Capitanes Generales (II)

Hay libros que vuelan de las librerías en un abrir y cerrar de ojos. Los hay que tienen una salida más lenta, mientras otros parecen condenados al sueño eterno en los estantes. La venta más o menos rápida de un libro no depende solo de su calidad; obedece a otros muchos factores: el nombre del autor, la promoción, el tema, la coyuntura en que se publica, y en ello no está ajena la gestión del librero, que, cuando lo es de veras, puede impulsar o frenar el flujo del libro como mercancía. Es lástima que un libro como Los capitanes generales en Cuba (1868-1878) del teniente coronel René González Barrios, tuviera en su momento tan poca difusión. Apareció, en 1999, con el sello de la editorial Verde Olivo, que tan buenos títulos referidos a la historia militar cubana tiene en su catálogo. No es este su primer libro ni el último pues hasta el momento dio a conocer, entre otros, La inteligencia mambisa (1988), En el mayor silencio (1990), Almas sin fronteras: Generales extranjeros en el Ejército Libertador (1996), El ejército español en Cuba (2000) y Cruzada de libertad: Venezuela por Cuba (2005). González Barrios nació en Pinar del Río, en 1961, es abogado, y lleva más de 25 años dedicado a la investigación de las guerras por la independencia de Cuba. A Los capitanes generales en Cuba... dediqué la página del domingo anterior. Y hoy vuelvo a la carga.

Nos hemos acostumbrado a una visión en blanco y negro de la historia de Cuba. Parece no haber matices. El bueno, en esa historia, lo es hasta el enternecimiento; el malo asume su maldad hasta las últimas consecuencias, y el enemigo no solo es cobarde, sino también incompetente. Por ese camino lo único que se logra es abaratar nuestras victorias. Tanto en la Guerra Grande como en la de Independencia, España enfrentó a los mambises con sus mejores generales, una élite fogueada en lo militar y en lo político. Eran veteranos de las campañas españolas en África, Santo Domingo y Conchinchina, entre otras, y de las propias guerras intestinas de la península, como la carlista. Por otra parte, de ese laboratorio-escuela que, dice González Barrios, fue para el ejército español la Guerra de los Diez Años, salían esos altos oficiales para continuar en servicio activo.

Entre 1868 y 1878, España envió a 151 generales a Cuba. De ellos, tres capitanes generales de ejército, siete tenientes generales, 36 mariscales de campo, 91 brigadieres y 14 generales de marina. En dicho lapso, el gobierno de la capital, a cargo del Segundo Cabo, cambió por lo menos en 22 ocasiones y 21 veces la jefatura del Estado Mayor, mientras que la Capitanía General pasó de manos en 14 oportunidades. En cinco de estas la ocupó el Segundo Cabo en calidad de interino. Y las otras nueve la desempeñaron Capitanes Generales en propiedad. Domingo Dulce cumplió en ese período su segundo mandato en Cuba, al igual que Francisco de Lersundi. Y el teniente general José Gutiérrez de la Concha, el tercero. El Conde de Valmaseda lo fue en dos ocasiones durante la Guerra, lo mismo que el teniente general Joaquín Jovellar Soler. Dulce, expulsado por los Voluntarios, no duró cinco meses en el cargo. El teniente general Cándido Pieltian gobernó siete meses. Concha no llegó a cumplir un año. Solo cinco meses completó Jovellar en su primer mandato, y nueve Valmaseda en su última estancia en la Isla. El teniente general Antonio Caballero de Rodas ocupó el puesto durante año y medio.

El carnicero

Los cubanos le llamaron Caballerito de Ruedas, pero ya en esa época, en España, a este siniestro personaje le apodaban El Carnicero. Era veterano de África y de la guerra carlista, cuando su papel en la batalla de Alcolea, que marcó el fin del reinado de Isabel II, le valió el ascenso a teniente general y la confianza de los protagonistas de la llamada Revolución Gloriosa que destronó a la reina. Más tarde, en lucha contra los republicanos, pacificó Andalucía, sin importarle el número de muertos y ni actitudes indignas e inescrupulosas como cuando, para ocupar Málaga, colocó a las esposas y a los hijos de sus adversarios a la cabeza de las fuerzas que a él se subordinaban.

Dice González Barrios en su libro que, ya en la Isla, Rodas debió enfrentar problemas fundamentales, como el restablecimiento y la afirmación de la autoridad del Capitán General, quebrantada por los Voluntarios, y el recrudecimiento de las operaciones militares a fin de acabar con la Guerra, que se prolongaba y amenazaba con arruinar el país. Enfrentó por otra parte el clima de intranquilidad que provocó la noticia de las negociaciones entre Washington y Madrid encaminadas a vender la Isla a EE.UU. No pudo con los Voluntarios, pese a que se llamaba a sí mismo el primero de ellos, y llegó al ridículo extremo de desfilar con el uniforme de cabo de ese odiado cuerpo irregular. Fue inexorable con el elemento insurrecto; cometió atropellos sin cuento, aprobó medidas drásticas y transigió con los crímenes. Autorizó más de dos mil embargos de bienes y, solo durante sus primeros seis meses de gobierno, mandó a fusilar a 859 personas. Es bajo su mando que ocurren la muerte en garrote de Domingo Goicuría, los fusilamientos de Perucho Figueredo y Luis de Ayestarán, y la prisión del joven José Martí. Y, entre otros muchos, la de Oscar de Céspedes, a quien ofreció respetar la vida a cambio de que Carlos Manuel, su progenitor y Padre de la Patria, depusiera las armas y saliera de Cuba.

Un oficial bajo su mando escribió: «Por donde pasamos no dejamos una criatura con vida, sea hombre o animal. Si encontramos vacas, las matamos; si caballos, ídem, si puercos, ídem; hombres, mujeres y niños. A las casas las quemamos; así que cada cual recibe su merecido... La Isla quedará desierta». Por si fuera poco, Rodas designó a todo un ejército de parientes y adláteres en cargos principales de la administración colonial.

El Conde de Valmaseda, jefe de operaciones del Ejército, no lo respetaba ni obedecía. Cuando se comentó que Rodas sería reemplazado, los Voluntarios hicieron saber que solo aceptarían a Valmaseda como su sustituto. Rodas había pedido su relevo en agosto de 1870 y lo reiteró más adelante, en octubre. Valmaseda asumiría en diciembre.

Valmaseda,  ¿quién eres tú?

Dice González Barrios en Los capitanes generales en Cuba (1868-1878) que fue Blas Villate, Conde de Valmaseda, el general español que más luto llevó a la familia cubana durante la Guerra de los Diez Años, y el maestro por excelencia de Valeriano Weyler, a quien tuvo en Cuba bajo sus órdenes. Llegó a la Isla por primera vez en 1840, como teniente de los Lanceros del Rey, y prestó servicios de guarnición en La Habana, Sancti Spíritus, Santa Clara y Matanzas, donde participó en la sofocación de la rebelión de esclavos de 1844. Regresó a España, enfermo, y ya en 1847 era capitán de caballería, y al año siguiente ayudante de campo del presidente del Consejo de Ministros. Coronel en 1854. Su participación en varias acciones le valió el ascenso a brigadier en 1856. Tres años después merecía la Cruz de San Fernando por su papel destacado en la primera guerra de Marruecos.

En 1860 estaba otra vez en Cuba. Ocupó la comandancia de Trinidad y, más tarde, como jefe de la plaza de Puerto Príncipe, prohibió que los negros usaran bigotes y las reuniones de más de tres personas en la calle. Era ya comandante del Departamento Oriental cuando se le confió la organización de una de las divisiones que debía restaurar la soberanía de España en Santo Domingo y dirigió el desembarco de las tropas en ese país. En Madrid, en 1865, ascendido a Mariscal de Campo, se le encargó de la protección de la familia real, pero poco después retornó a Cuba, como Segundo Cabo. La enfermedad y el posterior deceso de Joaquín Manzano lo llevaron a ocupar la Capitanía General con carácter interino y solo por 21 días. Con la llegada de Lersundi a La Habana se reintegró a sus funciones como Segundo Cabo. En ese desempeño lo sorprendió el Grito de Yara, el 10 de Octubre de 1868.

El aire era insurrecto

En virtud de las dotes militares de Valmaseda y su experiencia de doce años en los asuntos cubanos, Lersundi lo nombró jefe de Operaciones del Ejército y le dio la misión de que asumiera personalmente la campaña en los departamentos del Centro y el Oriente de la Isla. Desembarcó Valmaseda en Manzanillo, acosada por los insurrectos, y luego, desde Sancti Spíritus, avanzó sobre Puerto Príncipe. Desde allí escribió a Lersundi: «...hasta el aire que se respiraba era insurrecto». En enero de 1869, escribe González Barrios, «con una fuerza de 3 000 hombres de las tres armas, en una marcha sin precedentes desde Camagüey, invadió la región del Cauto y derrotó a las fuerzas cubanas del general Donato Mármol, en el combate de El Saladillo, verdadera carnicería favorable a las armas españolas». Los patriotas decidieron reducir Bayamo a cenizas antes de entregarla al enemigo y en venganza el obeso militar llevó a cabo las operaciones conocidas como Creciente de Valmaseda. «Como un río desbordado, guiadas por excelentes prácticos, sus fuerzas invadieron toda la manigua». En una tenebrosa proclama, el Conde anunció que pasaría por las armas a todo varón mayor de 15 años que se encontrara fuera de su finca sin justificación atendible, y que sus tropas incendiarían todo caserío que encontrasen deshabitado y también aquellos que no mostrasen en lugar visible un lienzo blanco que acreditara que sus moradores querían la paz. Hacía saber además que toda mujer encontrada fuera de su finca, vivienda o casa de parientes, sería reconcentrada en Jiguaní o Bayamo.

Sus métodos crueles y sus bandos portadores de una política inhumana y de exterminio, fueron criticados en el mundo entero. Pero Valmaseda no tardó en verse promovido a Teniente General. En Santiago, donde pasó a residir, no tardó en convertirse en el ídolo de los Voluntarios, y desde allí inició su labor de zapa contra Caballero de Rodas y pidió a Madrid que lo sustituyera. No tardó en calzarse la Capitanía General en propiedad. Aprobó el fusilamiento del poeta Zenea. Con motivo de los sucesos del cementerio de Espada, sin embargo, pidió a los Voluntarios, desde Las Tunas, que aguardaran por su regreso a la capital. Los Voluntarios, actuando por su cuenta, fusilaron a ocho de los estudiantes de Medicina a los que se les acusó de profanar la tumba de un periodista español. Prepararon entonces una encerrona para Valmaseda a su llegada a La Habana. Pero el Segundo Cabo logró neutralizarlos y evitó que se consumara el plan. Fue una señal. El Conde comprendió que había perdido autoridad y ascendencia entre aquellos que lo auparon. Aun así volvió al teatro de operaciones militares, aunque sospechaba que sus días en Cuba estaban contados. (Continuará...)

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