Superfluos - Lecturas

Superfluos

¿Sabe usted cuáles son las obras de arte más antiguas que se conservan en Cuba? ¿Cuándo la blusa pasó a ser un elemento independiente en el ajuar femenino? ¿En qué fecha empezaron a utilizarse las escaleras de caracol? ¿Quién fue la primera turista cubana que llegó a Roma una vez finalizada la II Guerra Mundial?

Dirá usted que todo eso es conocimiento superfluo. Y le doy la razón. Pero piense. Hasta los objetos más simples, esos que, por valernos de ellos todos los días, apenas tenemos en cuenta, tienen un inventor y un origen. Si importantes fueron para la Humanidad la rueda, el papel, la imprenta, el telescopio, la penicilina, la comunicación satelital... no menos significativas son muchas de las pequeñas cosas que hacen más agradable y aseguran la vida cotidiana. Recuerdo ahora una anécdota de Jorge Luis Borges. Un periodista francés acudió a entrevistar al gran escritor argentino y se sintió molesto y decepcionado al advertir, a mitad de la entrevista, que su grabadora no funcionaba. Borges, con velado júbilo, contaba la historia a otros reporteros, y añadía: Por eso a mí me gustan los inventos viejos; jamás se me rompe la cuchara y nunca se ha roto la escalera.

Dejemos para más adelante las respuestas. Toca ahora a otra pregunta. ¿Sabía usted que fueron pilotos cubanos los protagonistas de los primeros vuelos internacionales que tuvieron lugar en América y que dichos vuelos sentaron la base principal de las primeras rutas comerciales que se operaron entre Cuba y Estados Unidos?

Rosillo y Parlá

Pues sí. En mayo 1913, apenas con dos días de diferencia, dos pilotos cubanos, pioneros de la aviación cubana y mundial, Domingo Rosillo y Agustín Parlá, en vuelos solitarios, cruzaron el Estrecho de la Florida, y en 1920, con aeroplanos bimotores para 14 pasajeros, operaba ya la primera compañía aérea nacida en la Isla.

En Cuba la historia de la aviación empezó temprano. Dice el capitán Rolando Marrón que los habaneros tuvieron la oportunidad de admirar por primera vez el vuelo de un avión apenas siete años después de la portentosa hazaña de los hermanos Wright en Estados Unidos.

Ocurrió en la tarde del 7 de mayo de 1910, cuando el piloto francés André Bellot, a bordo de un avión Voisin, tomó altura e inició su exhibición sobre la capital cubana para caer dos minutos y medio después en Monte Barreto, Miramar; accidente del que salió con vida. Meses después vinieron los equipos de The International Aviators Company, de John B. Moisant, y The Curtiss Exhibition, de Gleen H. Curtiss. El personal de Curtiss realizó sus demostraciones a partir del 31 de enero de 1911 y durante la semana que duró la muestra utilizó el polígono del campamento militar de Columbia. Moisant improvisó una pista en la finca La Coronela y en esta, el 21 de marzo del mismo año, se inauguró oficialmente el Concurso de Aviación del Aéreo Club de Cuba, recién constituido entonces. Escribe el capitán Marrón que el pueblo de La Habana apreció así las exhibiciones de alta escuela y los récords establecidos, entre esos el de altura por el ya famoso piloto francés Roland Garros. Añade que fue tanta la concurrencia de público que el espectáculo, previsto para una semana, tuvo que prolongarse durante siete días más.

En 1912 obtienen sus títulos de pilotos aviadores los cubanos Agustín Parlá y Domingo Rosillo. En febrero de 1913, Rosillo adquiere en París un monoplano Morane Saulnier de 50 hp, y con ese aparato rompe, el 11 de abril, el récord de altura que el francés Garros impuso en Cuba.

Llega el mes de mayo. El 17, en dos horas con diez minutos, realiza Rosillo el vuelo Cayo Hueso-La Habana, aterrizando felizmente en el campamento de Columbia. El 19, Parlá despega de Cayo Hueso con el mismo empeño y amariza tres horas después en el Mariel. No era la primera vez que se intentaba dicha travesía. Ya el 31 de enero de 1911 el aviador norteamericano Mac Kurdy había fracasado en el propósito.

En 1958, Domingo Rosillo, ya muy anciano, concurrió al espacio ¿Qué se hizo de...?, que por el Canal 2 transmitía Escuela de Televisión, de Gaspar Pumarejo. Relató el aviador los pormenores de su hazaña y contó que al llegar a Columbia encontró a la tropa formada para saludarlo. Preguntó entonces a soldados y oficiales: ¿Quiere alguno de ustedes dar un paseíto en este aparato? Rememoraba Rosillo que el único que dio un paso al frente fue Arsenio Ortiz, el tristemente célebre Chacal de Oriente en los días de la dictadura machadista.

Tanto Rosillo como Parlá merecieron la preciada distinción Early Bird, que acreditó su condición de pioneros de la aviación mundial.

Mazas de plata

Dice Emilio Roig de Leuchsenring en su libro La Habana: Apuntes históricos (1963) que las obras de arte más antiguas que se conservan en Cuba son las mazas de plata del Ayuntamiento de La Habana. Datan de 1631, cuando el gobernador Juan Bitrián de Biamontes dispuso su confección. Se exhibían en todos los actos públicos solemnes que convocaba el Cabildo habanero y estaban al cuidado de los maceros, empleados o sirvientes de alta categoría del municipio.

Lamentablemente Roig no aclara, tampoco lo hacen otras fuentes consultadas, cuál era la utilidad de esas mazas. Por lo que colige este escribidor que su propósito no pasaba de ser meramente decorativo.

Origen de la blusa

La blusa, como prenda independiente de la falda, comenzó a utilizarse a fines del siglo XIX y tuvo tal aceptación que esa moda se mantuvo de manera ininterrumpida hasta 1907. En aquellos tiempos blusa y falda se confeccionaban del mismo tejido y un cinto ancho hacía que parecieran como una pieza única. La falda-pantalón surgió en 1911, pero en ese momento no tuvo ni remotamente la aceptación de la blusa. La usaron solo algunas excéntricas.

En el siglo XX la moda tiende a lograr una figura femenina esbelta, lisa y sin adornos. La falda se estrecha hasta lo inconcebible y las chaquetas se prolongan hacia abajo. Los escotes, que fueron siempre altos, comienzan a bajar de modo alarmante, con el consiguiente escándalo de conservadores y puritanos, y los vestidos descansan en los hombros y no en la cintura. Se imponen los trajes sastre y el uso de la blusa es un alivio para la mujer trabajadora.

La I Guerra Mundial repercute enormemente en la moda. La mujer sale de la casa a fin de ocupar el puesto de trabajo que el hombre dejó vacío al irse a la contienda bélica y adquiere independencia económica. No cuadran ya aquellos trajes largos y estrechos que se usaron hasta 1914, ni aquellas prendas íntimas que comprimían las formas. Se acorta la falda y la blusa comienza a llegar a la cadera. La mujer se corta el cabello al estilo garzona, se rasura las axilas y fuma en público sin recato alguno. El perfume de moda se llama Virgen Loca.

Pasa la guerra y es otro el estilo. La falda deja ver las medias de color carne desde las mismas rodillas. Vestidos sin línea divisoria en el talle. Pero de colores brillantes y adornos de pedrería. Sobreviene la reacción de Chanel, que preconiza el uso del negro e introduce el estilo camisero.

En los años 30 pasa el pelado a lo garzona, el talle recupera su lugar y el drapeado valoriza las formas del cuerpo. Como influencia asiática aparecen los vestidos de hombros anchos, en tanto que las cejas se llevan muy depiladas y el maquillaje se hace pálido, salvo en los labios, definitivamente rojos.

La crisis mundial repercute en el vestuario femenino. El turbante sustituye al sombrero, la ropa adquiere un largo normal y las faldas son más anchas. La escasez de tejido que trae la II Guerra aguza la imaginación de los modistos, recordaba en 1957 el gran diseñador cubano Ismael Bernabeu, de quien tomo algunos de estos datos. Redondearon los hombros, ablusaron la espalda, acortaron la falda para que alcanzara mejor la tela y crearon los zapatos de plataforma alta.

En 1947 el entonces desconocido Christian Dior, con su New Look, impuso un cambio radical en la imagen de la silueta femenina. Se afinó el talle, la falda adquirió una amplitud de la que carecía desde mucho antes y se hizo más larga en las cuatro esquinas del mundo.

La blusa, aparecida a fines del siglo XIX, había llegado para quedarse.

Otras

De las escaleras de caracol en Cuba poco hay que decir. Solo que comenzaron a utilizarse aquí en la segunda mitad del siglo XIX.

Celia Velasco fue la primera turista cubana que llegó a Roma recién finalizada la II Guerra Mundial. Era descendiente de don Luis de Velasco, el heroico defensor del Morro en los días del asalto y toma de La Habana por los ingleses, en 1762. Por cierto, Velasco no residía en esta capital; estaba aquí de paso cuando la agresión británica y por su grado de capitán de navío se le confió la defensa del castillo. Allí encontró la muerte y en forma tan heroica que sus propios enemigos perpetuaron su memoria con un monumento que le erigieron en la Abadía de Westminster.

Velasco fue enterrado en el convento de San Francisco. No pudo hacerse lo mismo con los restos de Francisco González de Bassecourt, el marqués González, también capitán de navío y Caballero de la Orden de Santiago, de paso asimismo en La Habana en el momento de los sucesos, y que como segundo de Velasco asumió el mando del Morro. En Historia de familias cubanas (tomo VI; 1950) dice su autor, Francisco Xavier de Santa Cruz y Mallén, que el marqués González recibió dos heridas casi al mismo tiempo que caía Velasco y murió poco después, abrazado a la bandera española, en un cuerpo a cuerpo brutal con el enemigo. Tan bárbaramente vendió su vida el Marqués que después resultó imposible encontrar su destrozado cadáver.

Entre otros honores morales y materiales, el Rey de España concedió al hermano de González el título de Conde del Asalto del Morro, y al de don Luis, el de Marqués de Velasco, distinción esta que incluía cuantiosas posesiones de tierra en el este de La Habana. Propiedades que heredaría ya en el siglo XX Celia Velasco, aquella primera turista, que dio su nombre al reparto Celimar.

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