Ensaladilla

Se cuenta, a mí no me lo crean, que la segunda esposa de Alfredo Zayas «sonó los cascabeles» antes de su matrimonio. Y se dice también, y tampoco me lo crean, que siguió sonándolos después de casada. Era vox populi que la obesa María Jaén, a la que apodaban María Centén, le arañaba la pintura al astuto político.

El chino, como llamaban a Zayas, fue un aspirante consuetudinario a la presidencia hasta que la alcanzó al fin en 1921. En 1908 había tenido que ceder la nominación a favor de José Miguel Gómez y conformarse con la vicepresidencia. Volvió a aspirar en el 13, pero José Miguel, su compañero de partido, pactó con Menocal con tal de impedirle la victoria. En el 17, ganó de calle los comicios, pero Menocal dio la brava y se la dejó en la uña. Ahora, en el 21, la obtenía gracias a una alianza con Menocal, su enemigo de siempre, que lo apoyaría desde el poder a condición de que en el 25 Zayas le reciprocara la ayuda. Pero Zayas entonces pactó con Machado y se buscó cinco millones de pesos en la jugada. Se dice que Menocal lo visitó para echarle en cara su traición. «Me diste la mala», le dijo, y Zayas, recordando sus propias experiencias, respondió: «Y cómo duele eso».

Pero a lo que iba. Un buen día sus colaboradores se sintieron obligados a abordar con Zayas el espinoso tema de la señora. Tenían que alertarlo de alguna manera e instarlo a que pusiera coto a la situación, pero se comprenderá que no era fácil entrarle al asunto. Daban vueltas y más vueltas a las palabras y decían que tratarían de un tema delicado sin decidirse a exponerlo claramente. Zayas lo pescó al vuelo.

—Sin duda, ustedes quieren hablarme de la conducta de mi esposa —dijo. Y preguntó, resignado: ¿Qué quieren ustedes que yo haga?

—La solución es sencilla —respondieron—. Múdese. Ya aquí conocen a doña María. En otro lugar, donde no la conozcan, todo será distinto y mejorará su imagen.

Zayas, escéptico, movió la cabeza en expresión de negativa. Replicó:

—Ahora la conocen aquí. Mañana la conocerán también allá. Y ya será en dos barriadas donde tendré fama de cornudo. No, mejor nos quedamos.

Zayas vivía entonces en Morro y Cárcel. A la larga, se trasladó para Línea y J.

Debilidad de Estrada Palma

Lo cuenta Manuel Márquez Sterling, uno de los grandes periodistas cubanos de todos los tiempos. Se rumoraba que don Tomás Estrada Palma, nuestro primer presidente, se reeligiría en su cargo y no presagiaba nada bueno el rechazo que tal determinación despertaba en los cubanos. Aunque la Constitución autorizaba al presidente a hacerlo, se oponían a la medida la mayoría de las fuerzas políticas del momento, encabezadas por los liberales, ansiosos de llevar al general José Miguel Gómez a la primera magistratura de la nación.

Don Tomás quiso calmar los ánimos. Y no encontró forma mejor de hacerlo que llamar a Márquez Sterling para que recogiera sus declaraciones al respecto. Márquez Sterling lo había entrevistado antes en varias ocasiones, la primera de ellas al asumir la presidencia; texto publicado a toda página en el periódico El Mundo, el 20 de mayo de 1902 y que, dicho sea de paso, marcó el inicio de la entrevista moderna en Cuba. Con todas esas entrevistas quedó satisfecho el mandatario y su autor se convirtió en una figura cercana al Palacio Presidencial, pero don Tomás terminaría desterrándolo, inconforme con las críticas que en el mismo periódico hacía Márquez Sterling a su obra de gobierno. Una tarde, venciendo rencores, lo mandó a buscar: nadie mejor que Márquez Sterling podría trasmitir sus palabras al país.

—No aceptaré mi reelección por un partido —le dijo— estando ahora, como estoy, en el poder, con el voto de los dos que riñen, pero tengo la obligación de impedir que me suceda, en el gobierno, hombre alguno incapaz de continuar mi obra de afianzamiento.

—Entonces, ¿tendrá usted «su» candidato? —inquirió el periodista.

—He de seguir una táctica desconocida en los países de nuestra raza —respondió don Tomas mientras llevaba el compás de la frase con el pie derecho—. «Mi» candidato, como usted lo designa, pertenecerá a cualquiera de los grupos, y tanto podría llamarse de un modo como de otro; pero él habrá de ganar, con su propio ascendiente en la opinión, la mayoría del sufragio sin el favor de la autoridad, sin el abuso del comité; consistiendo mi labor, honradamente, en combatir a los candidatos perniciosos que, subidos a la presidencia, lanzarían al pueblo por desfiladeros de corrupción.

Salió jubiloso Márquez Sterling del Palacio Presidencial. Aquellas declaraciones no solo le asegurarían el ansiado «palo» periodístico, sino que le devolverían la tranquilidad al país. Ya en su casa, se aplicó sobre las cuartillas, dispuesto a difundir la entrevista cuanto antes. «Y a medias ya la empresa, escribe, quiebra el silencio de mi taller a golpes de aldabón». Por lo imperioso del toque, comprendió que no podía ser nadie más que un mensajero de Palacio. Lo era en efecto y portaba un mensaje del presidente. Lo había escrito el propio don Tomás con su letra cursada, grande y redonda. Decía:

«Nuestra conversación no fue, en unas materias, a mi entender, suficiente, ni prolija y completa en otras; y me apresuro a rogarle que, por ahora, nada publique sobre ellas: el momento es difícil y yo prefiero callar».

Qué pasó entre la entrevista y la redacción de aquella nota, se pregunta Márquez Sterling y responde que una «conferencia de magnates desvió al anciano presidente que no quiso, desde entonces, oír su propia voz». Lo que siguió ya se sabe. El llamado Gabinete de Combate, creado por el mandatario, se empeñó, con el empleo de la violencia, en neutralizar o eliminar a sus adversarios, e impuso a don Tomás de nuevo en la presidencia. Se desencadenó la guerrita de agosto de 1906 y el presidente, incapaz de dominar la insurrección, pidió la intervención militar norteamericana.

Márquez Sterling lo describía así: «En Estrada Palma prevalecieron las virtudes domésticas, y las virtudes domésticas no bastan para fundir y moldear al hombre de Estado. Administró bien la República en el período inicial, mientras pudo manejarla como un santo patriarca su heredad. Perdió el tino al darse cuenta de que gobernaba la casa del prójimo y el vecindario ajeno. Lo recuerdo venerable, sugestivo, inteligente; era menos dulce su mirada que su palabra; había en su continente irreprochable pulcritud: en el peinado, en el traje, en los modales, y nunca se advertía el desgaste de su vigor físico, a toda hora recto y firme el talle [...] En el fondo, era un carácter débil, una voluntad indecisa; y fluctuaban sobre su espíritu el escepticismo y la ingénita desconfianza. Al romper el cascarón de nuestra independencia política la supuso transitoria; no creyó en la eficacia de sus colaboradores, aunque, a su juicio, otros no podrían superarlos, y vencido se abandonó a la tormenta. Don Tomás no amaba a la República tanto como amaba a Cuba, y al verla tambaleante y angustiada la entregó secretamente al extranjero...»

Concluye el periodista: «Lamenté, con toda el alma, que la sirena engañosa apagara sus postreras ráfagas de lucidez. Y no volví a verle en su trémula poltrona».

El Caballo de Menocal

Dos generales se disputaron la presidencia de la República para el período 1925-1929. Por los liberales aspiraba Gerardo Machado, que había ganado la asamblea postulatoria de ese partido gracias a la habilidad y los trajines de su coterráneo, el joven político santaclarero Clemente Vázquez Bello, que logró derrotar al no menos hábil Orestes Ferrara, que impulsaba la nominación del coronel Carlos Mendieta. Por los conservadores participó en la justa su caudillo natural, el general Mario García Menocal.

Fue entonces que Alfonso XIII, rey de España, mandó de regalo un caballo a Menocal. El obsequio provocó la repulsa de sus contrarios que, al grito de «A pie», se echaron a la calle para cantar: «A pie, a pie, a pie / se acabaron los caballos. / A pie, a pie, a pie / no me duelen ni los callos».

Más tarde, cuando se confirmó la victoria de Machado, los liberales volvieron a inundar las calles. Cantaban: «El rey de España mandó un mensaje, / el rey de España mandó un mensaje, / diciéndole a Menocal, / devuélveme mi caballo / que tú no sabes montar».

La Chicharra de Mendieta

Ese caballo lo trajo el catalán Jaime Mariné. Una vez aquí decidió quedarse y sentó plaza en el Ejército. Fue uno de los beneficiados del golpe de Estado del 4 de septiembre de 1933. De sargento que era pasó a comandante; ayudante del coronel Batista y, con el tiempo, jefe de la Dirección Nacional de Deportes. Le llamaban El hombre del guaniquey. Como testaferro de Batista y con su propio dinero hizo, después de 1944, importantes inversiones en Venezuela.

Otro sargento de origen español resultó también beneficiado con aquel golpe militar. Era un curro que respondía al extraño y sonoro nombre de Ulsiseno Franco Granero. Ascendió también a comandante; fue jefe de la Policía y, con Mendieta, jefe de la Casa Militar del Palacio Presidencial.

Allí se convirtió en un dolor de cabeza pues no solo daba por terminadas las audiencias del presidente cuando lo estimaba pertinente, sino que, sin recato alguno, se hacía presente en las sesiones del Consejo de Ministros y se enteraba así de asuntos de Estado sobre los que informaba a Batista, a la sazón jefe del Ejército.

Mendieta se molestaba con aquellas irrupciones, pero nunca se atrevió a poner a Ulsiseno en su lugar. Se limitó a hacer instalar un timbre eléctrico, de los llamados de chicharra, en la puerta del salón del Consejo a fin de que el militar avisara cuando tuviera a bien entrar o cuando se le llamase. Pero eso duró hasta que Ulsiseno quiso porque un buen día rompió la chicharra.

El traje blanco

Mendieta, que fue un pelele de Batista, tenía sin embargo fama de tipo duro. Era estudiante de Medicina cuando el 1ro. de enero de 1896 mató en el Parque Central de La Habana a un español que insultó a unas muchachas cubanas. Entonces decidió alzarse contra España, y en el central América, propiedad de su familia, en San Diego de Núñez, Pinar del Río, armó con dinero propio una partida de 125 hombres y se fue a la guerra. Terminó la contienda con grados de teniente coronel. Se hizo médico en 1903.

Aunque nació en San Antonio de Vueltas, antigua provincia de Las Villas, le apodaron El solitario de Cunagua. Sus partidarios quisieron que pasara a la historia como El hombre del traje blanco. No porque los usara siempre de ese color, sino porque decían que los crímenes que cometió el Ejército durante su periodo presidencial (1934-35) no lograron manchar su figura. Es entonces que se reprime con saña la huelga de marzo de 1935 y en que, entre otros hechos, ocurre la muerte de Antonio Guiteras. Demasiada sangre para que no lo salpicara.

Mendieta falleció en La Habana, en 1960.

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