Fichas

El avión que el dictador Gerardo Machado solía utilizar en sus viajes al interior del país y, en especial, a la antigua provincia de Oriente, presta aún servicios en Estados Unidos.

Se trata, dice la información que un estimado amigo nos hizo llegar, de un Ford de tres motores, con capacidad para diez pasajeros, más el piloto y el copiloto, construido en 1929. El aparato NC 8407 fue arrendado a la Compañía Cubana de Aviación, que lo utilizó durante años en sus viajes a Santiago de Cuba, con escala en Camagüey. La imagen de ese avión apareció en sellos del correo aéreo del servicio postal cubano.

El día de su fuga, 12 de agosto de 1933, ese avión no estuvo disponible para Machado. Pidió el dictador entonces dos aviones de doce plazas cada uno para sacar a sus figuras más comprometidas y obtuvo del embajador norteamericano (¡Así paga el diablo!) solo un aparato de seis plazas, un Sikorsky N. M., anfibio, de color negro, perteneciente a la Pan American Airways. Con el déspota subieron a la pequeña aeronave el ex alcalde habanero Pepito Izquierdo, los ex secretarios (ministros) Octavio Averhoff, de Hacienda, y Eugenio Molinet, de Agricultura, y los capitanes Vila y Crespo Moreno, un asesino que se pegó como una lapa al mandatario depuesto. En la pista quedaron, cuando el avión alzó el vuelo, Carlos Miguel de Céspedes, ex secretario de Educación, el brigadier Ainciart, jefe de la Policía, Colinche, jefe de los guardaespaldas del presidente, que lo acompañaba, en calidad de ayudante, desde los días de la Guerra de Independencia, y el senador Wifredo Fernández, aquel que en un acto supremo de guataquería dijo en una ocasión al dictador: «Gerardo, ha comenzado su milenio».

Después de la II Guerra Mundial, el Ford trimotor fue a dar a la República Dominicana, donde otro dictador, Rafael Leónidas Trujillo, lo convirtió en avión presidencial hasta que en 1950 el aparato fue retornado a EE. UU. Se utilizó entonces en labores de fumigación y en eso estuvo hasta que fue desechado en la década de 1960.

No servía ya para volar el viejo avión... Recientemente sucedió lo increíble. El aparato fue recuperado y remozado y se puso otra vez en el aire. Esta vez para paseos turísticos en la ciudad de Grand Rapids, Michigan, donde cobran cincuenta dólares por una vuelta de quince minutos.

Estafador internacional

El estafador es un delincuente especial. El ratero sustrae un par de calzoncillos de una tendedera. El ladrón desvalija una casa. El carterista le birla en el ómnibus el salario del mes al honrado trabajador... Todos ellos hacen lo suyo de manera oculta, sin ser vistos y, muchas veces, de noche, a la hora «en que el músculo duerme y la ambición descansa», como decía un tango y repetían después los cronistas cursis. El estafador, no. Opera a cara descubierta, y es, por lo general, un hombre seguro de sí mismo y, sobre todo, carismático, que inspira confianza a su víctima.

Estafadores famosos hubo en Cuba unos cuantos. Desde los tiempos de la Colonia. Como uno de apellido Oñate, que estafó medio millón de pesos al Banco de Borges, y otro, de apellido Lavín, que se cansó de engañar a comerciantes e industriales. Ya en la República, ninguno fue tan famoso como El Águila Negra, que operó mucho en Cuba y en otros países, sobre todo en México, donde, se dice, llegó a estafar al mismísimo jefe de la Policía. Es el único estafador internacional que hemos tenido.

De México lo deportaron a La Habana y lo encerraron en el Castillo del Príncipe, donde pronto quedó encargado de la biblioteca del penal. Y aun preso continuó sus estafas al crear una imaginaria sociedad protectora de niños desvalidos en nombre de la que escribía a instituciones y personas del exterior en solicitud de ayuda. Levantó así un capitalito que, a la salida de la cárcel, le permitió montar una fábrica de desodorantes en la Víbora.

El Águila Negra llegó a escribir sus memorias y las publicó, por capítulos, en la revista Bohemia. No dejó nunca de lamentarse de la ingratitud del presidente Carlos Prío.

Gestos

Porque sucede que Prío y El Águila Negra se conocieron en la capital mexicana, donde coincidieron en la misma pensión o casa de huéspedes. El derrocamiento del presidente Grau, en 1934, consolidó a Batista como eje del poder en Cuba, y comunistas y auténticos empezaron a ser perseguidos con igual saña. Las prisiones se llenaban de oposicionistas. Se torturaba en los cuarteles y en las estaciones de policía y grupos paramilitares, en medio de la noche, conducían a los antibatistianos a parajes solitarios donde, a punta de pistola, los obligaban a ingerir un litro del purgante conocido como Palmacristi o, en su defecto, una botella de aceite de aeroplano. Los seguidores de Grau se vieron entonces obligados a escoger entre la cárcel y la tortura o el exilio.

Prío se decidió por esa vía. Llegó a México, se instaló en aquella pensión y una noche, en compañía de otro huésped, Segundo Curti, que, andando el tiempo, sería su ministro de Gobernación (Interior) se fue de allí para no volver más. Sin pagar, por supuesto. La dueña de la casa, sin embargo, no resultó perjudicada porque El Águila Negra asumió la deuda, bien porque les vio futuro a los jóvenes políticos o porque quiso salvar el buen nombre de sus compatriotas.

Pasaron los años. El 10 de octubre de 1948 la situación de los protagonistas de esta historia había cambiado radicalmente. El Águila Negra cumplía condena en el Castillo del Príncipe, mientras que Prío asumía la presidencia de la nación. Cursó el presidente electo una carta a México. Rogaba a aquella mexicana a quien años antes se la dejó en la uña que estuviera en su toma de posesión como invitada de honor. Vino a La Habana la mujer, en compañía de su sobrina, y no solo estuvo en Palacio, sino que dio un saltico al Príncipe para saludar a su viejo amigo El Águila Negra. Recordaron los tiempos idos. Confió sus cuitas el prisionero. Esperaba el perdón presidencial y pedía a su amiga que si volvía a ver al Presidente insistiera en ese sentido.

Desconocemos si la señora volvió a ver a Prío y llegó a darle el recado. Pero no hubo perdón para El Águila Negra. Saldría de la cárcel en 1954 o 1955. Murió, me dicen, en La Habana, en los años 70, en un asilo de ancianos.

A lo que iba

Pero yo no quería hablar sobre El Águila Negra. Lo que haré en su momento a fin de satisfacer el interés de numerosos lectores que me lo han pedido. Quería hacerlo sobre una estafa ocurrida en La Habana de 1946. Delito que afectó a un sector que hasta entonces fue inmune a las estafas, lo que dio a la prensa motivo para decir que una nueva estrella brillaba en el firmamento de la delincuencia, una estrella diferente a las tradicionales que reiteraban trucos ya conocidos. Porque en esa fecha, ni más ni menos, fue estafado un funerario cuando un sujeto pidió tendido para un cadáver y entregó un cheque para abonar los gastos.

Veamos la denuncia correspondiente que publicó el periódico El País. Dice:

«Ante el teniente Roberto Casals Otero, jefe del Buró de Investigaciones, se presentó el señor Juventino Hernández y Suárez, natural de La Habana, de 34 años de edad, dueño de la funeraria Valdés Hernández, situada en Zapata número 3, en el Vedado, y denunció que el día 20 de los corrientes, se le presentó un sujeto de la raza blanca, muy bien vestido, que si lo volviera a ver lo reconocería, y solicitó los servicios de tendido y entierro para un familiar, que se encontraba en Corral Falso sin número en la villa de Guanabacoa, los cuales fueron tasados en la cantidad de 65 pesos al resultar del agrado del interesado, quien en ese momento entregó un cheque de la compañía de seguros La Vida Cubana, al portador, y por la suma de 94 pesos con 33 centavos, interesando que le fuese admitido en pago de los aludidos servicios, devolviéndole a dicho individuo la suma de 29 pesos, y dejando a sus instancias los 33 centavos para los sellos del timbre, marchándose en seguida. Acto seguida el denunciante ordenó al chofer de la casa que con un carro se trasladara al lugar señalado, con servicios, y después de haber este agotado todos los recursos para localizar dicha dirección, llamó por teléfono informando lo que ocurría, y por toda la barriada aquella no había ocurrido ningún fallecimiento, por lo que se le ordenó que regresara nuevamente, advirtiendo que era víctima de un timo, en el que resultó perjudicado en la suma de 19 pesos y 10 de gastos originados en transporte y empleados. Con la denuncia se le ha dado cuenta al Sr. Juez Correccional de la Cuarta Sección».

Campeonato de dominó

El primer campeonato nacional de dominó se celebró en Cuba en 1935. Cuando se convocó no fueron pocos los que auguraron el más rotundo de los fracasos a su organizador, el periodista José Ricardo O’Farrill. Alegaban los pesimistas que en un juego como el dominó, en que cada cubano se cree un campeón en ciernes, resultaría imposible poner de acuerdo a todos los jugadores que ostentarían la representación de las distintas sociedades contendientes. Se equivocaron. En aquella primera convocatoria participaron ocho sociedades y pese a que concluyó con un empate dramático que fue necesario resolver con reglas que se dictaron al efecto, la participación resultó mayor en la segunda convocatoria y fue creciendo en cada nueva competencia.

En 1930 O’Farrill fue contratado por una revista habanera para escribir sobre temas relacionados con ese pasatiempo. Era un contrato muy especial pues la publicación en cuestión le pagaría sus honorarios con el producto de los anuncios que el propio periodista lograra conseguir. Aceptó O’Farrill, qué remedio, de mala gana la propuesta y en su búsqueda de anunciantes visitó un establecimiento que se dedicaba a vender juegos de dominó. Convenció el periodista al propietario de la tienda para que anunciara y, ya cerrado el negocio, preguntó al mercader si tenía muchos juegos en existencia.

—Tantos que sus nietos y los míos podrán jugar al dominó con los que tengo en la trastienda —afirmó el tendero y tomó al periodista del brazo y lo condujo al interior del establecimiento. Era impresionante en efecto la cantidad de juegos de dominó que allí se almacenaban. Advirtió el comerciante:

—Y en otra tienda, también de mi propiedad, tengo el doble de juegos que en esta.

Cuatro años después decidió O’Farrill organizar un torneo con los integrantes de la sociedad a la que pertenecía y uno de los premios sería un juego de dominó. Visitó a aquel comerciante para que lo donara. No tenía ninguno en existencia. Y tampoco lo había en su otra tienda.

O’Farrill entonces no pudo contenerse. Le dijo:

—Y pensar que nuestros nietos iban a jugar con los dominós que tenía usted almacenados cuando lo visité por primera vez.

Por cierto, se equivocan los que piensan que eso de jugar al dominó en la calle es una costumbre de reciente ingreso. Pues no. Ya en los años 40 del siglo pasado se hacía en plena vía pública, a la luz de un farol callejero y no era raro que, como tablero, se empleara el fondo de una batea.

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