeraria marcha a la fortaleza de La Cabaña, solo, con uniforme de campaña y la Cruz Laureada de San Fernando en el pecho, para sacar de la bartolina al abogado Belisario Álvarez de Céspedes, primo del Presidente de la República en Armas.

Dulce no es hombre que se deje amedrentar fácilmente, pero está en tres y dos. Para ganarse la confianza de los Voluntarios cambia de modo radical su política: suspende las garantías e intensifica las operaciones militares. Dispone que a todo médico, abogado, escribano o maestro de escuela que sea apresado con los insurrectos, se le fusile en el acto. Ordena la deportación a la isla de Fernando Poo de 250 cubanos. Crea el Consejo de Administración de Bienes Embargados, bajo la presión de los Voluntarios, pero no transige con ellos cuando insisten en eliminar físicamente a algunos de los jefes del Ejército en operaciones. Decididamente, no puede gobernar y presenta su renuncia. Cuando se sabe que lo sustituirá Antonio Caballero de Rodas, los Voluntarios quieren expulsar a Dulce de la casa de gobierno, lo que frustra la firme conducta de la guardia palaciega.

El 2 de junio de 1869, tres días antes de su salida de Cuba, se reunió con una representación de los Voluntarios. Luego de increparlos duramente, anunció su determinación de resignar el mando en la persona del Segundo Cabo, mariscal de campo Felipe Ginovés Espinar. Concluyó: «Está bien, voy a renunciar; pero registrad esta fecha: hoy empieza España a perder la Isla de Cuba». No hubo despedidas. Dulce abandonó el país, odiado ahora también por los cubanos.

Al gobierno interino del mariscal Ginovés, siguió el del teniente general Caballero de Rodas. Fue este el hombre que hizo a Carlos Manuel de Céspedes la indigna propuesta de que saliera del país si quería salvar la vida de su hijo Oscar, prisionero de los españoles. Lo que motivó la desgarradora respuesta del Padre de la Patria: Oscar no es mi único hijo. Yo soy el padre de todos los cubanos.

Eso y más lo veremos la próxima semana, gracias al interesantísimo libro Los Capitanes Generales en Cuba (1868-1878) publicado por Ediciones Verde Olivo, que su autor, el teniente coronel René González Barrios, tuvo la gentileza de obsequiarme.

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